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Hay vida después del búnker

Vecinos de dos quioscos de droga que fueron derribados la semana pasada cuentan hasta el modo en que la policía pasaba a reclamar su parte. Ahora se esperanzan con haber podido recuperar el espacio público y los hábitos de una vida menos crispada.

 Por Lorena Panzerini

El sonido del martillo neumático aún retumbaba, después de las 16 del miércoles pasado, en la cuadra de Francia y Junín, mientras una pala mecánica levantaba los escombros de las paredes de 45 centímetros que supieron enclaustrar a pibes durante 12 horas diarias, por 400 pesos. Bajo la impetuosa mirada de los hombres de la Gendarmería Nacional, los vecinos se amontonaron a contemplar la destrucción del búnker de drogas más conocido, y uno de los más concurridos de la ciudad. El trabajo demandó más de seis horas, en lo que fue el segundo día de derrumbe de quiosquitos de drogas, desde la llegada de las fuerzas de seguridad nacionales a una Rosario exasperada. En los días siguientes cayeron varios más. Sobre el asentamiento frente a Puerto Norte, donde habita cerca de un centenar de familias, las ramas y la hojarasca que cubrían la casucha de ladrillo revoloteaban en el pasillo de tierra que la mantenía escondida. Sobre el final, frente a la improvisada canchita donde pastaba un caballo petiso, las doñas se animaron a hablar, y se esperanzaron con que a partir del final del negocio ilegal en la zona, la vida sea más tranquila. En otro barrio, sobre 27 de Febrero al 7500, se tumbó el primero de los quioscos desde la llegada de los gendarmes. Allí un grupo de chiquillos de no más de doce años señalaron con el dedo la pared derribada de lo que parecía una vivienda más.

La demolición de estos puntos de venta de drogas promete continuar en los días venideros, junto con varios operativos más, y algunos vecinos ya se entusiasman con que mejoren las cosas en sus barrios y su calidad de vida. "No teníamos seguridad, los chicos no querían salir a jugar, y esperamos que ahora las cosas cambien. Acá la policía nunca hizo nada, incluso ellos mismos venían a robarles a los del búnker", disparó un grupo de mujeres, pisándose al hablar, en el asentamiento cercano a Francia y el río, donde los lavaderos de autos y los carros de recolección concentran las actividades más comunes de los habitantes, para sobrevivir.

Sobre los techos de chapa de las humildes casillas, un grupo de vecinos miraba concentrado la máquina levantando los restos de una pared con casi el doble de ancho que las demás. Estaban ahí desde temprano, como con la necesidad de comprobar que no quede un solo ladrillo en pie, que sirva como punto de partida para una nueva construcción. Un hombre joven, con la camiseta de Central, observaba con recelo que la pala de la máquina no enganchara los pallets de madera que usó para cercar su casa y para que no vuele el nailon negro de abajo. Estaba allí, con un grupito de niños, aunque todavía le quedaban algunos minutos al partido que su equipo disputaba con Atlético Rafaela.

El trabajo conjunto de los estados nacional, provincial y municipal estaba llegando a su fin aquella tarde, tras varias horas. A menos de cuatro metros de distancia, una barrera de hombres de verde custodiaba. A su lado una decena de vecinos con niños en brazos o alrededor aseguraron que ahora sí quieren hablar. Antes -lamentaron- no lo hacían por miedo. "Todos los días era un peligro y a toda hora. Espero que con todo esto no lo vuelvan a levantar. Hubo allanamientos acá y a unos metros, donde había otro quiosquito. Pero la misma policía de la 8ª venía a robar. Ahora esto de la Gendarmería nos da alivio. Que no estén metidos los policías, da tranquilidad".

Al hablar de la concurrencia del lugar, una mujer con el flequillo crespo aseguró que todos los días se sorprendían por la llegada de gente a la que no esperaban ver por allí. "Médicos, taxistas, enfermeros. Dejaban su auto sobre el bulevar y caminaban -poco menos de media cuadra- hasta acá para comprar. Una vez me quedé mirando porque vi a una hermosa mujer, grande, paseando al perrito por acá -dijo Martina, imitando la delicadeza de la persona del relato- y pensé: 'Qué raro ver a alguien así en esta zona', y en un momento, después de algunas vueltas, pum: se metió al búnker", dijo antes de largar una carcajada. "¿Y se acuerdan de aquel que vino a comprar con el suero clavado en el brazo? Parecía escapado del hospital", exclamó otra chica, buscando complicidad para reírse.

También recordaron las molestias que les causaba la presencia del punto de venta. "Los pibes estaban encerrados muchas horas, y ni siquiera tenían baño ahí. Hacían sus necesidades en bolsas y las tiraban por los techos. Ahí estaban por 400 pesos; y los que custodiaban afuera se llevaban 300", señalaron. Entre risas, se esperanzaban con que aquellos días, que pasaron durante un par de años, no vuelvan. "No queremos que vuelva a estar la policía a cargo. Para los narcos va a ser como volver a estar en casa", reclamaron.

A la vuelta de ese lugar, a metros de uno de los shopping rosarinos, un hombre con dificultades para caminar, aseguró que la gente que habita la zona es "de laburo: el que no cartonea es albañil o vive de los lavaderos de autos". Hace más de diez años que él vive en la zona y vio cómo los búnker llegaron allí "hace como cinco". Dos niños de entre ocho y once años barrían el caminito de cemento que unía la casa con el portón de ingreso e intentaban oír el relato, hasta que los mandaron adentro. Alrededor del patio delantero, se veían tiradas botellas, ropa y cartones, entre otros bártulos. "Acá la gente no viene en bicicleta a comprar droga. La mayoría son personas de la alta sociedad", dice. El hombre, que aparenta más años de los que tiene y empezó a trabajar a los seis, relató que una vez se hizo un allanamiento -él le llamó "teatro"- y escuchó que se hablaba de "alita de mosca, escamas, bolsitas"; y calculó que en 12 horas el búnker recaudaba entre 90 y 120 mil pesos, porque él mismo preguntó a un muchacho cuánto costaba eso que se le cayó al salir corriendo porque llegaba la policía. "Los soldaditos se comunicaban por radio con sus jefes cuando veían a un móvil policial en la zona, y al rato no había nadie más rondando", recordó.

A varias cuadras de allí, en 27 de Febrero y Circunvalación, pocos vecinos salieron de sus casas a contar cómo era el movimiento en esa cuadra de tierra, con pasillo pavimentado, cuando funcionaba el búnker tumbado el martes pasado, en medio de dos casas de familia. "Acá entraban más que nada motos con parejitas, o pibes jóvenes", relató Ceferino, que mantiene a su familia con el cirujeo. Un grupo de chicos mostraba la pared tirada de una habitación de dos por dos metros. "A los que vendían les pagaban como 200 pesos por día. Mientras estuvieron acá, cerca de un año, teníamos miedo por nuestros hijos; pero ahora esperamos que haya más tranquilidad. Queremos ver cómo siguen las cosas", dijo el hombre, parado en la puerta de su casa de bloques.

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"Los chicos no querían salir a jugar", comentaron las vecinas de un búnker derribado.
Imagen: Alberto Gentilcore
 
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