CIUDAD › ROSARIO/12 VOLVIó A RECORRER POR DENTRO EL INSTITUTO DE RECUPERACIóN DEL ADOLESCENTE ROSARIO.

El lugar que todos dicen que se debe cerrar

Los menores allí detenidos aseguran que "es lo mismo que una cárcel". Lo mismo opinan los acompañantes juveniles. El gobierno asegura que hasta que se construya otro se han mejorado las condiciones de alojamiento y las actividades.

 Por Alicia Simeoni

¿Cómo son las 24 horas de un chico en el IRAR? Las respuestas pueden ser distintas según de quienes surjan, pero sin duda es a los propios adolescentes que allí están a quien no se puede dejar de consultar. Rosario/12 concurrió a una de las jornadas que se enmarcan en el programa de actividades culturales que preparan los acompañantes juveniles, tal vez una de las figuras que aparece como el acierto más importante de la actual gestión de gobierno. Se trata de 27 personas que cubren con su presencia todo el día -en enero se cumplirán dos años de este trabajo específico y se convirtieron en una referencia adulta para muchísimos de los chicos que allí están alojados. Hay coincidencia entre los adolescentes y los acompañantes juveniles en que el Instituto de Recuperación del Adolescente Rosario, ubicado en Cullen y Saavedra, sigue siendo una cárcel, en que su caótica construcción no permite el movimiento rutinario y cotidiano que sería indispensable para pensar en estrategias de inclusión de los adolescentes y en propuestas que les permitan adquirir herramientas simbólicas con las cuales intentar construirse otra mirada sobre sí mismos y sobre la vida. "Aquí adentro no es posible la recuperación para nadie, el encierro de tantas horas te hace más agresivo porque te vuelve loco", dijo a este diario Emmanuel, uno de los chicos que conversó con esta cronista.

El encierro en la celda es la mayor parte de la cotidianeidad porque la construcción inaugurada en el año 1999 no permite el despliegue de las actividades que son necesarias, sobre todo cuando se trata de adolescentes. Quienes tienen incompleta la escolaridad primaria, la inmensísima mayoría, concurren a la escuela durante tres horas, bien por la mañana o por la tarde, pero no hay posibilidades de continuar con los estudios para aquellos pocos que están más avanzados y deberían empezar o continuar con el secundario. Las salidas al campo de deportes suelen ser posibles sólo por media hora, o poco tiempo más, porque lo impiden los problemas de convivencia.

"Nosotros hacemos una planificación y después estamos sujetos a la disponibilidad de la gente del Servicio Penitenciario para poder llevarla adelante". Sin más, cuando Rosario/12 estuvo en el IRAR y se desarrolló el taller "Viajes, imaginación y símbolos", apenas terminó el encuentro pidieron el espacio para trasladar a un joven que tenía dificultades con sus compañeros de pabellón.

El perfil de los acompañantes juveniles es el de quienes están comprometidos con los derechos de la niñez y la adolescencia y los hay con distintas formaciones. Pero en una buena parte de ellos está el antecedente común de la militancia social.

"Nuestro trabajo se basa en la pedagogía de la presencia, en hacer que el diálogo circule, en que exista un vínculo basado en la confianza y nuestra lógica de trabajo difiere de los demás actores que tienen contacto con los chicos". El concepto es compartido por Godoy y por Mauro Testa y sirve un dato para comprender mejor el rol que desempeñan: se trata de personal civil, que por lo tanto no porta armas ni tiene la potestad de abrir y cerrar puertas. Si hicieran eso, si encerraran, seguramente no podrían tener con adolescentes allí alojados una relación cercana, donde todos los aspectos de las relaciones humanas se abordan con distintos matices. Y esa complejidad de las relaciones se hace más evidente cuando no hay abordaje psicológico desde la clínica.

Otras afirmaciones de los acompañantes juveniles es que ellos están convencidos de que parte de su trabajo es ensayar las estrategias para no reafirmar en los adolescentes las prácticas de la lógica tumbera. Por eso, dicen también, "que no estamos de acuerdo con mediatizar esa lógica, en mostrar un pibe cortado o una quema de colchones. Sí en mostrar lo bueno que pueden hacer y producir". De todos modos Godoy y Testa explican que bajaron considerablemente los casos de los jóvenes que se autolesionan, y que en esos casos, la buena intervención de los acompañantes, la posibilidad de que quien está tan afectado pueda poner en palabras lo que le ocurre, inclina la balanza y desvía el trágico momento de la autoagresión.

"Nosotros queremos que se cierre el IRAR porque trabajamos todos los días allí y somos conscientes de que las condiciones son deplorables, está superpoblado y hay suciedad. Si abren el nuevo edificio, tal como lo hizo público el ministro de Justicia vamos a ser las personas más capacitadas para estar en ese lugar. Pero nuestras condiciones laborales son de precarización y estamos todos como contratados. En esa militancia por los derechos de los chicos es que nos propusimos la realización de la revista "Desatando nudos en la garganta", el taller con Fabricio Simeoni y el resto de las actividades culturales que vamos armando".

Encierro e imaginación

Los días tras las rejas son eternos y así lo describe Maxi, un chico de 17 años oriundo de Capitán Bermúdez que está en el IRAR junto a dos amigos, Sebastián y Lucas. Los tres tienen 17 años y viven en la villita El Ombú que se fue formando a la orillas de las vías del ferrocarril. "Somos los tres chiflados", dice Maxi en referencia a aquellos grandes del humor del que disfrutaron otras generaciones. "Es muy feo estar aquí, lejos de toda la familia, yo tengo 12 hermanos, extraño mucho". Las palabras de este chico son escasas, sonríe mucho, más de lo que alguien puede suponer que lo haría al estar allí. Maxi, Sebastián y Lucas hace 3 días que están allí, aunque Maxi ya había estado en el IRAR un tiempo atrás y cada uno cursó hasta quinto, séptimo y tercer año.

El espacio al que se conoce como SUM será el que servirá para albergar una actividad que despertará mucho interés en quienes participen. Se trata del taller que lleva por título "Viajes, imaginación y símbolo" a cargo de la viajera ecuatoriana María Cristina Herdoíza, Crisa. Ella planteará la posibilidad de realizar viajes reales e imaginarios a través del recorrido fotográfico -proyectado sobre la pared , por diferentes sitios de Latinoamérica, con los encuentros y las relaciones que se establecen en esos momentos.

Unos minutos después llegarán Franco y Emanuel, de 17 años y Abel, de 16. Justamente cuando se reúnen y se cruzan palabras se notará la diferencia entre los recursos de los integrantes del grupo en cuanto a construir una subjetividad que les permita hacer algo distinto que el agredir o agredirse. Como luego hará el comentario uno de los acompañantes juveniles, Daniel Godoy, "el ciento por ciento de los chicos que están allí son de origen muy humilde, hijos de segundas o terceras generaciones de personas sin cultura de trabajo y antes que nada son víctimas".

Para Abel que vive en Villa Gobernador Gálvez los días en el IRAR se hacen "insoportables", sobre todo "porque no hay casi nada para hacer". Las salidas de la celda y al campo de deportes que es lo que más les atrae "son apenas de media hora y uno encerrado se vuelve loco...Esto no es un instituto de rehabilitación, aquí no puede rehabilitarse nadie, por el contrario te volvés más agresivo, te ponés peor por la angustia del encierro y el nada por hacer".

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Los talleres son casi la única actividad para los menores en conflicto con la ley penal detenidos en el IRAR.
 
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