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Viernes, 4 de marzo de 2016

DISCRIMINACIóN EN CADENA

Viajando en subte se conoce gente

 Por Ernesto Meccia

El sábado 06 de febrero me levanté muy temprano para ir a despedir a Lohana Berkins, que estaba recibiendo su merecidísimo homenaje en la Legislatura de la CABA. Habitualmente me levanto temprano y, por lo tanto, supongo que mis capacidades cognitivas estaban funcionando a pleno. Hago la aclaración porque lo que me tocó escuchar hizo que pensara muchas veces si no me había quedado pegado a la almohada.

Tomé el subte A en la estación Castro Barros. Era sábado y todos estábamos sentados. Menos una persona, a la que advertí que se dirigía una señora de mirada serena que –pienso– iba al trabajo. La persona que estaba parada era joven y probablemente inmigrante. También era probable que hubiera pasado la noche en alguna plaza, ya que la remera y el pantalón tenían adherido pasto seco. Se ayudaba con una muleta y tenía la pierna izquierda envuelta en una bota alta, de esas que se usan para los traumatismos. Pedía limosna.

Sin pestañear empezó la señora. Es mucho lo que estás pidiendo. Yo que vos iría a tu comunidad peruana o boliviana –no sé, no puedo ver bien– para pedir ayuda. Ahí tienen que ayudarte. La muchacha seguía recorriendo el vagón. La gente no le daba dinero. Esto envalentonó a la consejera, que prosiguió: ¿Te das cuenta? ¿No ves que nadie te da? Andá a tu comunidad. Yo también tuve un accidente y nunca dejé de trabajar. Yo me arreglé con mi familia. ¿Me entendés? No tenés que estar acá. Todo como si nada. “Andá”, “iría”, verbos de desplazamiento, como sabemos. Pero, como si fuera poco, enmarcados en expresiones equivalentes a órdenes.

Empecé a levantar temperatura. Me levanté y le dí unos pesos. Me senté y empecé a mirar a la agresora con la esperanza de que la terminara. ¡Qué esperanza! ¿Y vos por qué le das? ¿Te das cuenta? –¡ahora era yo el destinatario del didactismo!– Si no fuera porque yo dije que nadie le daba nada, vos no le dabas. Serenísima, volvió la mirada a la joven, que se había puesto a llorar. A vos nadie te da ¿No ves? ¿Cuánto hace que estás acá, vos? Desde la derecha se escuchó: Pare de hacerla sufrir, señora. Y ya no pude sino levantarme para decir lo mío: Me da vergüenza como habla, señora. Eso es racismo con todas las palabras. Ya sé: debía haber dicho “con todas las letras” pero los lectores entenderán lo nervioso que estaba. Si una persona necesita ayuda, no importa de dónde es ni cuánto hace que está en cualquier lugar. No siga, señora, por favor.

Con la misma mirada serena de esos eternos minutos, aunque con el agregado de una tenue mueca de sorna, la señora se despachó con otra orden, causalmente dirigida a mí. De paso, aprovechó para re-bautizarme. Lacónica, ladró: Calláte, matrimonio igualitario.

Confieso que logró que me temblaran las piernas, tanta la cólera. Aun así, sólo le dije que acababa de confirmarme que era racista. Por suerte bajó rápido, creo que en Plaza Miserere. Salvo aquella voz, el vagón, mudo, con la cabeza gacha en los celulares, o la cabeza en alto con los auriculares.

Imposible no pensar en las furiosas transnominaciones que la señora tenía en la punta de la lengua listas para disparar: allí donde hay una persona inmigrante se dice una “comunidad”, allí donde hay una persona homosexual se dice “matrimonio igualitario”. La lengua de la discriminación siente, huele, vomita temibles Todos a partir de presumibles Partes que los representan. Estas transnominaciones colectivas operan como constructoras de la peor clase de comunidad; esa que no se funda tanto en un señalamiento primario sobre quiénes son sus integrantes sino levantando el dedo índice o soltando la lengua para señalar quiénes son los otros y cómo son. Esas comunidades –decía Richard Sennett– sólo funcionan a través de la lógica de la purga permanente, ya que el temor a los otros que genera su estrechez de mira, lleva a que se obstine en ampliar su elenco indefinidamente.

Luego de despedirme de Lohana, de vuelta en el subte, pensaba en los programas de opinión política y en los noticieros de este verano transicional. Es tentador pensar cómo el nuevo relato republicano activa la purga. Y me preguntaba cómo hubiera sido el diálogo si además de darse cuenta que soy homosexual, la señora también hubiera sabido que, dado que trabajo en la universidad pública, también soy un empleado estatal.

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Imagen: Sebastián Freire
 
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