CIUDAD › LOS CHICOS Y LAS CHICAS DE LA REPúBLICA DE LA SEXTA QUE ENTRAN Y SALEN DE LA FACULTAD.

Los pibes, el barrio y la universidad

La Facultad de Psicología cuenta con un sistema de cuidado de niños del barrio La Sexta del cual se encargan militantes sociales. Un amplio sector del alumnado no está de acuerdo en compartir el espacio, y en este escenario se plantea el debate sobre los chicos y su identidad barrial.

 Por Martín Stoianovich

Varón Fernández y Martín Ríos, militantes de organizaciones sociales de barrio Ludueña y Villa Banana respectivamente, trabajan como acompañantes de los menores de edad que ingresan al edificio de la Facultad de Psicología durante los días de semana. A nivel institucional se conoce a su trabajo por el nombre de "Seguridad Comunitaria", aunque ellos admiten que no les agrada ese término, principalmente por lo que implica el concepto de seguridad hoy en día. Porque es ese mismo concepto el que en la actualidad pone a los niños y niñas del barrio República de la Sexta que habitúan los pasillos de Psicología en el rol de victimarios por algunos hechos ocurridos en los últimos tiempos. A partir de una serie de debates surgidos entre los estudiantes en torno a la permanencia de los menores en el edificio, ambos trabajadores intentan dar su postura sobre la situación.

El lugar que la Facultad de Psicología destinó a los encargados de este trabajo es una habitación de pocas dimensiones que antes era utilizada como la sala de fotocopias. Es un lugar húmedo, pero adornado y bien mantenido. Hay juguetes, juegos de mesa, disfraces, y otros materiales que son utilizados por los chicos para su recreación. La mancha más grande de humedad está tapada por una bandera pintada a mano y a colores que dice "Aliados de La Sexta", con la firma de varios pibes y pibas. Mientras se desarrolla la entrevista con total normalidad, irrumpe la tranquilidad del jueves por la tarde una alarma que proviene de uno de los salones del edificio. A los pocos segundos interviene una docente avisando que sonó porque ella había retirado un banco sin desactivarla. "Si llegaba a haber niños, iba a ser culpa de ellos", explicaría luego Ríos.

Esta escena es típica en el día a día. "Todo el tiempo tenemos que demostrar la inocencia de los pibes", cuenta Ríos y explica que de acuerdo a su edad -la mayoría tienen entre 7 y 11 años- cometen algunas travesuras pero que nunca pasan a mayores. Sin embargo, cada hecho ocurrido por más mínimo que sea, despierta en los estudiantes de la facultad una sensación de inseguridad que lleva a calificar como delincuentes a los propios niños. Esto se traduce en un grupo de Facebook llamado EPEC (Estudiantes de Psicología en crisis) integrado por más de cinco mil cursantes de la carrera, en donde depositan sus opiniones al respecto.

Es común ver en los pasillos de distintas facultades del Centro Universitario Rosario (CUR) a niños, niñas y jóvenes vecinos de La Sexta pidiendo dinero, comida o simplemente jugando. El espacio es público y no hay una norma estricta que dicte prohibición a esta costumbre. Fernández y Ríos consideran que entre el territorio universitario y los pibes del barrio hay una relación estrecha vinculada a la identidad como vecinos. "La facultad está en su barrio, no hay que negársela", argumenta Fernández. Asimismo, también se tiene en cuenta el grado de desigualdad que se percibe a simple vista entre los edificios del CUR, los estudiantes que transitan por allí, y las condiciones de vida de los vecinos de La Sexta. Tal como explican Fernández y Ríos, este panorama despierta en los chicos una lógica de consumo y deseo atravesada por lo que ven y no pueden alcanzar por sus propios medios. En este contexto se explica la relación entre los niños y los estudiantes que se resisten a aceptar su presencia, transitando entonces entre el límite de la estigmatización de la pobreza y la negación de la desigualdad social.

"Intentamos hablar con los estudiantes, que sepan que La Sexta y los niños no están siendo alojados por la Facultad, sino que ellos están alojando a quienes vienen a su barrio", analiza Ríos. Desde esta perspectiva se intenta reforzar la idea de que los menores del barrio no deben ser excluidos de este ambiente, sino que por el contrario se los debe reconocer como parte de una realidad de la que el CUR, como espacio público, no se puede desprender. Acerca del concepto de seguridad como eje del debate, Fernández considera que está siendo utilizado "en términos de la propiedad privada". "Para este concepto, el que pone en peligro a la propiedad privada es el niño que pertenece a una determinada clase social. Nuestro trabajo entonces tiene que ver con cuidar a ese pibe y recrear en el espacio público", agrega el militante social y artista popular de la ciudad de Rosario.

Varón Fernández y Martín Ríos ocupan este rol desde mediados del 2013. Anteriormente el edificio contaba con un servicio de seguridad privada. "Los directivos de Psicología pidieron a Rectorado que se contrate gente para laburar con los pibes y las pibas del barrio", recuerda Ríos. En un principio, la jornada laboral tenía una carga horaria que iba desde las siete de la mañana a las once de la noche. Con el paso del tiempo, y entrados en confianza con los niños, se decidió acordar una determinada franja horaria para su ingreso. "Se buscó encontrar un equilibrio sobre la acusación que recae siempre en los pibes de las barriadas y construir una legalidad con la pibada para que entiendan que si bien es un espacio público, no es una plaza", relata Martín. En la actualidad, los chicos ingresan al edificio sólo desde las tres hasta las seis de la tarde. En ese horario están bajo el cuidado de la llamada "Seguridad Comunitaria", y por fuera de esa franja no tienen permitido el ingreso. Dicho control está en manos del personal de Resguardo Patrimonial, un área dependiente de la Universidad que está conformado por agentes de seguridad.

Según explican, con la modificación en los horarios se buscó ampliar el margen disponible para realizar actividades en el barrio fuera del ámbito universitario. "Vamos al cine, al teatro, a pescar, para permitirnos crear otro tipo de lazo con los pibes y su familia", describe Fernández. "Nos consideramos cuidadores o habilitantes para los pibes, porque si no estuviéramos nosotros no los dejarían entrar más", confiesa Ríos por su parte. Ambos trabajadores son conscientes de que el revuelo que se generó en torno a la permanencia de los pibes en la facultad puede desembocar en una prohibición definitiva y por ese motivo creen que es importante el apoyo de las organizaciones estudiantiles y los directivos de la Universidad.

Es la primer experiencia de este tipo en una facultad de Rosario, y según Ríos y Fernández en otras facultades del CUR se plantearon propuestas similares con el fin de evitar el cierre total de las puertas a los chicos de La Sexta. "Tenemos la satisfacción de saber que aún en el error es algo nuevo que si se sostiene puede replicarse a través de gente que lo vaya mejorando. Hemos logrado que muchas personas que no quieren a los pibes, por lo menos los respeten", finaliza Ríos.

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Es común ver en las facultades a niños y niñas pidiendo dinero, comida o simplemente jugando.
Imagen: Alberto Gentilcore
 
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