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Viernes, 22 de mayo de 2015

Hecho a manos

Se acaba de estrenar un documental que recupera la figura legendaria de Sarah Bianchi, la artista, maestra y titiritera que, junto a su compañera de toda la vida, Mane Bernardo, abrió rumbos en el arte del teatro de objetos, en tiempos en que las mujeres, como los títeres, no tenían mucha vida propia. Manos mágicas, potencia creadora en sociedad, las pioneras crearon, entre otros rumbos, los títeres de manos desnudas, esencia y vanguardia de la imaginación para niños y niñas.

 Por Gabriela Cabezón Cámara

El pelo plateado, la nariz fuerte, los pómulos pronunciados, las manos grandes y el cuerpo flaquito, con la espalda un poco doblada: ella misma parecía un títere cuando iba y venía desde su Museo del Títere ahí en Piedras y Estados Unidos, una esquina de San Telmo surcada en 2004 por innumerables colectivos que, con su mínima figura portando un cartelito que decía “Parar”, lograba detener cuando llegaban los chicos a ver sus obras. Lo primero que dice es: “¿Te imaginás todas las cosas que uno ha hecho en 60 años? A veces cosas que uno ni se acuerda, te olvidás. Porque son 60 años continuos, no es que vos decís este año hago uno y dentro de cinco hago otro. No: todo, todo, todo, seguido, seguido, seguido”. Y enseguida estalla el tango “Marioneta”, que compusieron en 1928 Tagini y Guichandut y tiene ese tono popular y festivo que Alberto Castillo encarnó mejor que nadie. “¡Arriba, doña Rosa!... / ¡Don Pánfilo, ligero!... / Y aquel titiritero / de voz aguardentosa / nos daba la función. //Tus ojos se extasiaban: / aquellas marionetas / saltaban y bailaban, / prendiendo en tu alma inquieta / la cálida emoción...”

La de los sesenta años todos seguidos es Sarah Bianchi, quien, siempre junto a Mane Bernardo, fue una pionera del teatro de títeres en el país. Habla en Sarah, un documental pequeño y entrañable de Emiliano Romero que se estrenó el martes en la Biblioteca Nacional. La cosa empezó así, Sarah se lo contó a la gente de la Audiovideoteca de Buenos Aires y noso-tros podemos verlo online: “En una exposición colectiva coincidimos con Mane Bernardo. Nuestros cuadros estaban colgados cerca y así nos conocimos. Y a partir de ese momento nos empezamos a dar cuenta de que nos gustaban las mismas cosas. Yo tenía unas ganas terribles de hacer teatro pero no tenía la posibilidad, no tenía dónde hacerlo. Y Mane me dijo: ‘Yo tengo un teatro independiente que se llama La Cortina, ¿querés venir?’ Fui. Por supuesto, no tenían ningún teatro armado ni lugar ni nada, era un grupo de gente joven apasionada del teatro que para poder ensayar una obra alquilaba el subsuelo de algún café por Avenida de Mayo. Y ahí abajo, poniendo moneditas cada uno, ensayábamos. Así me uní a Mane Bernardo”. Al poco tiempo, Mane la invitó a ser parte de su grupo de títeres: en 1936 había creado el Teatro Nacional de Títeres en el Teatro Cervantes. Funcionaba en la cocina de lo que había sido el departamento de María Guerrero, la fundadora del Cervantes en 1921, apenas un año antes de que naciera Sarah. Había mucho recién empezado en 1944. Y así arrancaron ellas, gracias a que alguien colgó sus cuadros cerca.

Nosotros y las manos

En el documental, Sarah usa la primera persona cuando habla de su vida. Como casi todos, sí, pero en su caso con un matiz: a veces lo hace en singular, a veces en plural y, en estos casos, con un curioso “nosotros” para referirse a ella misma y Mane Bernardo, su “maestra, amiga y compañera de ruta de siempre” con quien formó “una pareja en el más amplio sentido de la palabra”. Pero en el documental ya hacía trece años de que había muerto Mane y Sarah está sola. En una de las escenas más hermosas, su soledad es total a la hora de acomodar las sillitas de la sala para los chicos: son de plástico, son dos filas formadas de a tres con un pasillo en el medio y se alternan una hilera verde y otra azul entre las paredes más o menos blancas y el telón rojo del fondo. Ella se toma su tiempo, era una mujer octogenaria, y la película también se demora en la escena. Hasta que la señora termina de acomodar las últimas sillas, las blancas altas de los adultos.

