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Viernes, 10 de febrero de 2012

Surtidos

La revista Sur, comandada por Victoria Ocampo, reunió a lo largo de cuatro décadas a un número notable de escritores y críticos queer, desde José Bianco hasta Sylvia Molloy y Alejandra Pizarnik, pasando por Severo Sarduy, Virgilio Piñera, Silvina Ocampo y Enrique Pezzoni. A su vez fue agente de traducción de lo que puede llamarse un canon europeo de lo queer. ¿Alcanzan o sobran estos datos para hablar del factor queer en la revista Sur?

 Por Gabriel Giorgi y Mariano López Seoane

Se ha dicho hasta el cansancio: Sur fue una de las revistas faro de la modernidad sudamericana en lo que respecta a las artes y a las letras, un actor decisivo del campo intelectual argentino durante buena parte del siglo XX y la editorial responsable de la importación de títulos y nombres que tonificarían la escritura en y desde el sur (Faulkner, Sartre, Camus, para mencionar algunos). Se ha dicho menos, o no se ha dicho, que, comandada por Victoria Ocampo, la publicación reunió a lo largo de cuatro décadas a un número notable de escritores y críticos queer, desde José Bianco hasta Sylvia Molloy y Alejandra Pizarnik, pasando por Severo Sarduy, Virgilio Piñera, Silvina Ocampo y Enrique Pezzoni, en una demografía de la disidencia sexual que carece de muchos ejemplos comparables en nuestra historia intelectual. Al mismo tiempo, las políticas de traducción e importación que mencionamos arman una suerte de canon europeo queer, en el que se destacan André Gide, Virginia Woolf y Jean Genet. Estos datos vuelven aún más llamativo que hasta el momento ninguna aproximación crítica a Sur haya postulado una mirada de conjunto sobre las políticas y éticas de la sexualidad que atraviesan el proyecto de la revista.

Se impone, entonces, una relectura invertida de Sur. La revisión es urgente no sólo en términos de reparación histórica sino porque además permitiría discutir ciertas cronologías de la historia intelectual que se dan como evidentes. Los relatos que han tomado a Sur como signo de los tiempos modernos coinciden en señalar que hacia principios de los años ’60 la publicación pierde contacto con las discusiones intelectuales y las intervenciones políticas y culturales que empezaban a definir un nuevo paisaje de la modernidad, lo que explicaría una progresiva pérdida de relevancia. Sin embargo, una mirada con foco en las prácticas de la disidencia sexual pone de manifiesto que al interior de Sur se cultivaban relaciones y se gestaban perspectivas con puntos de contacto con las luchas identitarias de los ’70. Algunos detalles dan testimonio de la existencia de continuidades: Juan José Hernández, colaborador de la revista, formó parte del Frente de Liberación Homosexual, y José Bianco, durante años secretario de redacción de Sur, tradujo materiales (como una carta de las Black Panthers sobre las luchas de liberación sexual) que aparecieron en la primeras publicaciones del Frente.

Las políticas del silencio

De manera interesante, esta suerte de represión crítica hace máquina con las políticas del silencio que puso en práctica la propia publicación durante su larga actividad: los maricas, las lesbianas y sus perspectivas encuentran en Sur un hogar, pero al precio de aceptar las reglas de la casa. Esas reglas tienen como principio rector una noción de decoro que revelan a Sur como órgano de su clase. El decoro implica un régimen de visibilidad para la disidencia sexual que en parte puede entenderse desde la perimida imagen del closet. La disidencia es permitida, admitida, incluso invitada y encumbrada, siempre y cuando sepa no nombrarse, reprimirse, decir a medias, retacear. El decoro implica en este punto regulaciones tanto estéticas como morales, un verdadero entrelazamiento de lo estético y lo moral. Este entrelazamiento le confiere impensada hondura a la categórica observación trivial de Diana Vreeland: elegance is refusal. Mostrar de más, exhibir de más, como hablar de más, es poco elegante. Este dictum estético asume dimensiones éticas o morales porque aparece patrullando las fronteras entre lo público y lo privado, porque de hecho define lo que una sociedad, como mínimo una clase social, debe entender por asunto privado, impropio para la discusión pública.

