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Viernes, 20 de febrero de 2015

El grito en el cielo

¿Qué es lo que alarma tanto? ¿El ejercicio de la prostitución, la exhibición de la prostitución o la existencia transexual? Aunque el sentido común tienda a desconocerlo, nuestro país es abolicionista, lo que significa que el Estado (la policía, por ejemplo) no debe ni puede perseguir a quien ejerce la prostitución, sino que debe ocuparse de las condiciones y factores que la convierten en destino para un sector de la población. Las activistas trans Marlene Wayar y Claudia Vázquez Haro analizan el estado de la cuestión aquí y ahora y revelan muchos entretelones de la vida en la calle que la ciudadanía debería conocer antes de alarmarse. El diálogo, la posibilidad de que la misma población trans pueda enunciar sus reclamos, tiene una resonancia más potente que el grito en el cielo.

 Por Gabriela Cabezón Cámara

Otra vez, ahora en La Plata: en las calles 1 y 64 , los “vecinos” –ese constructo teórico que sirve para oponer a la gente “de bien” con todo el resto de la sociedad– pusieron reflectores y alarmas para alejar a las travestis. Dicen que gritan, que venden drogas. Que las denuncian y la policía “no hace nada”. No es cierto. Y, si lo fuera, la policía estaría actuando ajustada a la ley. No está prohibida la prostitución: el país es abolicionista y, de toda la cadena de la prostitución, el único sujeto jurídico al que se propone proteger es a la prostituta. La solución, ahora, en La Plata, pasa por un convenio de reubicación que el colectivo travesti firmó con el municipio. Pero que las autoridades no cumplieron.

De esto, el abolicionismo como meta, la realidad que arroja a la prostitución a miles de mujeres trans y los modos de organización posibles, hablamos con Marlene Wayar, legendaria militante travesti que fue prostituta, y con Claudia Vázquez Haro, que nunca ejerció la prostitución pero es militante también, dirigente de Otrans, la organización que nuclea a más de 200 travestis migrantes en La Plata.

La charla arrancó con el relato de Marlene sobre su experiencia. Cayó en la prostitución, primero, por una cuestión identitaria: el 95 por ciento del colectivo travesti es prostituta. Y, luego, por una cuestión pragmática: se dio cuenta de que era imposible conseguir el trabajo de profesora a la que la habilitaba su título. Marlene la cerró así:

“Cuando se habla de transfobia pienso ‘ojalá hubiera transfobia’: la sociedad no nos tiene miedo, nos odia. Para que podamos estar mejor las prostitutas es necesaria una mesa de diálogo. No se puede perseguir a la prostituta, va contra la ley. ¿Qué hacés cuando tenés una prostituta en la vereda? O le das trabajo o nos ponemos a charlar de cuáles serían los espacios y en qué condiciones. Hay que pensar mejor y con más calma las soluciones posibles. Necesitamos un minuto de paz, no tener a la policía encima para poder sentarnos a pensar. Creo que vamos a llegar al consenso de que no podemos procesar esto de que nos consideremos trabajadoras; es un paradigma de muy baja estima porque cuando yo me autofundo como trabajadora le estoy dando la autoridad a otro para que sea dueño, eso supone un proxeneta”.

Claudia, por su parte, cuenta sus experiencias de su militancia en La Plata:

“Otrans se creó hace dos años. Desde entonces la policía ha sido terrible. Hicimos tres marchas, esta semana hacemos otra, y terminamos con un acuerdo de reubicación porque ponían un patrullero enfrente todo el tiempo, los clientes huían y las chicas no tienen otros ingresos que los que genera la prostitución. Yo soy abolicionista desde mi ideología pero hay una cuestión real que es territorial, y cuando asumí la presidencia de Otrans anuncié que no iba a tomar ninguna decisión que no fuera la de la mayoría. Porque nunca me encontré en estado de prostitución; el cambio lo terminé de hacer en la Argentina a los 26 años y siempre tuve claro que quería ser lo que soy, comunicadora y docente en la universidad. Se presenta todo como una lucha entre abolicionista y no, y no es tan sencillo: no concibo a la prostitución como un trabajo pero no quiero invalidar los procesos de otras compañeras, aunque no sé hasta qué punto lo ven como un trabajo o no han podido hacer una reflexión crítica de esa imposición de los Estados y los mercados. En lo concreto, nosotras negociamos una reubicación pero fuimos por un paraguas mayor, por un compromiso del municipio o de la provincia para que no se vulneren los derechos humanos.

¿Quiénes conforman Otrans?

