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Viernes, 4 de julio de 2014

Por amor a voz

Implacable pero con ritmo. Combativa pero sin perder el sentido del humor. Liliana Daunes es, como ella misma lo dice, feminista donde vaya y tiempo completo. Amigas, compañeras y admiradoras la declaran Matria Lésbica Comunicacional. En conversación con SOY habla del amor entre mujeres en los tiempos de silencio y también en el presente.

 Por Dolores Curia

Se reivindica como bruja, seguramente en el sentido mítico, perturbador y de eterna disrupción que tiene esa figura. Y entonces, tomándole la palabra habrá que agregar que es una bruja preciosa de voz hipnótica y de vaporosa cabellera rojo fuego que recibe a SOY engamada de violetas y pins del arcoiris, por si faltara una señal. No hace falta nada: Liliana Daunes es toda una propuesta estética en sí misma y, para hacer justicia con la cantidad de maullidos que aportó a esta entrevista, hay que decir ya mismo que viene secundada por una gata negra y desinhibida llamada Tinta. La casa es un caldero, lo cual se agradece en estos días tan fríos, una estufa a tope consigue el clima tropical, el resto lo hace el olor del palo santo y un entorno barroco: no dejó ni un hueco sin adornos, tapices, murales. En su estudio tampoco hay paredes a la vista. En la era del mp3, están cubiertas de cds, clasificados según géneros y nacionalidades. Por supuesto, hay un sector muy importante dedicado a cantautoras latinoamericanas. Apasionada por esa música que hace del compromiso parte de su belleza, no por casualidad fue la primera por estas tierras en entrevistar a Silvio Rodríguez y Pablo Milanés, hace 30 años, en el primer encuentro de trovadores cubanos.

Tiene una voz llena de matices pero no sólo los que se logran a base de técnica, es la memoria que le ha dejado huellas. Liliana –además de la locutora oficial de los actos de las Madres de Plaza de Mayo y de este diario, y de ser reconocida por sus más de cuarenta años de carrera– sostiene más de una identidad.

Si te ruego que te definas, ¿qué me decís?

–Soy feminista, soy una persona de izquierda, soy una lesbiana que vive a pleno sus deseos. Esos son los pilares desde donde hago mi periodismo radial y mis elecciones poéticas

¿Qué lugar ocupa el machismo en tus pesadillas?

–Sé que sigue siendo necesario dar pelea, incluso en los lugares que se presentan como progres. Mujeres Creando encontró una síntesis perfecta con aquel “test de machismo de izquierda”. En mi caso tengo la suerte y la alegría de que mi trabajo esté relacionado con mis pasiones, con lo creativo. Soy feminista en el lugar donde esté. En este momento se dio que en Radio Nacional somos cuatro brujas (en Sonidos agitadóricos), aprovechamos para poner dedos en la llaga siempre que podemos.

La lengua afilada

Periodistas y amigas consultadxs para esta nota han decidio otorgarle el título de Matria Lésbica Comunicacional. Liliana habló del amor entre mujeres o de la persecución policial contra las travestis cuando poca gente osaba mencionar la diversidad en circuitos mainstream y en períodos en los que una mujer en los medios no tenía muchas más opciones que la de dar datos del tiempo. Si es una discutidora implacable, eso no le quita el ritmo, sus compañeras de ruta la describen como la que iba cantando camino a los Encuentros de Mujeres en micros destruidos o a dedo en camión con acoplado. Es la que baila, hasta sentada, en las peñas, en el colectivo, al aire, en los actos, rompiendo con la sobriedad del activismo ceremonial. Con música y poesía ha logrado darle a la coyuntura otra dimensión, otro espesor. Ha recuperado a tortas históricas como Marta Ferro o Ilse Fuskova, desde la creación y no desde la tragedia.

El lenguaje, los modos de nombrar parecen ser una de tus grandes preocupaciones. Incluso no parecés tenerle mucho miedo a la gramática.