Lo interesante, sin embargo, no es lamentar la evidente instalación de un dispositivo represor sino preguntarse por las trayectorias y redes que esta política del silencio no sofocó (y que acaso alentó). Para ello es necesario dejar de entender la disidencia sexual exclusivamente en términos de identidad individual y empezar a pensarla en términos de sociabilidad. Es la trampa que concibe Douglas Crimp en sus investigaciones sobre la Factory de Warhol: subraya la existencia de una forma de vida queer aun antes de la consolidación de una identidad gay. Del mismo modo, mientras se constata que en efecto era muy complicado que el yo apareciera en Sur ligado a los términos que nombraban la diferencia (homosexual, lesbiana), también se comprueba que era enorme el campo de acción de una sociabilidad disidente que sin necesidad de nombrarse se alejaba de las normas de conducta establecidas. Dicho de manera simple: mientras desde las páginas de la revista Victoria Ocampo censuraba a André Gide por el tono de su Corydon y Héctor Murena asociaba el “homosexualismo” a la crisis de la modernidad occidental, las alianzas y los pactos de colaboración disidentes entre sus miembros permitían que Gide, Virginia Woolf y Genet fueran traducidos y publicados. En este sentido cobran especial valor las cartas que circulaban entre los miembros de la revista, cartas que documentan la vitalidad de una verdadera cofradía queer en la Buenos Aires del siglo XX.

Cosmopolitismo y desvío

Quizá la intervención cultural más evidente de Sur se juegue alrededor de la construcción de una cultura cosmopolita: una idea de cultura que conecte las identidades nacionales con los desarrollos del resto del globo que, para la revista, se concentraban en la modernidad europea. Abrir canales de comunicación y de intercambio con Europa y EE.UU. significaba contrarrestar tendencias nacionalistas y localistas, para lo cual Sur construye toda una estrategia de traducciones y de reflexiones sobre la relación entre cultura y cosmopolitismo y sobre los modos en que la cultura permite reinventar los límites de la identidad nacional para ponerla en sintonía con una modernidad global, universal, humanista. Claro: una porción muy significativa de esas traducciones y de esas puestas al día con la cultura europea incluyen textos de figuras que van desde Virginia Woolf hasta Jean Genet, pasando por Vita Sackwille West, D.H. Lawrence, o por un texto de temática lésbica como Olivia, traducido por la Editorial Sur en 1958; el canon que define la modernidad cultural y estética europea está atravesado por cuerpos y subjetividades queer. La revista acoge estos materiales, desde luego, sin tematizar ni politizar esas inscripciones de sexualidades disidentes; pero al traducirlos y legitimarlos abre una posibilidad de visibilidad y de reflexión que no abundaba en la cultura argentina de esas décadas. Cabe recordar que se trata de décadas que, tanto a nivel nacional como internacional, asisten a la intensificación del control sobre la sexualidad y sobre la subjetividad, donde los nacionalismos se traducen frecuentemente en rígidos mecanismos de normalización social. En ese contexto, el cosmopolitismo de Sur abre una línea de apertura.

Este impulso cosmopolita no está desprovisto de tensiones. Si, por un lado, el “buen gusto” y el decoro que marcan el tono prevalente de la revista difícilmente admitían referencias explícitas a sexualidades disidentes, por otro, muchos de los materiales que circulan por la revista no se dejan de-sexualizar ni higienizar sin más. Un caso significativo es la traducción y publicación de Las criadas, de Jean Genet, cuyos derechos había adquirido José Bianco, y que genera una airada reacción de Victoria Ocampo. En una suerte de respuesta también aparecida en la revista, Ocampo señala que Genet era un autor muy discutido y celebrado en Francia (lo cual hace justificable que Sur se interese en él), pero al mismo tiempo condena lo que ella ve como “el culto del estiércol como estiércol”. Ahí aparece un límite, que es también un desvío y una interferencia, algo que no se deja recuperar por concepciones universalistas de la cultura que se defendían desde Sur, pero que la revista de todos modos acoge y vuelve materia de un debate. Si Genet llega con el halo de una modernidad desafiante –y francesa–, trae una intensidad que no circula fácilmente y que excede y desvía ciertos ideales culturales normativos.

Leer la cuestión queer en Sur (como también en otras zonas culturales que le hicieron lugar a la disidencia sexual, como la del grupo Contorno) es una entrada para pensar esa memoria moderna que quedó fuera de los archivos de la historia, pero que insiste en la imaginación de la cultura (si pensamos, por ejemplo, en la novela de Sylvia Molloy, El común olvido, recientemente reeditada por Eterna Cadencia): circuitos de sociabilidad y de deseo “invisibles”, modos de resistencia subjetiva y de invención de formas de vida, lenguajes para hablar de eso que se nombra siempre de maneras oblicuas, sensibilidades que quieren imaginar alternativas ante sociedades cada vez más normalizadas... Esas relecturas permiten pensar, quizás, otras versiones de la cultura moderna argentina, y al hacerlo activan una memoria que no se conforma con corroborar el presente sino que, al contrario, lo interrumpe, lo desvía, le marca sus puntos ciegos, que son también las líneas de su propia rareza.

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Silvina Ocampo, Virgilio Piñera, Alejandra Pizarnik, Victoria Ocampo.
 
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