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Viernes, 24 de abril de 2015

FAMILIA ANIMAL

Gabriela Bejerman y Felipe

el gato perro

 Por Sebastián Freire

Quisiera escribir como Felipe, el gato que me eligió. Quisiera escribir de la misma forma en que se mueve, en que percibe las cosas, el mundo. Pero, ¿qué será el mundo para él? La historia de su llegada es muy linda. Yo me había separado definitivamente de un amor intenso, enfermo y desesperado. Recibí el último shock, el último dolor que ese supuesto “amor” podía darme. Y entonces decidí que iba a tener un animal: un gato. A la semana de esa decisión escuché un maullido en la puerta de mi departamento. Abrí y estaba él, que entró lo más campante. Estaba cascoteado, le faltaban unos pedacitos de oreja y tenía huecos de pelo en la pata. No me gustó, no fue “amor a primera vista”. Es más, le cerré la puerta en la cara. Lo escuché insistir del otro lado, hasta que se alejó. Entonces recordé que hacía poco, al volver de vacaciones, había encontrado huellas de gato en el sillón blanco, y una noche una gata gorda salió del ropero, donde había planeado tener cría. Yo cerré la ventana por la que había salido, llovía a cántaros... Ahora me sentía culpable. No podía negarle alojamiento por segunda vez a alguien de su especie. Entonces dije en voz alta: “Si querés, volvé”. Era una promesa, porque en caso de que lo hiciera, yo iba a adoptarlo. Al ratito lo escuché: miau, miau... No sé cómo me vino el nombre cuando hablaba por teléfono con mi mamá para contarle de su llegada, “¿y cómo le pongo, Felipe?”

Mis amigos dicen que es gato-perro. Me viene a recibir cuando llego y también recibe y despide a los participantes de los talleres. Es más, cuando se va haciendo la hora de terminar la clase, se despereza en su almohadón como diciendo: chicos, vayan yendo...

En este momento está acostado con las patas para arriba haciendo lo que un amigo denomina: “mostrar el peluche”. Me acuerdo que dijo: “Qué lindo es cuando te muestran el peluche”; empecé a considerarlo un amigo más inteligente a partir de esa apreciación. (...) Piensan que es hembra porque tiene collar rosa. Se detienen a hacerle unos mimos que él acepta con más facilidad estando en la calle que en su domicilio, mi departamento. ¿Por qué será? Sentirá que él decide con más libertad, que elige recibir esos mimos de manos desconocidas, de gente que pronto desaparecerá y que no va a intentar agarrarlo para prolongar el mimo más allá de su deseo.

Este texto es un fragmento de “Imposible escribir como un gato”, publicado en Heroína, Mansalva, 2014.

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