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Viernes, 20 de marzo de 2015

Territorios en disputa

Un tribunal alemán condenó a familiares homófobos de un joven gay, entre otras cosas, por intentar llevarlo al Líbano y casarlo a la fuerza con una mujer. Algunas alertas sobre las relaciones bestiales entre el “moderno” Occidente y el “monstruo” oriental.

 Por Flavio Rapisardi

Discutir el relativismo es tan aburrido como improductivo, cuando no cínico. ¡Andá a explicarle al joven gay de familia musulmana Nasser El-Ahmad que la tortura de sus tíos ahora condenados por un tribunal alemán es una cuestión de lo que una comunidad sanciona como bueno! El permanente tic tac neuronal que produce papers y el ruido de goznes oxidados cada vez que hay que poner en marcha una política pública siempre, por suerte y necesidad, está detrás de la experiencia que esta vez nos llega en la frase de Nasser: “Este capítulo de mi vida ha quedado atrás y comienza una nueva vida para mí. No quiero reprimir mi sexualidad. Con mis padres tuve que hacerlo porque iba en contra de su honor. Mancillé su honor. Yo no soy alguien que se esconda”. Honores en disputa: no solo género y sexualidades, sino también esa complejidad de la que muy bien nos alerta Raúl Zaffaroni en su libro El enemigo en el derecho penal: estamos en tiempos de ser cada vez más atentos y responsables de nuestras acciones en un marco de proliferación. Que un tribunal occidental (el alemán, que en este caso que nadie puede desenmarañar del dispositivo mayor en el que se inscribe y que incluye a la Angela y sus banquer*s que rapiñan Europa toda) condene por torturas a familiares puede leerse como crítica a UNA práctica del Islam (no sólo hay hermenéutica judía y cristiana). Esta posibilidad de lectura diversa no es anoticiada por la doctrina de la “human security” a la que Alemania —y me atrevo a decir sin dudarlo los jueces de este tribunal aplauden de pie— utiliza en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas para invadir países en nombre de las mujeres y otras marcas de la diferencia. Nasser está haciendo un derecho de lo que Ernesto Laclau reflexionó contra los comunitaristas y otros voceros del “buen vivir”: la “desafiliación” de unos valores que a Nasser no lo dejaban gozar a gusto y piacere o enamorarse de otro, musulmán quizá, no tengo el gusto de conocerlo, ya que él reconoce en su contundente frase que mancilló el honor de su familia. Esto no me deja dudas si una de sus hermanas quisiera abortar: Nasser podría negarse en nombre de su religión. Aplaudo de pie que un tribunal penalice torturas (ojalá tuvieran la misma celeridad cada vez que grupos neonazis alemanes queman casas de turcos), pero la decisión del Poder Judicial alemán me produce no sólo alegría, sino también una zona de preguntas y alertas: la “desafiliación” de Nasser de sus prácticas afectivo-eróticas es sólo un trazo de una marca de este joven que podría ser actor de Homeland, y por lo tanto blanco de un bombardeo de drones gringos o europeos. La sexualidad siempre está sobredeterminada, es decir, recontracondicionada y marcada por otros discursos culturales, que la decisión del tribunal alemán y el logro de Nasser no debe obliterar: esperemos que Nasser y nosotr*s podamos leer esta condena como un derecho que asiste una necesidad pero que no se extienda con inducción falsa a justificaciones que la propia víctima en este caso todavía no cuestiona en la figura de una honorabilidad mancillada.

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