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Viernes, 11 de mayo de 2012

Soy una niña otra vez

 Por Valeria Licciardi

Dicen que esta ley sirve para cambiarles un nombre a las personas trans, pero la ley dice más cosas. Por ejemplo, he visto estas dos palabras: trato digno. Es letra, ya sé, pero sirve. Son dos palabras pensadas para aquellxs niños y niñas que, cuando manifiesten o sientan su transexualidad en la primaria o secundaria, como aún no tienen la mayoría de edad para poder cambiarse el nombre y el sexo, lo que deberán hacer todas las instituciones es tratarlas con respeto. Es decir, ella o él podrán expresar su “género” e ir a la escuela, por ejemplo, con pollera y también podrán figurar en los registros con el nombre que deseen y se sientan representados.

Este punto me parece más que interesante porque darse cuenta, descubrirse, es un momento muy pesado en la vida de cualquier persona y más cuando vos sabés que sos alguien y la sociedad te dice que sos otra cosa.

Una de las preguntas más recurrentes que suelo escuchar es ¿cómo y cuándo te diste cuenta de lo que te pasaba? Yo puedo decir que desde que tengo uso de razón. Cuando en el jardín me empezó a gustar un compañerito. Recuerdo que tenía una amiga con la que jugábamos siempre y a ella le gustaba otro compañero, pero la diferencia era que yo no lo podía manifestar porque para algunos no era lo que me debía pasar. Fue así que tuve que sortear muchas circunstancias, fui al psicólogo, hicimos terapia familiar, todo para que mis padres pudieran comprender mejor lo que me pasaba. Una de las cosas que les dijo el terapeuta en ese momento a mis padres y no lo olvido nunca fue: “Este chico tiene las cosas muy claras, se siente mujer”. Esto fue lo que hizo que mis padres quedaran “conformes”, éste fue el diagnóstico. Por un lado fue algo maravilloso y por otro me cargué una mochila para toda la vida. Este fue el primer paso de una larga negociación donde sentí que gané y perdí. Gané que me escucharan y trataran de comprender. Perdí la posibilidad de mostrarme en mi totalidad. Deseaba tener otro nombre, poder ir con pollera a la escuela, dejarme el pelo largo, cortarlo sólo cuando yo quisiera. Afortunadamente fui a la misma escuela desde jardín; esto hizo que mis compañeros vieran mi desarrollo, así que no sufrí discriminación. Creo que también ayudó el diálogo que tenía la institución con las familias de los alumnos. Ellos me permitieron en la secundaria no asistir a clase de gimnasia con los varones y sí con las chicas. Esto fue muy esperanzador para mí.

Tuve que aprender muchas cosas, tuve que estar más dura, tuve que juntar la lógica con la emoción. Me alegra el alma pensar que un hecho que creía muy lejano hoy sea casi una realidad. Muchas cosas van a cambiar. Muchos niños crecerán con más libertad y se sentirán más dignos, esto los hará buenos hombres, buenas mujeres. No querrán lastimarse, amarán al prójimo, serán más tolerantes con lo diferente.

La escuela será el reflejo de una sociedad más diversa y no de una sociedad donde todos tienen que ser iguales y pensar lo mismo, entenderán que las cosas son mucho más amplias de lo que pensamos.

Yo cambié mucho en lo personal y eso hace que vaya cambiando mi trabajo.

Se abren otras puertas, otras posibilidades. Cuando uno cambia, cambia todo.

Cada persona tiene su propio camino, hay miles de modos de descubrirse a uno mismo.

Cada uno debe encontrar su camino personal sin sentir que nadie le impone el suyo. “Lo más fácil es ser uno mismo. Lo más difícil, ser lo que los demás pretenden que sea”, lo dijo Castaneda, y ahora lo digo yo también.

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