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Viernes, 22 de mayo de 2015

La voz radiante

Antes de cumplir 18 ya bailaba en el cabaret más famoso de La Habana. Entre las palmeras plásticas de Tropicana, Omara Portuondo fue seducida por glorias como Edith Piaf y María Bethânia. Mucho antes de ser la diva del Buena Vista Social Club, brilló en el swing, se fue de gira con Nat King Cole e integró el Cuarteto Las d’Aida, el primero en hacer del feeling un asunto entre mujeres.

 Por Kado Kostzer

Hay vidas e infancias de artistas que reproducen los clichés de las vidas e infancias de artistas, imaginarios o verdaderos, llevadas a la pantalla. La de Omara Portuondo respeta los tópicos en su camino a la fama. Su madre, blanca como la leche, de rancia alcurnia española. Su padre, beisbolista, negro como el café. La oposición familiar lleva a la pareja a escaparse de sus hogares para unir sus vidas en la rítmica Habana de fines de los ’20. El resultado, un hogar inundado de esas melodías cubanas y tres preciosas niñas café con leche con ambiciones artísticas. La meta: el Tropicana que, según me contaron viejos sabios, no era para tanto, sólo un show para gringos pasados de copas, con talento en el escenario. En 1945 Haydée Portuondo, la mayor de las hermanas, formaba parte del elenco del mítico espectáculo. La casualidad quiso que una de las chicas del coro se accidentara y ahí estaba la quinceañera Omara lista y con los pasos aprendidos para el reemplazo.

A partir de ese debut las hermanas, dotadas también para el canto, formaron un dúo cultivando sus versiones de los clásicos del jazz. Luego, por iniciativa de la pianista Aída Diestro se integraron con Elena Burke y Moraima Secada, para formar el Cuarteto Las d’Aida. El conjunto permaneció una década y media como favorito compartiendo escenarios con tótem locales como Benny Moré, Rosita Fornés y estrellas visitantes como la Piaf. Siguiendo con los lugares comunes del celuloide, Omara decide animarse sola. En el álbum Magia Negra (1959) el jazz y los ritmos cubanos se mezclan iniciando su carrera en solitario.

Ya antes de la escisión provocada por la Revolución los artistas cubanos llevaban sus melodías por el mundo: Los Lecuona Cuban Boys, incomparables showmen; la bomba exótica Chelo Alonso; las incendiarias Mulatas de Fuego. La diáspora había tenido su punto cumbre en los ’40, con el genial Rey del Mambo, Pérez Prado. Con el éxodo nuestro país también se benefició, adoptando a dos representantes: Amelita Vargas y Blanquita Amaro. En mi niñez los shows de Canal 13, dirigidos en su origen por el cubano Goar Mestre, fueron plataforma para los talentos y sobreactuaciones de algunos compatriotas exiliados: Xiomara Alfaro, Machito, Celia Cruz, y más cantantes y músicos autoproclamados embajadores artísticos de una Cuba que ya no existía. Los que se quedaron en la isla –Omara Portuondo, entre ellos– tardíamente en sus carreras salieron al mundo. Su incorporación a la Orquesta Aragón en los ’70 vino acompañada de sus primeras giras por Europa. Estas le abrieron los ojos a la industria disquera, que supo capturar su voz en dos álbumes, Palabras y Desafíos. Es ahí cuando comienza a crearse la leyenda que inspira en 1983 al realizador Fernando Pérez Valdés a producir el documental Omara.

Hoy la octogenaria Omara sigue fiel a su estilo, pero en su actitud hay algo de lo cultivado por Chavela Vargas en su última etapa, cuando enfrentaba a su público adicto como diciendo “¡Admírenme! ¿Verdad que soy genial, una chingona?”. Omara, al igual que algunos de los figurones de la canción, se permite alterar las melodías y letras mientras sus acompañantes las ejecutan tal como fueron compuestas. Sin embargo su hierática máscara de bronce continúa irradiando luz y su personal decir, cautivando. En el nuevo siglo World Circuit lanzó Buena Vista Social Club presenta: Omara Portuondo, el tercer disco del conjunto. El álbum trajo el verdadero reconocimiento internacional a Omara. Comenzó a llamársela “La Diva del Buena Vista Social Club”, mote que casi opacó el anterior de “Novia del Feeling”. Artista inquieta, en Flor de Amor, y en la búsqueda de nuevos sonidos, combinó músicos cubanos con brasileños. En Gracias, Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Jorge Drexler y Chico Buarque se le unieron en un recorrido por su carrera musical de 60 años. El disco fue reconocido por un Grammy Latino, que por vez primera se le concedía a un cubano residente en su país. En el blog Secretos de Cuba –¿desde La Habana?, ¿desde Miami?– los mensajes que siguieron al acontecimiento suscitaron de todo: algunos la elogiaron, otros la calificaron de “descarada sin principios”, de “lameculo” y hasta de “lesbiana”... Y fieles a los convencionalismos de los biopics hollywoodenses: sobre la emocionada imagen de Omara abrazando el trofeo, surge del infinito y se agranda hasta ocupar toda la pantalla el ¡The End!, que debería ser ¡Continuará!, pues la artista sigue activa hasta hoy. Como imaginarios espectadores salimos del imaginario cine comentando perplejos: “Sí, lindas canciones, excelentes músicos, grandes premios, escenarios internacionales... Pero ¿cómo fueron sus amores?, ¿tuvo amantes?, ¿hubo parejas?, ¿procreó hijos?..

Orquesta Buena Vista Social Club. Jueves a las 21.30, Teatro Gran Rex, Corrientes 857.

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