“Estoy terminando de montar la de chicos para liberarme de eso y ponerme a trabajar en la de tangos para adultos: tiene trabajo de manos, tiene siluetas, tiene títeres y tiene cosas que se van a ir armando y produciendo ahí”, dice sonriendo, entusiasmada como cualquiera quisiera estar con cada obra que encare de aquí a la eternidad de los 80 y pico, peinadita escrupulosamente, con su camisa bordeaux y el pullover azul que va tener puesto durante buena parte del film y también en la entrevista de la Audiovideoteca. La enumeración de técnicas habla, una vez más, de ella misma y de Mane, de las cosas que inventaron juntas. El teatro de manos, por ejemplo. “Empezamos con el títere de guante, después incursionamos en la marioneta, después hicimos teatro de sombra y después de todo eso empezamos a desnudar la mano y eso sí fue realmente un género creado por nosotros porque no se había hecho nunca, las pantomimas de mano. Eso fue una idea de Mane que dijo ‘¿y si sacamos todo y dejamos la mano? porque es la mano la que está haciendo ver al títere’. La mano empezó a hacer cosas, expresarse en movimientos y situaciones y a transformarse en personaje.” De esa creatividad constante y de la excepcional capacidad de expresar con las manos de Sarah se acuerda Pedro Utrera, hoy parte del Museo del Títere y durante décadas uno de los actores titiriteros más cercanos a ella y Mane; compartieron 25 años de trabajo, arrancó como actor de Mane en el Teatro San Martín y después lo invitó a sumarse como titiritero a su grupo: “Me empezó a enseñar la técnica y eso duró 25 años. Con ellas trabajé haciendo títeres, pantomima de manos y teatro. Eran una máquina de producir, trabajar y trabajar, corregir el error, volver a trabajar sobre el error. Cuando ellas generaron ese espacio de pantomimas de manos, eran horas y horas de trabajo buscando los personajes y la morfología de la manos a ver si daban para el personaje. Era muy arduo y muy feliz porque siempre se aprendía de ellas. Ellas, junto con Villafañe, han sido las generadoras del movimiento titiritero en la Argentina. Ellas han rescatado los primeros pupis sicilianos que llegaron al país con los italianos que se instalaron en la Boca y crearon un teatro de títeres; se quemó el teatro y corrieron a rescatarlos. En el museo tenemos más de 40 piezas de estos pupis. Ellas crearon la técnica de la pantomima de mano, que puede ser narrada, musicalizada o sólo la mano. Ellas decían que el alma del títere estaba en la mano, no importa si era un muñeco de manopla, de varilla, de guante o lo que fuera. Sarah hacía un strip-tease con una sola mano. El personaje era una cabaretera que tenía millones de cosas puestas y se iba desnudando con un tiempo musical: se iba sacando las boas, los collares, los anillos, el guante, una enagua... se prendía una luz negra y ella quedaba con la bombachita solamente. Y con un dedo se la sacaba y quedaba la mano desnuda. Era impresionante”.

Algo de eso se ve en la película de Romero. Y en la de la Audiovideoteca de Buenos Aires que dirigieron Alejandra Correa y Karina Wroblewski: Sarah gesticula mucho con las manos, pero, a diferencia de la mayoría de nosotros, mueve los dedos simultáneamente. Tiene manos curiosamente grandes en relación a su cuerpo. Y está entusiasmada, como si no hubieran pasado esos sesenta años todos, todos, todos, seguidos, seguidos, seguidos. Ni las proezas que realizaron junto a Mane en ese tiempo: recuperarse del de-salojo y el incendio en el que perdieron 80 muñecos en el Teatro Cervantes en 1946, el trabajo constante y muchas veces a salto de mata hasta lograr la formación de un público para los títeres en la década del 50, los problemas con la censura y la prohibición en los ’60 –algunas de sus pantomimas habían puesto de mal humor a los censores de Onganía–, las idas a Europa a trabajar y estudiar, compartir funciones con titiriteros que fueron referentes mundiales (“A Jim Henson –el creador de Los Muppets– lo conocí cuando recién empezaba con la ranita...”, contó en una entrevista gráfica). Y los problemas de supervivencia económica: en los ’70 las echaron “por subversivas” de la enseñanza, en los ’80 paró la olla “pintando paredes en casas de amigos” y fundó, junto con Mane y Javier Villafañe, la Calle de los Títeres, que aún funciona, y, junto a Mane, la del Museo del Títere en 1983, aunque recién tuvo espacio propio en 1996, cuando Mane ya no estaba. Pero era como si estuviera: la sede está en su casa natal, en la que también habían vivido juntas.