Claudia: En Otrans somos más de 200; el 75 por ciento de las prostitutas trans son migrantes porque las argentinas, con esto del DNI, ya lograron encontrar trabajos o sus familiares les alquilan un departamento y trabajan en su casa, cosa que las migrantes no pueden porque no reúnen los requisitos para alquilar. Para intentar una solución hay que tomar una decisión política. En un momento de la negociación por la reubicación charlamos con la gente de dos colegios, el Albert Thomas y Nuestra Señora del Valle. Nos dimos cuenta de que el problema no es la prostitución: el problema es nuestra existencia como personas trans. Las que estábamos en la mesa de discusión éramos Cristina Eva, que es docente en una escuela, tres referentes de las diversas zonas y yo. Cuando empezó el diálogo lo primero que me dijeron fue: “Para mí no sos una mujer” y así siguieron, sus discursos eran discriminatorios, llenos de prejuicios; las chicas trabajan hace años en las puertas de esos colegios.

Y obviamente no coinciden en los horarios.

C.: En absoluto. Y lo que nosotras queremos es que la policía no esté levantando a las chicas todos los días. No estamos definiendo si la prostitución es o no un trabajo. Primero porque como grupo esa discusión no la hemos dado, segundo porque Argentina es abolicionista. Lo que sí tiene que hacerse es no perseguir a las compañeras y permitir que consigan el dinero para poder subsistir. El acuerdo de reubicación contempla que haya luz, una policía que no las persiga sino que las cuide.

Marlene, ¿creés que la prostitución podría reglamentarse de algún modo?

Marlene: Soy claramente abolicionista. Pero esta palabra en el común de la gente se presta a confusión. Es un concepto jurídico y significa no abolir a la prostituta ni abolir de forma activa la prostitución. Pero es una condición profundamente arraigada socialmente y se necesita algo más que una ley o una intención para lograrlo.

¿Qué significa ser abolicionista?

M.: Son tres los ordenamientos jurídicos en el mundo. El abolicionismo dice que el país va a intentar con políticas públicas hacer que las personas no caigan en estado de prostitución: no la penaliza sino que la entiende como un ejercicio de subsistencia, que al no estar penado no puede estar prohibido. Y establece que el Estado va a perseguir penalmente a quienes exploten la prostitución ajena. Luego está el reglamentarismo, que dice que es un trabajo y que hay que reglamentarlo, y el prohibicionismo, que claramente dice que no va a haber prostitución. Yo me atengo al compromiso de nuestro país de trabajar en políticas públicas que hagan que la gente no caiga en la miseria, que llegue a estar en situación de prostitución. Esto nunca se hizo en Argentina. Sólo se ha dicho que se persigue el proxenetismo y nunca o rara vez hay un proxeneta preso. Antes, en los ’90, era peor; allanaban un prostíbulo y veíamos en Crónica desfilar a las chicas al patrullero cuando es anticonstitucional detenerlas. Y éste ha sido siempre el blanco predilecto de la policía, de la Justicia, de los medios de comunicación y de la sociedad. El problema es que ha existido esta práctica mafiosa del Estado, darnos como coto de caza, transformarnos en la caja chica de la policía. Cuando surge la pregunta de si esto puede ser considerado un trabajo pongo un parate: esta discusión podría darse en condiciones de equidad; si estuviéramos en una sociedad justa podríamos decir “quienes quieren ejercer la prostitución lo eligen libremente, fantástico, dialoguemos”. Pero en el estado de cosas actuales no podemos dar esta discusión. No estoy diciendo que le voy a tirar la goma a mi profesor porque me va a venir bien para ir a la Sorbona. Estamos hablando de sánguches y de la subsistencia diaria, son condiciones desesperadas. Hay que ir a lo concreto, pensar cómo buscamos un consenso social en el que, hasta que podamos salir de la situación de prostitución, se den las condiciones que nos permitan ejercer con las mínimas condiciones de seguridad. Nosotras como prostitutas, puedo considerarme una en tanto nuestro colectivo está en un 95 por ciento en esa situación, lo primero que tenemos que hacer es generar una mesa de diálogo válida y que sea no sólo operativa sino realmente fundante, que deje sentadas bases legítimas y legales que sean respetadas.

¿Por qué cuesta tanto que se produzca ese diálogo?

