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Viernes, 11 de mayo de 2012

EN MI MUNDO

Consumir y consumar

Shopping and fucking (Comprar y coger): dos modos de matar el tiempo, la soledad y todo lo que se cruce. Mariano Stolkiner, el director que el año pasado puso en escena la poética de Sarah Kane, despliega en esta puesta la crudeza de otro inglés terrible, Mark Ravenhill.

 Por Liliana Viola

Reunida frente a la hora del almuerzo –hora capturada por la iconografía de la familia unida–, una pareja integrada por tres abre la escena: la chica, el chico y el señor mayor. Ella le da de comer en la boca, el viejo no se contiene y vomita, el chico está pendiente, perdidamente enamorado. Alimento, incontinencia y deseo, según cómo cambie el orden, la base de la fortuna o apenas los tres momentos de un ciclo vital. En las primeras líneas del diálogo una inercia que interpreta los lazos nos lleva a pensar en un padre enfermo y dos hijos amantes, o a lo sumo un viejo arruinado, una esposa joven y un hijo grande dispuesto a cobrarle la paternidad ausente y su correspondiente infancia infeliz. Pero no. Porque es Shopping and fucking, escrita por el dramaturgo inglés Mark Ravenhill (que junto con Sarah Kane, y otras bestias británicas, se inscribe en el autoproclamado In-yer-face theatre, juego de palabras que suena a teatro en la cara, pero también significa teatro por atrás, según el diccionario de Oxford, “descaradamente agresivo o provocativo, imposible de evitar”). Y la inercia en estas obras se lleva su merecido: un muro donde romperse la nariz, verla sangrar, pasársela por la cara a alguien que tiene miedo de contagiarse algo. Además, Shopping... pertenece a la primera época de Ravenhill, cuando tenía 24 años, le diagnosticaban VIH y empezaban los ataques de epilepsia y las pérdidas de memoria como efecto colateral de un cóctel con muchos dolores secundarios e inciertos beneficios. “Con semejante intensidad gobernando mi vida, ¿acaso podría escribir sobre otras cosas?”, se ríe ahora a sus 44 años convertido en dramaturgo estrella, columnista del diario The Guardian y guionista televisivo. Había que hablar del asunto, pensaba en 1996 mientras debutaba con esta obra que desde entonces no deja de representarse por el mundo, y escandalizaba con una escena de sexo anal entre hombres, fuertes diferencias de edades entre amantes, familias más que alternativas y drogas para todos. Tuvo un éxito tan rotundo, tantos meses en cartel, que muchos colegas y críticos no dejan de preguntarse qué tiene de bueno, aunque los que superan la envidia le reconocen una buena dosis de populismo genuino, un salto por encima del sensacionalismo y un respeto a su consigna que aprendió en la tele: no aburrir. Los personajes de estas primeras piezas, eso sí, integran una casta de marginales bastante obvia: pobres, empobrecidos, putos, viejos, adictos, yonkies, gays, jóvenes, punks.

Hasta aquí, la descripción puede colocar a Shopping and fucking del lado de las obras fechadas, y encima fechadas en los noventa, cargada de una autocompasión que tantas veces se escapa sin querer de la estética de los “discriminados”. Habrá que hacer referencia entonces a la poética de su texto (la traducción es de Rafael Spregelburd), complejo, irónico y heredero de las réplicas clásicas que los actores de esta puesta saben representar muy bien, ciertas desviaciones en la lógica, en los móviles de los personajes y en el sentido del humor, que hacen que la obra no sea nunca exactamente lo que parece ser y que si en un punto se inclina hacia el lado de la reparación por el amor y de la sagrada familia, sigue poniendo a los espectadores al borde de una pregunta sobre el deseo y los lazos. Desde la transacción entre cuerpos hasta la violación, todos los encuentros tienen una ética. Sí, Ravenhill es un moralista, y en algún momento los personajes reconocen que tienen que protegerse mutuamente ya sea con los recursos de la eutanasia, la prostitución, el relato.

Dios no los cría, ellos se juntan...

“Contanos otra vez cómo fue”, le piden los dos chicos al señor mayor, que no sólo no quiere tragar, sino que está por ponerse violento si le insisten con que no se vaya, con que no abandone el hogar. Justo cuando él decidió dejar la cocaína y repite como un loro loco una serie de axiomas calcadas del terapeuta de su centro de rehabilitación. Quiere estar limpio. Quiere liberarse de su necesidad de amar, de poseer, de ser amado, esa dependencia tan parecida a la compulsión por las compras que lo va a poder en la escena siguiente.

A regañadientes, accede a esta pantomima de génesis y les cuenta otra vez cómo fue: aquel día los vio en un supermercado, enseguida se dio cuenta de que los quería, le preguntó a su dueño anterior por el precio, los compró por muy pocos pesos y se los llevó a su casa, desde entonces son suyos. El relato fundante de esta familia queer (el adulto y el joven han estado enamorados o aún lo están, la chica y el chico también, y ella, tal vez la más condenada por el autor a encarnar un clisé de género, funciona como madre, hija y amante de los dos) parodia tanto el mecanismo de consumo que incluye a los afectos entre la mercancía, como a las mitologías del flechazo o del nacimiento de los vástagos.

En la misma escena, partida por las luces, biombos, música y cierta gimnasia de vaudeville con entradas y salidas tras cortinas de plástico que funcionan como puertitas, irrumpen otros dos personajes: el niño que vende su cuerpo y no puede superar haber sido violado por su padre, el viejo dealer, zapatos blancos, traje ajustado, anteojos negros, mucha gomina. La figura del dealer, maestro narcotraficante (pero a la manera de un maestro Po) interpretada al borde de la caricatura y del más recalcitrante género de terror por Alfredo Urquiza es el encargado del discurso más ambiguo sobre la verdad, los principios, la ética implacable. La composición del chico freak, vulnerable y atento a los mandamientos de su propio ano, es un hallazgo en la versión de Lucas Lagré. La discoteca y el shopping aparecen como los dos espacios de la tentación fuera de casa. La casa, armada con desechos y resquebrajada sigue siendo el escenario de la armonía. Con un procedimiento queer, esto es, de subversión de los puntos de vista y de los roles consigue que el más bueno sea el más fuerte y el más vencido el que más sobrevive, y que los espectadores según desde dónde los obligue a situarse el autor, terminen reflexionando luego de haberlo consumido todo, que no estaría nada mal que dejemos de drogarnos, de desconocernos, de vivir separados.

Shopping and fucking se presenta en
El Extranjero, Valentín Gómez 3378,
los viernes a las 21.

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