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Sábado, 8 de noviembre de 2014

MúSICA

Otras letras

Gabo Ferro hace doblete: sin abandonar el pulso hardcore ni el tono andrógino y en compañía de Luciana Jury, presenta nuevo disco. También acaba de publicar Costurera carpintero, libro donde reúne todas sus letras, poesía que atenta contra la masculinidad bien entendida.

 Por Paula Jiménez España

La voz de Gabo Ferro hace temblar la tierra, a veces por amor, otras por despecho, otras de furia. Pero no es sólo esa voz, la del cantante. Costurera carpintero, el libro que reúne todas las letras de sus canciones, viene prologado por Diana Bellessi, quien dice de Gabo cosas como éstas: “Como los geniales jugadores de fútbol, podría afirmar que este muchacho alegre y osado tiene un modo feliz de hacerle una gambeta al sentido común, a ese dedo que siempre se levanta para señalar lo que está bien y lo que está mal”. Los ocho discos-libros incluidos aquí dan cuenta de un prolífico recorrido que empezó en el 2004: “Yo sabía que el lugar en el que me plantaba para el tipo de canción que estaba, y estoy haciendo, era atravesado por lo político. Y por mi trabajo, como praxis política y militante, pero por añadidura, no era intencional; mi intención era la canción y lo performativo de la canción. Y lo que yo sabía era que dentro de esa militancia a mí me interesaba la de género, la de clase, la de raza. Y cuando escribí el tema ‘Costurera carpintero’, o ‘El amigo de mi padre’ en el 2004, nadie siquiera podía imaginar el casamiento igualitario. Y a mí me parecía que eran temas de los que tenía que hablar la música. Y además por el interés mío de tocar temas poco visitados”, dice.

Temas casi no visitados por el rock.

–“Costurera carpintero” lo escribí en el 2005, en mi primera gira por EE.UU. Quien me llevaba de una ciudad a la otra me hizo escuchar una canción de Antony and the Johnson donde decía que era un niño y que mañana iba a ser una mujer. Y yo me acuerdo de que me indigné, me enojé muchísimo porque sentía que estábamos en un momento de un abrazo a la totalidad, de quedarnos con lo que se nos antojara. Y escribí en quince minutos una respuesta. Yo lo admiro a Antony, pero me parecía que ese discurso había hecho ya mucho daño, el de ser un niño y mañana ser una mujer.

Pero entonces, ¿qué pensás de las transiciones?

–Yo celebro, dentro de esta militancia, la subjetividad. Y dentro de esas subjetividades hay infinitos posibles y reales. Pero esto era una estructura muy pesada: soy un niño y mañana, cuando pueda, me voy a transformar en una mujer. ¿Qué mujer? ¿Qué niño? La pregunta es ésa en “Costurera carpintero”, y lo bueno del idioma español es que da la posibilidad de un sustantivo con un género y el adjetivo con otro, cosa que en inglés no se puede. La canción dice: niño costurera, niña carpintero. Mi primer disco se llama Canciones que un hombre no debería cantar. Y es eso. Mis primeras inquietudes era mostrarme como un señor con barba que cantaba con un tono inquietante, contratenor, que por momentos parecía una mujer. Y además con mi prehistoria, viniendo del hardcore, con Porco.

¿Ahí hacías esos juegos con la voz también?

–Sí, pero estaba dentro de una estructura de sonido: bombo, guitarra distorsionada, bajo, batería. Y todo a mil por hora. Era el año ’92. Y si bien jugábamos con cierta androginia, teníamos sobre todo esa cosa de pasar de la adolescencia a la juventud en un ambiente donde el eros empujaba y el VIH estaba absolutamente desbocado. Empezábamos con nuestras inquietudes y no sabíamos si nos íbamos a contagiar por un estornudo, la pileta, un beso o el mate. Y a pesar de todo nos era inevitable el estornudo, la pileta, el beso y el mate. Decíamos: lo único que queremos es ver el disco editado y después nos morimos. En esa época era cosa de visitar amigos en el cementerio o en el hospital mucho más que en fiestas. Nuestros Eros y Tánatos terminaron juntos más que en relación con otros adolescentes de otras generaciones.

En tu disco Canciones que un hombre no debería cantar –o más bien la primera de las series de poemas compiladas en este libro–, hay un epígrafe inicial donde contás una historia sobre Edith Piaf que sorprende: cuando se enojó tanto con Jacques Brel por las canciones que cantaba...

–Era súper estructurada y machista. Se enfureció con Brel, se fue de la sala con su noviecito de turno y dijo que la ofendía ver al hombre colocado en un lugar femenino. Y a mí eso me impactó porque me sentía en un juego de espejos, reflejado en eso. ¿Cómo un chico con barba canta cosas así, a los gritos, como una mujer? Un concepto aglutinante de estas canciones es que yo sentía que estaba cantando desde el lugar en que la cultura coloca a la mujer. Con mi imagen de hombre y mi actitud estaba tirando abajo todo eso, que después cuajó en Costurera carpintero.

