CIUDAD › MILES DE ROSARINOS SALIERON A FESTEJAR CON GANAS EL PASE DE LA SELECCIóN ARGENTINA A LA FINAL DEL MUNDIAL.

Miren, miren que locura se vivió en Rosario

En las principales avenidas y en las calles de todos los barrios, los rosarinos salieron a festejar el triunfo de la selección. Autos, camionetas, camiones y colectivos llenos bajaban juntos para llegar al Monumento a la Bandera.

 Por Sonia Tessa

Alegría multiplicada en las calles, en las sonrisas. En las bocinas de los autos, en los colectivos repletos, con chicos que se colgaban de las ventanillas. Y muchas chicas con la bandera pintada en la cara. Puros cantos y emociones. El coche 124 de la línea 112 se tambaleaba al ritmo de los saltos. "El que no salta es un inglés", gritan los hinchas que todavía, pasadas las 21, seguían viajando por calle San Lorenzo hacia el Monumento desde los arrabales de una ciudad que pareció volcarse a la vera del río, en el lugar donde Manuel Belgrano ideó la albiceleste repetida ayer en cientos de miles: vinchas, gorros, banderas, camisetas, en las caras, en corazones pintados en los cachetes de las chicas del centro y en la camiseta raída de la nena que vino del barrio Saladillo, con sus muletas, y se refugió detrás del puesto de choripanes para evitar los empujones. Puras sonrisas en las caras.

Un rato largo después de los festejos, empezó la rima más apropiada para la final del domingo: "Hay que saltar, hay que saltar, el que no salta, es alemán". El festejo en Rosario tuvo un sabor especial: tres de los cuatro penales que llevaron a la selección a la Final del Mundo los hicieron jugadores surgidos de Newell's: Leonel Messi, Ezequiel Garay y Maxi Rodríguez. Los canallas aportaron lo suyo con Angel Di Maria (ausente ayer por lesión) y Ezequiel Lavezzi. Javier Mascherano, de acá nomás, de San Lorenzo, fue una especie de héroe de los 120 minutos.

Camisetas con el 7 de Di María y con el 10 de Messi se repetían por cientos. Los leprosos festejaban el gol de Maxi Rodríguez, el último penal que habilitó el festejo; llovían los elogios para Mascherano "el mejor de la cancha". Pero claro, la alegría no era sólo rosarina. Nadie olvidaba que Romero fue el hombre del partido: "En sus manos quedó nuestro pase a la final", dijo una de las tantas jóvenes que apenas se supo el resultado salieron a sumarse a los festejos. Apenas terminaron los penales, Wheelwright pasó del desierto a la avalancha de autos con banderas y bocinas. Entre tantas y tantas, un Ford rural con la luneta trasera rota llevaba su redoblante en el techo. Adentro parecía haber una multitud, y salían manos con banderas.

Los hinchas no querían saber mucho de hablar, mejor cantar, gritar y desahogarse en ese lugar que cada vez estaba más repleto. Jacquelina, de 29 años, llegó desde Saladillo. Había ido después del partido con Bélgica, pero anoche la gente desbordó. Desde calle Córdoba llegaban en grupos, el patio cívico estaba repleto. Entre las estatuas de Lola Mora, en el pasaje Juramento, se veían flamear las banderas de los que seguían llegando, pero también de los que se iban. Unos cuantos se animaron a subirse a la Nave, mientras no cabía un alfiler en la avenida Belgrano.

"Volveremo, volveremo, volveremo otra vez, volveremo a ser campeones, como en el 86", cantaban a cada rato las gargantas hermanadas del centro, de Tío Rolo, de toda la ciudad. Miraban para arriba los fuegos artificiales, y alguna que otra hincha se corría horrorizada por las bombas de estruendo. Cada uno festejaba a su manera en la multitud. "Chupate esta mandarina, naranja mecánica", gritaba exaltado Brian, de 23 años, con su camiseta de Newell's.

Ramón, de 37, venido de Tablada con toda la familia, se animó con que "será difícil pero no imposible" ganar el domingo, y contó su propia anécdota: "Mascherano es clase 84, empezó en Renato Cesarini. Mi hermano era del 85, pero no pudo irse por la situación económica de mi familia. Mascherano era bueno en River, pero cuando llegó al Barcelona la empezó a romper. Hoy fue el mejor de la cancha". En su garganta, la ilusión se había hecho un nudo durante el partido. A su lado, Antonella reconocía que no fue fácil el partido. "Me lloré todo", decía.

Nicolás, de 18, se compró un chori a 25 pesos. "Estuvimos nerviosos, con amigos, llorando. Cuando terminó estaba tildado", contó sobre el partido. El pálpito, para todos, era más que nada una expresión de deseos: "Argentina campeón".

"Qué linda locura", decía uno de los tantos que caminaba sin nada más que hacer que cantar por la avenida Belgrano, donde cada vez era más difícil desplazarse. "Miré el partido completamente evadido por los nervios", dijo Facundo, de 21, mientras su novia, Valeria, de 26, se animó a más: "Fue muy orgásmico todo". "Yo le expliqué que en los penales se hace con paciencia, que no hay que apurarse, porque duele", se reía del doble sentido. "Quiero un porrón", gritaba otro por ahí. En una esquina, siete amigos ponían Fernet en una botella de Coca Cola.

Sobre Juan Manuel de Rosas, casi Córdoba, un Ford Escort azul tenía las cinco puertas abiertas. Sonaban Los Palmeras y mucha gente se acercó a bailar. Venidos desde Totoras, Claudio, el dueño y Marcelo (Pipo), el amigo, miraron el partido en la pantalla de la Terminal y después armaron el bailongo. La fiesta era completa.

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Así se veía el Monumento a la Bandera anoche en el momento de mayor concentración de gente llegada de todos los rincones.
Imagen: Alberto Gentilcore
 
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