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Viernes, 13 de marzo de 2015

ENTREVISTA EXCLUSIVA > ANNIE SPRINKLE - BETH STEPHENS

Por la no discriminación de una especie a otra

conciencia animal

En el libro La cerda punk. Ensayos desde un feminismo gordo, lésbiko, antikapitalista y antipecista, constanzx alvarez castillo –chilena y artífice de un nombre que pide ser leído con minúsculas– cruza especismo, gordofobia y heteronorma y distingue como denominador común las jerarquías. Las nuevas generaciones de ecofeministas atravesadas por la teoría queer –dice constanzx– reciclan a Simone de Beauvoir “para contestar los argumentos evolucionistas que pretenden justificar la explotación de otres animales” como ‘en la selva todxs se comen entre sí’”. “No se nace humano, se llega a serlo”, dice constanzx y enmarca la teoría con primeras personas: “Como gordas y mujeres estamos acostumbradas a ser comparadas con animales, como si lo animalesco se tratara de una categoría negativa. ‘Chancha culia’ o ‘chancha asquerosa’ son insultos que desde pequeña se han convertido en parte de mi imaginario”.

Para Río Castro, que asiste a manifestaciones de Igualdad Animal, protestas contra la tauromaquia allá en La Coruña, donde vive, y trabaja en refugios de animales provenientes de explotaciones ganaderas, “el activismo lgbti y el antiespecista son dos caras de una misma moneda. El antiespecismo promueve la no discriminación basada en la especie de pertenencia. Y el lgtb promueve la no discriminación basada en la orientación sexual e identidad de género. Ambos promueven la empatía y la solidaridad. Pero eso no los vuelve panaceas.” El cisexismo y la transfobia florecen también dentro de cierto activismo verde. Un ejemplo es Lierre Keith –cofundadora de Deep Green y autora de El Mito Vegetariano–, mundialmente conocida, y repudiada por asegurar que la transexualidad va en contra de los valores centrales del ecologismo. Dice Keith: “Si no es posible que pueda ser una persona rica nacida en el cuerpo de una persona pobre, entonces tampoco puedo ser una mujer nacida en el cuerpo de un hombre. El género es social pero hay límites”.

Las solidaridades entre activismo verde y queer existen, pero no por eso fluyen de modo natural. Annie Sprinkle es una de lxs tantxs que trabajan para destrabar esos nudos: “Son muchos los prejuicios de activistas ambientalistas hacia la ecosexualidad. Son bastante conservadores y están dirigidos por varones blancos. Después hay organizaciones como Rain Forest Action, más modernos y ‘a la moda’. Pero también suelen ponerse nerviosos cuando les hablás de sexo. Está Earth First, tal vez el grupo más radical. En EE.UU. el gobierno los considera ‘ecoterroristas’. Hacen cosas impresionantes, desde vomitar en un shopping hasta poner bombas. Pero tampoco están interesados en la sexualidad. Por eso nuestro trabajo es una apertura para las comunidades queer a sentirse cómodxs metiéndose en cuestiones ambientales. Hay ecologistas que quieren ‘causar una buena impresión e integrarse con los locales’. Nosotras llamamos la atención porque somos drag queens, trabajadoras sexuales, artistas”.

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