Y el nombre de ese disco se lo debés a tu discusión con Edith. Te gusta discutir parece, porque después discutiste con Antony...

–A mí me gusta dialogar con las personas que trabajan, sobre todo con las que creen que no hacen militancia política de la canción. Se generaron inquietudes en este camino que fueron germinando y tuve el reconocimiento de gente como Diana. Ella, Marosa di Giorgio, Olga Orozco e Idea Vilariño son mis cuatro madres literarias. Cuando la conocí a Marosa me acarició la cara y Diana me dio esa misma caricia años después, como si fueran la misma persona. Como si las cuatro, mis hadas buenas, estuvieran ahí todo el tiempo soplándome letras. Yo quiero llevar a las letras de las canciones a un lugar de hermanas de la poesía.

También ahí se trata de quebrar los géneros, en este caso literarios...

–Sí. Ahí también derribar los géneros. En las bateas de Musimundo también. En las bateas de EE.UU., cuando se editó mi vinilo aparecía como acid folk. En España como freek folk. Y yo digo, ¿por qué no prenden fuego todos estos géneros? Porque ya no es género, es subgénero de subgénero. Y creo que ése es un interés del posmodernismo y del capitalismo de tratar de poner en compartimentos estancos definiciones que funcionan como sedantes.

No hay que abarcar la complejidad cuando proliferan las definiciones...

–Exactamente. Y por eso lo mejor que puede pasar es escaparnos de las definiciones. Yo lo hago naturalmente. No me interesa que mis canciones tranquilicen a nadie, sino más bien que hagan entrar en crisis.

Tu disco Amar, temer y partir, es tremendo y guarda mucha tensión. En una entrevista a Soy dijiste que después de una experiencia traumática en pareja no habías perdido la confianza. ¿Cómo se hace eso? Porque vos hablaste en ese momento de una “arquitectura de la mentira” de parte de quien fue tu pareja. Suena fuerte...

–Aquél fue un diseño para el mal, para la mentira. Creo que uno pone lo que es. Yo soy un tipo en el que se puede confiar y tengo que devolver esa confianza y confío plenamente en la gente. No soy un zonzo, pero parto de la confianza. Es así de simple. Lo que pasa es que los malos tienen mucha prensa. Aparte hay como una picaresca de las relaciones y la verdad que para mí el amor es el lugar de lo plácido, es el lugar de la violencia también, pero de la violencia que te empuja hacia adelante. Ese es mi disco más rabioso. Y tiene muchos ruidos.

¿Y tardaste mucho en escribir esas canciones o tuviste una respuesta inmediata al shock emocional?

–No, fue rapidísimo. Y me gusta eso de la inmediatez, casi de ready made. Mi disco con Luciana Jury tiene esa cosa también de retirarnos al sur y encontrarnos con la naturaleza salvaje. Nos encerramos una semana y salió un disco que tiene todo eso. Yo hago que prevalezca la verdad del registro. No me interesan tanto los arreglos musicales. A veces rinden, a veces no...

¿Y cómo se dio esta dupla con Luciana?

–Cuando la conocí me enamoré. Trabajaba su voz y su interpretación desde un origen igual al mío. Un lugar milenario, perdido, en una voz que no nos pertenece, en algo como de un choque y está tan vivo. Eramos parientes en algún lado. Y fue genial el trabajo de género. De hecho, cuando produje el disco la imaginé en el lugar clásico de lo masculino. Y yo canto y digo: y como hombre yo puedo ser sol, y ella dice: y como mujer yo puedo ser sola. Yo la puse en el lugar de cantar las cosas medias y graves, las más poderosas, y a mí en las más delicadas y agudas. A este disco lo descubrió Carlos Saura y grabamos un tema para una película suya.

¿Cómo fue la idea de publicar el libro con todas las letras de tus canciones?

–Entré para hablar con la editora de los dos ensayos históricos que escribí y estaba Guido Indij y me propuso esta publicación en una colección que empezó con Guitarra negra de Spinetta. ¿Cómo negarme? Yo era reacio porque para mí la canción es un bello monstruo de dos cabezas; era reacio a la escisión entre la música y la letra, pero accedí. Y después llegó el acompañamiento de Diana y la presentación del libro, con toda esa bienvenida al mundo literario de la poesía.

Gabo Ferro presenta El veneno de los milagros, el disco que grabó junto a Luciana Jury. Sábado a las 21, ND/Teatro, Paraguay 918.

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Imagen: Sebastián Freire
 
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