–Yo trato de intervenir en el lenguaje. Por ejemplo, la gráfica encontró el asterisco para ampliar el género de las palabras, yo en el lenguaje oral ensayo fórmulas como el nosotroas, el nosotres. Me sorprendí en Chiapas con inmensa alegría cuando, hace un par de años, en un Festival de la Digna Rabia de los y las zapatistas escuché al Subcomandante Marcos marcar desde el altavoz en sus discursos el “nosotroas”.

No es nada fácil tu propuesta de trabajo en un mundo tan inconscientemente machista... ¿Sos peleadora?

–Soy una persona con mucho humor, pero estoy muy fogueada a la hora de discutirlo todo, y no porque me interese estar llevando la contra (¡bueno, un poco sí!). Más bien porque es hora de empezar a preguntarnos por qué el humor callejero y mediático tiene una raíz tan pero tan misógina y homo-lesbo-transfóbica. Esas para mí son batallas para dar todos los días. Y a algunas personas les choca porque para ellas cuestionar entra en el terreno de “pelear”; yo no discuto para agredir, discuto para que sigamos pensando. Y así es como no dejo pasar muchas cosas que otros sí. A la vez discuto conmigo: las feministas constantemente nos encontramos con elementos para revisar (nos).

¿Creés que las discusiones y el trabajo de mujeres feministas ha conseguido algun cambio en los medios?

–Las compañeras feministas periodistas se han juntado para pensar, por ejemplo, cuál sería la palabra correcta para comunicar ciertos temas y sí, esos encuentros dieron sus frutos. Reconozco todo eso pero también veo que a la tele no la puedo prender. Es insoportable. Si me quedo en mis círculos, me meto un poco en un frasco y puedo llegar a creer que ha habido un florecimiento de la conciencia de género en el periodismo. Si miro un poquito por afuera, me quiero matar. Me gustó mucho un artículo que escribió Andrea D’Atri sobre una publicidad de un analgésico: una mujer que tiene mal humor y un grupo de varones que le cantan una canción muy pegadiza que dice “será porque le vino”. Y en el artículo escarba: la cara de mufa no es “porque le vino” es por las cosas que las mujeres hemos aprendido a tragar a diario en silencio. Andrea imagina que esta mujer de la publicidad a lo largo del día ha tenido que aguantar a un jefe que le dice “acá no te pagamos para pensar”, que la apoyen viajando como ganado en el colectivo, llegar a su casa y que el marido esté mirando el partido como un energúmeno sin prestar atención al hijo de ambos, entre otras delicias. Faltan quienes puedan dar una mirada crítica desde una publicidad hasta las relaciones con los compañeros de laburo.

¿Y cómo solés responder vos al humor misógino en el trabajo?

–En una oportunidad llegué un poco tarde a la radio cuando hacíamos Marca de radio. Los oyentes tenían que adivinar no sé qué cosa y había premios. Justo entro y Eduardo dice: “Les regalamos una noche con la Daunes”. Y digo: “No me parece”. Me responden: “Es un chiste”. No me causaba gracia. Empezó una discusión. Y se pasó a otro tema. No lo viví con incomodidad porque para mí discutir es un ejercicio. La gente lo vivió mal, empezaron a llamar para pedir que no me fuera del programa. Eso es la lucha diaria. En otras épocas algunos compañeros, cuando yo presentaba a Fulanita de tal como “abogada feminista” o “socióloga feminista”, me decían que el agregado espantaba a la gente. Justamente, para ir más allá del puro espanto, yo lo que quería era que se empezara a saber el porqué de ser feminista. ¿No es curioso? El feminismo es una de las filosofías políticas más denostada de la historia por personas, que en la mayoría de los casos no han leído ni solo libro sobre el tema.

De La Pampa con amor

Una vez escuché decir que encontraste a tu primer amor en un cementerio...

