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Viernes, 13 de marzo de 2015

ENTREVISTA EXCLUSIVA > ANNIE SPRINKLE - BETH STEPHENS

POR el ambiente

La conciencia ecológica crece en múltiples direcciones, desde la economía sustentable a acciones concretas contra intervenciones letales sobre el medio ambiente. ¿Tiene lo verde, además, una conexión con las luchas lgbti y viceversa? Mientras por estas tierras Ilse Fuskova responde que la supervivencia es el punto de contacto, en el más allá, Annie Sprinkle y su esposa, Beth Stephens, enredadas en una genealogía de amantes por y de la naturaleza, son precursoras de una alianza queer entre disidencia sexual, sentido del humor y cuidado del planeta.

 Por Dolores Curia

“¿Qué vincula el movimiento lgbti con la ecología? ¡La supervivencia! La ecología tiene que ver con la posible sobrevivencia humana”, se pregunta y se responde Ilse Fuskova, la primera consultada para dar marco a una entrevista sobre el tema y quien hace por lo menos tres años está muy ligada la ONG Conciencia Solidaria. Y Wanda Rzonscinsky, militante queerfeminista y docente de alimentación vegana, agrega: “Tanto el ecologismo como la teoría queer se pueden entender como formas de cuestionar la apropiación y cosificación de la naturaleza para perpetuar las opresiones presentándolas como atemporales. Son herramientas para desmantelar la falacia de lo que es y lo que no es natural. La cuestión no es estar a favor o en contra de ‘lo natural’, sino entender que lo que se nos presenta como natural es una construcción”.

Diversión y diversidad

Entre todas las voces que tienen algo para sumar a la trama entre diversidad y ecología, hay una que resalta tal vez por su extravagancia. Es la de Annie Sprinkle, doctora en Sexología, femme fatale, ex trabajadora sexual, fetichista de los sombreros con plumas, precursora del posporno y del porno gonzo. Después de participar en películas de directorxs de culto como Monica Treut, filmar un docuporno con un compañero intersex –Les Nichols–, enseñar “medisturb” –meditación y masturbación simultáneas–, desde mediados del 2000 Annie se ha vuelto green en sus propios términos. Desde los alrededores del Parque Nacional Redwood, junto a su esposa Beth Stephens –butch y académica con la que se casó en 2007 en Canadá– se proclaman creadoras del término “ecosexualidad” que, según dicen, debe leerse con más humorismo que activismo. Ecosexual se hace; son pequeños actos cotidianos como regar la entrepierna de tu pareja para que florezcan mil selvas, frotarse contra un árbol, contraer matrimonio con algún elemento natural, bañarse en compost, tener charlas eróticas con las plantas, hacer un striptease para un lago hasta ser arrestadx. Puede involucrar land art, stencils –con aerosoles pro capa de ozono, por supuesto– y mucho de teatralidad kitsch. El interés de Annie y Beth en el ambientalistalismo es una extensión de sus trabajos anteriores como performers, “que se enfocaban en quién tiene derecho a amar y qué tipos de amor son ‘aceptables’. La ecosexualidad revisa la construcción del medioambiente en relación con lo que es y lo que no es humano”.

¿A qué se refieren cuando hablan de erotizar la relación con la Tierra?

Annie Sprinkle: Es obviamente una metáfora, pero se trata de crear una relación más recíproca, que implique placer y cuidados mutuos. Ser ecosexual es tratar de ser buenas amantes para la Tierra, reciclando, preocupándonos por el agua, hablando sobre las especies en peligro de extinción. También tenemos una experiencia amplificada del sexo y los placeres sensuales de la naturaleza. Si estamos caminando en el viento, lo erotizamos. Cuando respiramos, sentimos que estamos siendo penetradas por ese aire. Bajo el sol, nos imaginamos penetradas por sus rayos. No limitamos nuestras fantasías o experiencias sexuales a las personas.

¿Pero es una identidad?

