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Viernes, 24 de septiembre de 2010

CINE

La seducción del valet

El cineasta brasileño Joao Moreira Salles construye un documental con el mayordomo que sirvió en la casa de su infancia, y de un plumazo reivindica a todo un elenco de sirvientes maricas que el cine históricamente relegó a coreografías patéticas y sumisas.

 Por Diego Trerotola

Durante años, el rectángulo de la pantalla de cine fue lo más parecido a una cárcel para la diversidad sexual. Si se representaba lo diverso en películas era para doblegarlo, confinándolo como castigo a un lugar específico, estático. O como si representación y represión fueran la misma categoría: lxs perversxs que adquirían presencia cinematográfica lo pagaban con una esclavitud a ciertos roles. Es verdad que hubo excepciones, que Marlene Dietrich pudo atravesar con vigor bisexual casi todo límite que se imponía a las demás figuras. Pero estrellas libertinas como Mae West se contaban con los dedos de una mano. Cuando la marica o la torta aparecían como tales, expresando su personal distorsión de lo que hombre y mujer se impone deberían ser, se las ponía en su lugar: cumplían un rol servil, meros ayudantes de cada uno de los genuinos protagonistas. El mucamo gay o la sirvienta lesbiana recorren la historia del cine como arquetipos del sumiso; sea la sirvienta lúgubre de Rebecca de Hitchcock o Adelco Lanza en sus roles de criado de Isabel Sarli. The Celluloid Closet, documental sobre la homosexualidad en el cine, postula como ejemplo de la representación marica a Call Her Savage (1932), película donde dos gays hacen un show con uniformes de sirvientas y plumeros revoleados como ventiladores fuera de borda. “Si debo ver a un marinero en pijamas, yo sé que me voy a estremecer. Pero igual nos gustaría trabajar como sirvientas en un gran acorazado”, cantan las maricas serviles, felices de que su esclavitud por lo menos les permita estar cerca de sus chongos. Más allá de la ironía, esos personajes parecen aceptar pagar el precio de su deseo consintiendo someterse alegres a la servidumbre. Nada podría ser más disciplinario que encarcelar al desviado en un único papel social servil. Hace dieciocho años, el cineasta brasileño Joao Moreira Salles logró, sin proponérselo, desmontar esta vileza del arquetipo del mucamo marica, con un registro que también es un retrato definitivo de la loca a la antigua, criado fuera de los parámetros de la cultura gay. En 1992, Moreira Salles filmó a Santiago Babariotti Merlo, mayordomo de su casa de la infancia, un argentino que había aprendido el oficio trabajando en Buenos Aires para una familia vinculada a la aristocracia irlandoinglesa, pero que vivió mayormente en Brasil, donde sirvió por treinta años a los Moreira Salles en una mansión palaciega de San Pablo. Trece años después, con el material todavía sin editar, Moreira Salles volvió a Santiago para dar cuenta tanto de la personalidad del mayordomo como de su relación con él. La vida de Santiago es tan sofisticada como la increíble historia de la aristocracia “antes y después de Cristo” que él mismo mecanografió por más de 40 años, investigando en bibliotecas públicas y privadas, en las cinco lenguas que dominaba, para lograr reunir 30.000 páginas, liadas con cintas rojas traídas de París, que son la ambición babélica de una Sherezade que descubre, reescribe, inventa vidas, desde las dinastías hititas hasta luchadores de catch, como cuentos pasionales que vale la pena conocer para seducir. Porque para Santiago, como para Moreira Salles, la seducción de la imaginación es el gran arte de vivir. Y más allá de la distancia que el documentalista establece con su objeto, la película termina devorada por la expansiva sensibilidad creativa de Santiago, por cada performace marica a modo de genio histriónico. Y tanto sus anécdotas como su teatralidad, sea cuando reza en latín o toca las castañuelas, demuestran una vitalidad envidiable para un hombre de 82 años: es de los que relatan cada anécdota acompañándola con un gesto dramático perfecto, ya sea con una inmovilidad estatuaria como cuando, más comúnmente, dibuja una guirnalda en el aire con sus manos, adornando cada palabra con tic de loca. Más que alivianar los gestos afeminados, la película los subraya como rasgos de hipnótica singularidad, haciendo incluso una secuencia de baile de manos de Santiago, ballet minimal, coreo que mezcla vanguardia y camp de la forma más queer imaginable. Porque en el sentimiento operístico de Santiago hay una tendencia al musical, a la conjunción del cuerpo y la música, que hasta lograr convertir a sus arreglos florales en sinfonías. Y así, lejos de subordinarse a autoridad alguna, el mayordomo es reinvindicado como alguien que construyó su propio destino, eligiendo que cada paso por la vida se transformase en comedia musical. Y, así, con total empatía, Moreira Salles hace de Santiago un ser único y libérrimo, alguien que escribió su propio “Canto a sí mismo” y que, igual que el de Walt Whitman, rompe la distancia que hay entre lo mismo y lo otro, para ofrecer su cuerpo para una danza que es comunitaria o no es: “Me celebro y me canto a mí mismo./ Y lo que yo diga ahora de mí, lo digo de ti,/ porque lo que yo tengo lo tienes tú/ y cada átomo de mi cuerpo es tuyo también.”

Santiago se exhibe todos los sábados hasta
el 6 de noviembre, a las 19, en Fundación Proa,
Av. Pedro de Mendoza 1929.

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