M.: A la gente no le molesta la prostitución, hay una demanda enorme de ese servicio; lo que molesta es cómo se ejerce la prostitución. En su raíz etimológica, prostituir es mostrar para vender. Y eso es lo que hace la prostituta: va a un lugar y se para abierta a que la compren. No tiene bocinas para tocar, no tiene drogas para vender; el que grita, el que toca bocina, el que vende drogas, todo lo que podamos pensar, es otro. Y se la culpa a la prostituta. Siempre nos culpan. Y no nos escuchan: hemos visto caer comisarios por estar en connivencia con casinos clandestinos, con el Servicio Penitenciario para permitir que los presos salgan y roben para ellos. Los hemos visto caer por eso cuando eran los mismos que habíamos denunciado por tremendos abusos, delitos concretos contra nosotras; pero nuestra voz no está igualmente valorada en el ámbito jurídico. Entonces tenemos que poner en juicio a los ordenamientos jurídicos que pretenden ordenar nuestra vida. Claro que el más humanitario es el abolicionismo, que pretende proteger a la persona que está en situación de prostitución. Entonces no vamos a dar la discusión de si la prostitución es o no trabajo, pero hay que ser realista, entiendo la desesperación de las compañeras perseguidas por la policía. Se llega al asesinato, como en el caso de Sandra Cabrera en Rosario, que –al revelar toda una mafia entre la policía, los prostituyentes y los proxenetas– fue asesinada por la policía.

Entonces, sacarse a la policía de encima es la primera de esas condiciones de mínima seguridad.

M.: Sí. Para poder sentarnos a pensar un tipo de ordenamiento consensuado. Ninguna de nosotras, y muchas de mis compañeras son muy cristianas, santurronas, quiere estar frente a un jardín de infantes prostituyéndose. A todas nos da vergüenza en algún punto. Es horrible cuando sale el sol y la gente empieza a pasar yendo a sus trabajos y nosotras medio en pelotas; cuando te sucede eso es porque venís muy mal, recién te largaron de la comisaría y necesitás diez pesos para viajar en colectivo: es una actitud desesperada.

C.: Cuando decimos sacar a la policía primero lo que estamos pensando es que cuando la policía organiza razzias con la excusa de la droga, las chicas denuncian que en las comisarías les roban su dinero. Y las chicas no venden droga. Frente a esta problemática, que es compleja, es necesario no sólo la buena voluntad de sentarse a charlar en la Academia, tienen que forjarse cimientos concretos, que se lleven a la práctica. En nuestro caso, cuando discutimos la reubicación, lo que quisimos lograr es sacarnos de encima la violencia policial, la violencia municipal, la de los vecinos. Que no nos roben el dinero. El primer lugar para destrabar el conflicto es sacar a la policía.

Son los que te cobran el impuesto.

M.: Sí, el impuesto a la existencia.

C.: Además no reconocen la Ley de Identidad de Género, somos casi todas migrantes, no tenemos el DNI argentino; te piden dos años de residencia permanente. Hemos acercado al director nacional de Migraciones un pedido para que se reconozca la identidad de género; no estamos pidiendo la residencia permanente en el primer trámite, estamos pidiendo que se respete la identidad autopercibida. Otra cuestión es que, como nuestros trabajos son subterráneos, somos parte de la rueda económica pero prácticamente no hemos podido acceder a los derechos económicos, sociales y culturales; la Ley de Identidad de Género es muy nueva. La prostitución se naturaliza en nuestros cuerpos y mentes de manera que la salida no se consigue sólo con una ley y lo vemos en compañeras que han podido ingresar, por ejemplo, en el municipio de La Plata. Ganan 3 mil pesos, que no alcanza para nada, y además el proceso subjetivo individual y colectivo lleva tiempo; una logró dejar la prostitución pero tuvo que conseguir un trabajo más porque con ese sueldo ni el alquiler pagaba. Las otras dos lograron salir sólo dos días de cinco. Es un proceso, un trabajo cotidiano. Cosas mínimas como la posibilidad de ir a una charla en la Cámara de Diputados son un desafío, eran lugares cerrados para nosotras; las compañeras empiezan a empoderarse, a pensar “yo estoy acá ahora pero quiero salir, necesito un trabajo”.

M.: Cuando nosotras hablamos de pobreza y pobreza estructural, el tema puntual de la travestidad lo cambia y complejiza todo. Para nosotras la pobreza es tremendamente simbólica, mucho más que económica; si yo me comparo, no te digo con chicas de 25 pero sí de 45 bien cirugeadas en Palermo, gano una miseria. Pero están todas estas cuestiones simbólicas que hacen a tu dignidad y a tu empoderamiento como sujeto social. Las invitás a una presentación de El Teje en el Centro Cultural Rojas y te dicen que van y no van, se preguntan: “¿Y cómo voy a un centro cultural de la UBA?, ¿qué me pongo?, ¿me tapo las tetas? Las tetas son lo único que tengo, cómo me las voy a tapar. Y cómo hago para ser sexy sin ser puta”; la institucionalidad de cualquier lugar heterosexual impone una cuestión invisible que te excluye.