La última función

Entusiasmada, entonces, como si fuera su primera obra, le cuenta en la película a Romero las vicisitudes de las que sería su última puesta: “Dije ‘como yo quiero ambientarla en un café, en una cosa así, y por ahí había una película que me había impactado mucho, Bagdad Café, me acordé de la película y de ahí partí a crear una cosa que es una cosa de tangos que he llevado a convivir con los títeres. Hay una cantante de tangos, y un guitarrista”. La obra se llamó “Por qué no Bagdag Café”: no le dejaron ponerle sencillamente Bagdad Café porque así se llamaba la película, le dijeron que tenía que agregarle tres palabras más. Y de ahí salió el título, un poco como la historia de Charly García y su canción “No se va a llamar mi amor”. Sarah también la rockeaba.

Y la rockeó hasta su misma muerte, el 6 de julio de 2010. Tanto, que “Por qué no Bagdag Café” puede no considerarse su última puesta sino la anteúltima. Miren lo que cuenta Utrera: “Trabajábamos tanto, que hasta nos dejó trabajo para el día que se murió. Ella sabía que se iba a morir y nos dejó escrito cómo quería que fuera su velatorio: pidió que comiéramos empanadas, que tomáramos vinito –a todos los que llegaban los mandábamos a tomar vino–, no quiso que la veláramos en un cajón sino en el escenario y seleccionó una cantidad de música que quería que pasáramos. Indicó que a las doce y media o una cada uno se fuera a su casa y que volviéramos al día siguiente. Y nos dejó una carta donde nos decía: ‘De todos mis viajes les conté todas mis aventuras, cómo me fue, cómo estuve: les conté todo. De este, tristemente, no les voy a poder contar’. Nos mató. En el crematorio, quiso que pusiéramos el Réquiem de Mozart: así que tuvimos que buscar un grabador a pilas para ponerla, era muy difícil conseguir un grabador a pilas ya en ese año. Creo que se fue feliz, había cumplido un ciclo, estaba contenta”.

En lo del trabajo constante insisten todos los que la tuvieron cerca. Emiliano Romero, el director del documental, dice: “Lo que más me flasheó de ella es la perseverancia. Nunca tuvo un apoyo muy fuerte. Siempre la peleó, la peleó y la peleó. Hasta último momento la tuvo que pelear, no tenía dinero suficiente para mantener el Museo del Títere y luchaba para mantenerlo –el Museo sigue con esa lucha–. También con su identidad sexual, fíjate cuando dice ‘la que fue mi compañera de ruta de toda la vida y lo sigue siendo’. Hablaba con mucha ternura de Mane, de todo lo que habían hecho juntas, cómo Mane había sido su maestra, cómo habían sido inseparables. Creo que hay un paralelismo fuerte entre ella y María Elena Walsh, como pioneras, como potencia de mujer”.