–De la Pampa vine a vivir a Buenos Aires hace ya 40 años. Llego aquí después de haber pasado una adolescencia con muchas fantasías y con mucho trabajo creativo en el que si bien estaban claras estas diferentes identidades, todavía no podía hacerme cargo de ellas completamente. En General Pico, La Pampa, tenía y tengo un amigo que es un poeta y escritor, Juan José Sena. Con él nos reuníamos en su casa a escribir poesía y delirar. Teníamos una gran impronta romántica. Ibamos al cementerio de noche a vivir la experiencia, meditar con velas, con él y otro par de amigas, entre ellas, Gloria. Pero no ejercí corporalmente mi sexualidad hasta que me vine a Buenos Aires.

¿Tampoco con Gloria?

–No, con ella tampoco. Era mi compañera del secundario. Yo estaba enamorada de ella. Nunca me dio bolilla en lo concreto. Supongo que ni siquiera sabíamos bien lo que nos pasaba.

¿Fue la primera vez que te enamoraste?

–Sí. Pero si me remonto más atrás todavía, existió una bibliotecaria que me mostró libros, me hizo descubrir autores. Yo no podía ponerlo en términos de atracción todavía. Ella sí sintió una atracción por mí, me lo hizo saber y me dio una felicidad enorme que se enamorara de mí. Con ella, se llamaba Elena, no pasó nada pero fue ése mi primer contacto con la seducción. Fue mi primer encuentro con la fantasía y con saber que ese mundo del amor entre mujeres existía, que no era una locura mía, ni una locura de esta bibliotecaria. Una de las primeras autoras que me recomendó fue Violette Leduc. Me abrió las puertas al amor por fuera de las normas heterosexuales, a las que yo por supuesto por esos años no nombraba así. Pero sí sabía que ésas eran las normas que dictaba la moral.

Más aún, en el pueblo chico

–Yo había nacido en una familia tipo. Mi viejo era agnóstico pero mi madre, católica. A mi hermano se le daban las libertades de los varones y a mí mi mamá me hacía el lavado de cabeza. Viví algo que para mi generación era moneda corriente: la doble vida. Naturalizada y por eso no la sentía tan dolorosa. Pero si te ponés a pensar en mi historia y en la de mi generación, ves que no se podía vivir de otro modo que con el dolor de la negación. Cuando me iba a lo de Juan José, a mi vieja le decía que iba a otro lado. Justamente Juan José Sena era el puto del pueblo. Lo salvaba que era poeta entonces algunas personas lo respetaban. Lo mismo con la separada del pueblo y así.

Entonces, venir a Buenos Aires fue un despertar, también, lésbico

–Yo era una provinciana que llegaba a un lugar desconocido. Mi liberación lésbica, por llamarla de algún modo, no fue inmediata. Los primeros que se acercaron para ofrecerme su amistad, su cariño y sus deseos fueron hombres. Y ése fue un camino por el que comencé a andar. Durante bastantes años tuve parejas y relaciones con varones. Además venía con informaciones atrasadas. Por ejemplo, tenía la dirección de un bar de mujeres. Lo había leído en alguna revista. Quedaba por Once. No fui para entrar, fui para chusmear de afuera. Pero cuando me acerqué, ya no estaba más. Me llevó mucho tiempo encontrarme con lesbianas que vivieran sus deseos con bastante libertad. Y digo “bastante” porque obviamente no se vivía nunca de una forma libre. La libertad solo se daba dentro de guetos.

Has hecho más de una vez tus cofradías, proyectos con amigas, por ejemplo, el restaurante Frida Kahlo...

–Durante mucho tiempo el circular por casas de amigas fue la principal actividad social. Hay amistades de esa época que continúan. Con muchas hemos conocido primero la amistad, después el amor, el desamor y la amistad otra vez. De todas maneras he sido una persona que no tiene grandes dramas con la despedida. En lo laboral he pasado de grupo en grupo. Yo hice teatro en una época y eso me acostumbró al encuentro y la despedida. Siempre me gustó tener un pie adentro y otro afuera del gueto. La época en la que con algunas amigas teníamos el restaurante Frida Kahlo fue fundamental para la circulación. Era un lugar “friendly” mucho antes de que a alguien se le ocurriera usar esa palabra tan fea. Las amigas venían con sus parejas, pero no éramos solo nosotras. Compartíamos la fiesta con libertad. No he sido de ir a los boliches pero sí de ir a buscar a alguna a la puerta. Así que estuve siempre al tanto de los lugares que mi generación fue viendo aparecer y que proponían encuentros diferentes de los de la calle. El amor en la historia de las lesbianas no tiene tanto levante callejero sino más bien es puertas dentro.