C.: Nosotras hemos hecho cosas como viajar de a veinte en el colectivo a las dos de la tarde, salir de esos horarios nocturnos, de esas callecitas, esos recovecos. Eso es visibilización.

M.: Nuestra forma de ir conquistando espacios fue, lamentablemente, con el dinero. Era entrar a una perfumería y comprar las marcas más top de maquillaje: la vendedora empezó atendiéndote con miedo de que le robes y en una hora se hizo la venta del día. Y la vez siguiente que vas te sonríe de oreja a oreja. Lo mismo con todo; el que te cobraba la pieza, el policía que te pedía la coima. En esa rueda económica la sociedad empezó a hablar con nosotras y por eso cuando se debatió la Ley de Identidad de Género la oposición fue casi nula, no había argumentos, no podían estar en contra de la dignidad de la persona humana. Finalmente por qué nosotras, las desesperadas en situación de prostitución, no podemos sentarnos a discutir: primero por eso mismo, estamos desesperadas y no tenemos las herramientas, no somos un colectivo que ha podido indagarse a sí mismo desde el marxismo, desde el feminismo, desde donde sea. Pero tenemos que fundar otro ordenamiento porque estamos dejando cristalizada una situación que van a padecer las próximas generaciones. Y hay mucho riesgo para la infancia si livianamente consideramos a la prostitución un trabajo. Suponete que un violador maestro en la primaria viola a una criatura: con el cinismo que los caracteriza puede decir que la nena dijo que cuando sea grande quiere ser prostituta y que él le estaba enseñando el oficio, ¿cuáles serían los límites?

C.: Es el gran interrogante que se les hace a las reglamentaristas. Si es un trabajo, se te puede enseñar desde chico como se hace cuando un nene quiere ser médico, abogado o artista.

M.: Ammar Capital, que es una institución reglamentarista, tiene presentado un proyecto en el que plantea la capacitación en Derecho Laboral Internacional, ¿para qué? Si la prostitución es un trabajo, la capacitación pasa por saber coger. Las chicas de Ammar por los Derechos Humanos, que son abolicionistas, tienen proyectos que contemplan capacitación en electricidad, armado y reparación de motocicletas...

Derecho Laboral Internacional, qué raro, ¿no falta algo en el medio?

M.: A las chicas de Ammar por los Derechos Humanos les puedo decir “armame un velador o arreglame el ciclomotor”, van a saber hacerlo. Ahora a las que dicen sentirse orgullosas de ser prostitutas, bueno, chupame la pija delante del mismo auditorio donde la otra está armando el velador. Te presto mi pija, demostranos lo orgullosa que estás. Elena Reynaga –dirigente de Ammar Capital– habla desde fuera de la prostitución; tiene 60 años y un marido que tiene un par de albergues transitorios, habla desde otro lugar. Algunas personas que hablan de estos temas, creo, lo más factible es que estén viviendo del proxenetismo.

¿Hay muchas reglamentaristas entre las travestis?

M.: La mayoría, en primera instancia, quiere poder prostituirse para poder vivir de algo. Pero no somos trabajadoras: somos una empresa unipersonal, sería esquizofrénico pedirme que me afilie a un sindicato para que me defienda de mí; yo soy la empresa, éste es mi cuerpo. Soy la crítica concreta al marxismo que aún no ha podido combatir la potestad de otros que por herencia son dueños de los medios de producción y de los medios intelectuales y por eso nosotros tenemos que vender nuestra capacidad de trabajo, porque dicen que les pertenece a ellos. Bueno, ¿con qué legitimidad les pertenece a ellos? En la prostitución claramente no les pertenece, no hay nadie que pueda decidir por mí, por mi cuerpo.

No te podés afiliar a un sindicato; pero necesitás tener acceso a crédito, a vivienda, ¿cómo hacés si sos prostituta?

M.: Como cámara empresaria. Reglamentando en una mesa bipartita con el Estado de qué manera se realiza nuestra labor.

C.: Como autónomo.

¿Podrían formar un colegio, algo así como una asociación de profesionales autónomas?

M.: Sí.

¿Pero eso no sería reglamentarista?

M.: Sí, pero ordena, porque si no pasa todo lo que te estamos contando. Decime si 70 chicas no podrían juntar plata para alquilarse un hotel transitorio. Y que el cliente pague una entrada. Y que no pueda trabajar nadie que no haya sido prostituta; tengo 60, bueno, soy recepcionista. Y quedás completamente libre de cualquier clase de proxenetismo.

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Claudia Vázquez Haro
Imagen: Sebastián Freire
 
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