En la última puesta, la de “Bagdag Café”, se ve cómo trabajaba. Cómo se metía con los actores y titiriteros, intervenía en todo, se metía con alguno de sus títeres en la obra, estiraba su brazo hasta parecer elástica como el inspector Gadget, subía una escalera de esas de obra de construcción hasta un entrepiso para buscar un títere, le tiraba un muñeco en la cabeza al camarógrafo sin distraerse del todo, sin dejar de indicar minuciosamente cada detalle. Se arrinconada al lado del escenario con un mate o fumando sus Virginia Slims porque, es claro, si una llega fumando a los 82 no va a dejar de hacerlo. También aparece elegante, blazer y foulard, siendo homenajeada en el Cervantes. Y en el café Tortoni, donde la presentan en estos términos: “Sarah es profesora de Letras y artista plástica y junto con Mane Bernardo se dedicaron a la adaptación y puesta de clásicos y experimentaron variedad de técnicas del teatro de títeres”. Sarah sube al escenario con Enrique Fischer, Pipo Pescador. Recuerda que es el segundo premio que recibe de sus manos. Y él le pide que cuente cómo quiso que le entregaran el primero en 2002. Al final, entre carcajadas, él cuenta que, pese a haber sufrido recién una operación de cadera, ella pidió que la subieran a un trapecio, la sentaran con el trapecio a telón cerrado, la subieran quince metros en el trapecio de flores y que ella bajara así mientras todos aplaudían. Y así fue.

Lucecita mía

Recibió muchísimos premios y distinciones, unos 37, el último en 2009, en Madrid. Y se mereció cada uno. Todo había empezado con el encuentro fortuito con Mane en la exposición colectiva, ya lo contamos. Pero antes había habido otro comienzo, el de los títeres en el país. En 1933, Federico García Lorca vino a Buenos Aires. Y, era también titiritero el poeta, presentó “El Retablillo” en el Teatro Avenida. Mane se enamoró completamente de los títeres. Y unos años después llegaría Sarah para completar la pasión y hacer de esa pasión de dos una tradición del teatro nacional.

Ana Alvarado, muy reconocida referente del teatro de objetos nacional, cuenta que Sarah y Mane son parte de una tradición de mujeres que venían de la docencia y tomaron el camino de los títeres, como en Brasil lo hizo Ana María Amaral y Mireya Cueto en México. Que se distinguieron por la inserción de las artes plásticas en el mundo del títere, enriqueciendo un mundo que era más sencillo. Que, como también eran investigadoras, lograron formar el Museo del Títere con toda su excepcional colección y su biblioteca. Que hicieron del títere una materia de estudio en el Instituto Vocacional de Arte (ex Labardén). Que formaron gente, hicieron escuelas donde antes no había nada. Que fue completamente singular que hicieran todo eso siendo mujeres en una época en que las mujeres tenían otro rol y los títeres no tenían espacio. Y recuerda una anécdota que habla de esa forma de la fama que es quizá la mayor, la que pierde el nombre del autor: “Estábamos en el Festival de Teatro de Necochea. Ella, risueña, me dijo: ‘siempre que llego a Necochea alguien está haciendo una obra mía. Y nunca recuerdo que me la hayan pedido’. Es que ya lo tomaban casi como repertorio anónimo, como algo de todos”.

Cuando hacía poco que habían empezado a trabajar juntas, en 1946, Sarah creó su primer muñeco para manipularlo ella misma, Lucecita, el único títere que sobrevivió al incendio en el Teatro Cervantes, hoy, una de las estrellas del Museo del Títere. Con ese sólo muñeco vivió hasta sus últimos días en un departamento cercano a la Biblioteca Nacional. Ese muñeco fue también escritor: con él como coautor escribieron con Mane su Cuatro manos y dos manitas y a él le adjudicó la autoría de Lucecita para todos. Autobiografía titiritera y obras de títeres. En la introducción, Sarah presenta así a su alter ego: “¿Quién es Lucecita? El títere que me acompaña hace más de sesenta años. Un personaje al que le permito todo o que, mejor dicho, se permite todo”. ¿Quedó claro? “¡Arriba, doña Rosa!... / ¡Don Pánfilo, ligero!... / Y aquel titiritero / de voz aguardentosa / nos daba la función. //Tus ojos se extasiaban: / aquellas marionetas / saltaban y bailaban, / prendiendo en tu alma inquieta / la cálida emoción...”

Próximas proyecciones de Sarah:
Club Cultural Matienzo (Pringles 1249): miércoles 3 de junio a las 20.30
Bardearte (Constitución 1241, San Fernando): sábado 20 de junio a las 20
Cooperativa Obrera (Zelarrayán 560, Bahía Blanca): jueves 25 de junio a las 19
Ay Carmela. (Balcarce 109): jueves 18 de junio a las 20

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Mane, Lucecita, Sarah
 
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