En la nota que acompaña esta entrevista María Moreno dice que sabés cocinar en cubano, ¿cómo es eso?

–Porque tuve una novia cubana, Mayra. Con ella hacíamos fiestas caribeñas. Hacíamos una comida típica que se llama “moros y cristianos”. Alguna que otra vez cocinamos en La Casa de las Lunas, donde pasé muchas noches de alegría y seducción colectiva. En La Casa de las Lunas también hemos hecho con Mayra recitales de música y poesía cargados de erotismo lésbico, allá por los ’90. Tomábamos textos de Diana Bellesi, entre otras grandes.

¿Y tu primera historia de amor correspondido?

–Hace muchos años. Yo trabajaba en Radio Rivadavia. Compraba el diario en la esquina de Santa Fe y Pueyrredón, por ahí cerca. Un día salgo de la radio, voy al kiosco y cruzo la mirada con una mujer que estaba ahí. No hablamos. Sigo. Me subo a mi auto, vuelvo a mi casa en Caballito y empiezo a sospechar que me siguió. Me metí en mi casa, pero me dio mucha curiosidad y enseguida salí a ver. Voy al auto estacionado y veo que me había dejado una cartita con su teléfono. Respondí y nos empezamos a encontrar y armar nuestra historia. Qué paradójico: recién decía que para nosotras las historias no se dan tanto en la calle y mi primera historia fue un levante callejero. Y duró buen tiempo. Fue un tipo de historia particular, más intro. Luego vinieron otras experiencias de relaciones de otro tipo: compartir amigas, vacaciones, quintas.

¿Cómo percibís hoy el gran tema de la visibilidad?

–La doble vida marcó los deseos corporales de las de mi generación, obviamente no sólo a nosotras, pero veo que entre las chicas jóvenes ya no es así. Yo empecé a participar de las marchas del orgullo como feminista, no como lesbiana. En esa época se hacían los 28 de junio. Con mucho frío y oscuridad, después de las 7 de la tarde. Unas marchas pequeñitas. Me encontraba con amigas feministas. Muchas de ellas, lesbianas como yo. Pero nos habíamos apropiado del orgullo en esa época. Fue importante que la celebración se pasara a un día en el que pudiese participar más gente. Parece una pavada pero que haga calor es importante. Recordemos que muchas personas antes participaban con máscaras. De ahí hasta ahora ha habido un empuje muy grande. En este último tiempo hay una militancia más profunda. Una decisión de dejar constancia, de tratar de producir pensamiento lésbico desde nuestra región, desde el sur.

En el este mapa de avances parece una incoherencia que el aborto legal siga pendiente. ¿Cuánto de responsabilidad le cabe a la militancia feminista?

–Se escucha eso de que el movimiento feminista tiene que aprender de las estrategias lgbt. Es más complejo. Todos aprendemos de todos. El movimiento lgbt aprendió mucho del feminismo. Al haberse aprobado una ley como la de identidad de género, era de cajón que se tendría que haber aprobado el aborto. Estamos hablando de la posibilidad de decidir sobre mi cuerpo. ¿Por qué las mujeres no podemos gozar de ella? ¿Será que está mucho más internalizada nuestra subordinación? Somos un grupo mayoritario atravesadísimo por esta cultura. Son muchas las mujeres con subjetividades machistas. A esto hay que sumarle el juego de corporaciones. No está sólo la cuestión moral, hay una cuestión económica desde los laboratorios a los profesionales de la salud atravesada por lo mercantil. Hay un entramado de corporaciones a las que no les conviene que nosotras accedamos a este derecho.

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Imagen: Sebastián Freire
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