A. S.: Muchas personas se están refiriendo a sí mismas como ecosexuales, internacionalmente. Estamos desarrollando arte y teoría ecosexual y los usamos como estrategia para luchar contra la codicia de las corporaciones y la violación de la Tierra. Es un sentimiento, una noción. Para mí, significa salir de mi casa en las montañas, que por cierto California es muy propicia para eso, y notar la naturaleza. Oler el mar. Cuando como vegetales noto que estoy comiendo algo vivo. Veo sexo en todos lados en la naturaleza, formas de vulvas en los árboles y en las nubes.

¿Hasta qué punto hay parodia en esto que plantean?

Beth Stephens: Cada persona tiene una definición diferente sobre la ecosexualidad. Nosotras somos artistas, entonces hacemos proyectos artísticos ecosexuales. Nos inspiramos en el Movimiento Fluxus de los ’60, que tenía mucho humor. El humor ayuda a lidiar con las crisis ambientales que afrontamos. Tratamos de darle una impronta queer al movimiento ambientalista, hacerlo más sexy, divertido, amplio.

¿Qué tan queer es el movimiento ecosexual?

B. S: Hay todo tipo de gente. Nosotras creamos nuestra propia versión. Usamos estrategias queer para promover mensajes sexo-positivos, estéticas punk. Queremos reclutar comunidades que no suelen involucrarse en cuestiones ambientales, drag queens, trabajadores sexuales.

A. E.: Estamos fuera del binarismo. Pensamos que la naturaleza es queer. La Tierra está más allá del género. Como somos parte de la Tierra, no estamos separados, todo acto sexual es en realidad ecosexual. Habiendo dicho esto, alguien puede preferir tener sexo humano con una persona del sexo opuesto. Pero el ecosexo está mucho más allá de los dos géneros.

Han hablado de una salida del closet ecosexual, ¿qué es eso?

A. E.: El acto de asumirse ecosexual. No hay una práctica asociada. Del mismo modo en que podés ser bisexual y tener sexo con un solo género. Lo lindo de ser ecosexual es que es algo que podés agregar a cualquier otra identidad que ya tengas. Podés ser heterosexual y ecosexual, asexual y ecosexual. Sólo tenés que disfrutar de la naturaleza. Mucho de esto lo vemos en los talleres de ecosexo que damos.

¿Qué enseñan en esos talleres?

A. E.: El ecosexo puede ser muy inocente o puede ser lascivo. Puede tener cualquier impronta que se le quiera dar. Lo que la gente elige hacer en los talleres refleja sus intereses. Si son lascivos, tal vez quieran atarse con un árbol. Atención: no atarse a él. ¡Hay diferencia! Incentivamos a la gente a usar sus sentidos, olfato, tacto, gusto, para disfrutar eróticamente de la naturaleza.

B. E.: Usamos mucho la imaginación. ¿Hay vínculos con el BDSM? Sí, si eso es lo que le gusta a la persona que está teniendo ecosexo. Si la persona prefiere conexiones puramente sensuales o románticas con la naturaleza, tampoco la vamos a echar (risas).

Han sido varias veces acusadas de new age, ¿qué responden a eso?

A. E.: No me lo tomo como acusación. Yo definitivamente era una persona new age. Beth nunca lo fue. El New Age me ayudó a atravesar la crisis del sida. Hoy me identifico más con una estética punk-queer. Beth, también. Definitivamente hay personas new age haciendo cosas relacionadas con el ecosexo, a su manera. Hay todo tipo de ecosexuales, con todo tipo de contextos y preferencias, así como hay todo tipo de homosexuales o todo tipo de asexuales.

¿Y cuáles son los prejuicios más comunes de los activistas queer hacia lo ecológico?

A. E.: Muchas personas lgbtqi están muy ocupadas en conseguir derechos. Es comprensible que eso no deje tiempo para lo ambiental. Eso explica que la película ambientalista que estrenamos este año –Goodbye Gauley Mountain (www.goodbyegauleymountain.org)– sea la primera en su especie. Nadie puede pensar en ninguna otra, incluyendo académicos y cineastas especializados.

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