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Viernes, 10 de febrero de 2012

SOY POSITIVO

El chico del HIV

 Por Pablo Pérez

Cuando el Oso Santafesino me mandó un guiño por Manhunt, yo no lo podía creer: corpulento, peludo, de pelo y ojos negros y cara de malo. Era su primer viaje a Buenos Aires y yo, que quería hacer buena letra, en vez de proponerle ir directamente al telo, lo invité a pasear por la ciudad. Mi idea era llevarlo a tomar algo a la Avenida de Mayo, pero cuando pasé a buscarlo, vi que estaba en ojotas y caminaba con algo de dificultad: decidí que sería mejor quedarnos en el barrio del departamento donde se alojaba, cerca del Spinetto.

No me gustan mucho los shoppings, pero éste sí porque (al margen del aire acondicionado que, en mis años de cazador lo corroboré, a los osos les encanta) no es nada pretencioso, casi podría decirse que es pobre, apenas hay tres o cuatro locales de ropa. Y además tiene lo que considero una gran atracción: en el patio de comidas hay unas mesitas con vista panorámica desde donde me gusta mirar cómo la gente se pasea con sus carritos entre las góndolas. Invité al Oso con un licuado de frutillas y nos sentamos a conversar ahí. La conversación también iba bien, a pesar de que en un momento me dijo que estaba dispuesto a quedarse a vivir en Buenos Aires si encontraba a su “media naranja”. Soy de los que prefieren la naranja entera, pero no me importó, el Oso seguía monologando interrumpido por algún “ajá” mío muy de vez en cuando, hasta que de pronto lo escuché decir “Fulanito, que tiene VIH, está enamorado de mí, pero a mí no me gusta. Ojo, no porque tenga VIH, lo que pasa es que no me atrae como persona...”. Mi cabeza se fue de la conversación, por un lado porque mientras el Oso me hablaba me acariciaba disimuladamente con su garra una rodilla y por otro porque me quedé pensando si habría leído mi perfil completo en Manhunt, donde completé el campo obligatorio “Estatus de VIH” con la opción “positivo”. Al rato dejó de importarme, sólo quería llevármelo a la cama, la atracción física era irresistible y además, según había dicho, no le importaba que “el chico del VIH” tuviera VIH. Para hablar esperé que terminara su licuado: “¿Vamos a un telo? Hay uno muy lindo acá cerca”, dije y él aceptó sin vacilar.

Cogimos bien; incluso él me dijo que nunca había tenido tan buena cama con nadie. Cada tanto en un rapto cariñoso me decía “mi amor” y me besaba los ojos. Una vez me contó un chico que besar los ojos era un hechizo umbandista y desde entonces es un gesto que no me asusta, pero me desagrada. En los días que siguieron, el Oso insistió para que volviéramos a vernos y yo, espantado por tanto amor repentino, le inventé cada vez un pretexto diferente.

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