CONTRATAPA

Mi abuelo era una bruja

 Por Dahiana Belfiori

Es viernes santo y me subo a la escoba. La dejé lista la noche en que la Luna llena se puso roja mientras la Tierra volcaba su sombra de vino sobre su cara iluminada. Preparé la madera del mango con una lija especial que me regaló mi abuelo. Mi abuelo era carpintero. Tosía de un modo que lo identificaba a lo lejos y que era la marca de su presencia en la casa. Buscaba excusas para ponerse nervioso, y cuando eso pasaba aumentaba la frecuencia entre espasmo y espasmo. Se sentaba en el patio luz que daba al comedor a escuchar la radio pegada a su oreja izquierda, con una tasa de malta en la mano derecha que llevaba a la boca al ritmo del aumento o disminución del período entre carraspeos, según el grado de indignación que le provocaran los sonidos que emitía el aparato. Tanta mala sangre se hacía que los tres infartos que tuvo no le fueron suficientes para, al menos, dejar de escucharla. Si la tos se hacía insistente, salía al patio luz sin mirarme, y marchaba con paso firme a hacer la siesta. Pero cuando la radio había sido compasiva, a mi abuelo se le daba por prestar atención a lo que yo hacía. Con una sonrisa ancha y un mar celeste por mirada me revolvía la cabeza sin piedad. Si la tos estaba ausente sabía dónde encontrarlo cuando llegaba de la escuela. Dejaba la mochila y corría por el pasillo largo que salía al patio y que topaba con un galponcito que era su refugio, una especie de santuario en el que desfilaban sierras, maderas, barnices, gubias, escuadras, lijas, martillos. Entre virutas y el ruido de la sierra sobre la madera mi abuelo me regalaba sus secretos. La lija que me dio es uno de ellos. Me dijo: "Cuando quieras hacer que las imperfecciones adquieran belleza, usála". Sospecho que mi abuelo sabía para qué me la daba. El mango de la escoba en la que vuelo es hermoso así, fallado. Y se pone mejor cada año. Mi abuelo era una bruja, aunque no lo supiera.

Desde el aire puedo ver cómo otras brujas, con sus poderes imperfectos hacen de las suyas con los secretos que les fueron dados a través de los siglos. Nos encontramos en el centro vital de las cosas, las ponemos en marcha cuando removemos los calderos y producimos transformaciones que son mínimas, cotidianas y no tan subterráneas. Si somos comadronas, también destinamos nuestros conocimientos a los partos de las vidas de las mujeres. Como lo hizo Frida, acompañando a María a devolverle la menstruación en Córdoba. O Rosa, que atiende un llamado en Buenos Aires a las tres de la mañana y le explica a Jazmín cómo se usan esas "pastillas mágicas" que tanto anda necesitando. En Mendoza, una Malona inaugura una línea de teléfono que conecta a quien quiera llamarla con los saberes del más acá. A Socorro la entrevistan en Rosario en una radio para contar a cuántas mujeres acompañó en la semana, mientras Dora y Rafaela se encuentran en una ciudad de Santa Fe durante todo el día en una ceremonia de traspaso de poderes. En un bar de Neuquén una botella de agua alcanza para que Socorro Rosa la comparta con diez mujeres, mientras hace circular información que les permite cumplir sus deseos. En cada ciudad un caldero encendido quema las culpas ya viejas de cansancio. Las escobas barren lo que hay debajo de las alfombras. Lo sacan a la luz del día y durante la noche hacen rondas alrededor de una luna siempre roja. Cada escoba es imperfecta, pero cuando se juntan en el baile su belleza fuerza a romper candados. Todas las brujas tenemos secretos para hacer que nuestras escobas seduzcan en sus imperfecciones. Yo tengo una lija de carpintero.

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Imagen: Angie Quiroga
 
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