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Viernes, 17 de mayo de 2013

LUX VA A VER EL CLUB EN TEATRO EL PICCOLINO

CLUB EROS

En primera fila nuestrx cronista espía cómo se hace el amor verdadero y el otro también.

Yo, Lux, que sobreviví a cinco depresiones maníaco-románticas, ensoñaciones suicidas adolescentes por objetos de amor imposibles, y un plan criminal por despecho que alguna vez, ay, les revelaré, he llegado con los años a una conclusión de tragedia griega: el amor es demasiado importante como para dejarlo en manos de los enamorados, y es por eso que hay que saber que antes de dejarse llevar por la corriente de las emociones y lanzarse sobre la primera sirena o el primer pescado que trajo el mar, hay que elevar plegarias y hacer caso al Destino Verdadero, que habita en las noches bajo la forma almohada-techo-almohada, como quien respeta la sabiduría de los dioses antiguos, como quien acepta cual dogma aquello que esos dioses nos ofrecen a través del Mercado de los Bienes Eróticos. No cualquiera es para unx, no cualquiera está destinadx a ser “la otra mitad”.

Por eso comprendí —y me enternecí— con ese Salvador (Julián Bass) de la última comedia de Diego Beares, El Club, desesperado por encontrar una pareja, sin saber todavía que la tenía al lado, en un vestuario. Un adolescente loquilla —muy buen actor, hay que felicitarlo— que conversa con una voz divina en off, con un dios, acaso con el Destino, que le va marcando el camino del amor verdadero. Yo estaba en la primera fila de esa salita de teatro, casi encima de los actores que salían y entraban a escena pelando lomos egresados de gimnasio con título de honor en slip, en sunga, a veces a puro culo —Andrés Pavón Koch, que dicen que es pudoroso, aportaba culo premium— y a puro bulto, y... ay, soy humanx, ¡pero también soy animal! No me pidan discreción ni los mejores análisis culturales cuando se te para enfrente como si nada, haciendo su papel de dueño subnormal de El Club, La Bestia, el Camión Blindado del Lomo de Oro que provoca a su paso un tendal de quiebras y desahucios, lagunas de babas y sudores, y entre ellas la que se fue formando bajo mi asiento: “Es Santiago Caamaño, modelo top de grandes marcas”, me avisa mi vecino tomándome del brazo, que alucinó con que me echaría a los pies de La Bestia, y habría entonces que detener la función.

No obstante la urgencia del momento, pude reprimir por un rato más el Eros Invasor en estado bruto, y me concentré en los dislates pop que se iban sucediendo en escena, las amenazas contra la supervivencia de El Club, la recepcionista que hacía reír en registro China Zorrilla (podría haberle encontrado, eso sí, alguna vueltita para que la referencia fuese más matizada), la única dama, Sofía Romano: La Dueña (la mujer de El Dueño), que traía a presencia la broma de actriz de telenovela mexicana, el número delirante estilo El Show de Cristina (Facundo López), en fin... que traté de seguir con atención hasta el final, pero, ay, no pude, no pude. De pronto empecé a escuchar voces, como el niño Salvador, pero esta vez dirigidas a mí: “Lux, de acá tenés que salir con la noche ganada. No busques ya el amor verdadero, porque a tu edad la única verdad es la carne que se consigue con audacia. Apenas vuelva a salir a escena Santiago Caamaño, te prenderás de su sunga piletera como si eso contuviera el Gran Objeto de Amor, al menos el Gran Objeto para tu Deleite”.

Yo creí que era el Destino el que me convocaba y la función se fue al carajo. El público no entendía si el escándalo que produje formaba parte de la trama —Ivo Kutzarida, ¿se acuerdan de él?, reía más arriba como si se tratara de un sketch dentro de otro sketch— y ese ser, pura Lux, queer in extremis lanzado de su asiento fuese un personaje más, mordiendo las piernas de Caamaño, aullando como un animal en celo a la luna de los placeres. Me sacaron de la sala entre tres grandotes, mientras me fotografiaban unas loquitas para subirme a YouTube. Ahí me di cuenta de que hay Destino Divino y destino en falsete y que no es bajo los efectos de la calentura cuando se deba discernir cuál es cuál. l

El Club, de Diego Beares, en Teatro El Piccolino, Fitz Roy 2056. Jueves a las 22.30

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