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Viernes, 13 de mayo de 2016

A LA VISTA

SI HAY MISERIA, QUE SE NOTE

En el interior de la Villa 31 está naciendo la Colectiva Trans Villera, una de las respuestas que la comunidad desplazada articula con fuerzas propias frente al avance del desamparo como política estatal. SOY presenció el partido de fútbol donde se midieron esas fuerzas y se hicieron planes para el futuro inmediato.

 Por Paula Jiménez España

Daniel avanza y nos pide que lo sigamos. Él es un militante gay y camporista que lleva una remera con una foto del Padre Mujica pegada en el pecho. “Siempre me quedaré peleando junto a los pobres”, reza, debajo, una inscripción celeste. Como por el Alto boliviano o por un barrio popular limeño, vamos caminando entre aromas de comidas y la mezcla de cumbias o reggaetones que ahuyentan toda idea burguesa de peligro. Por el contrario, esta tarde la villa es una fiesta. Y no sólo porque los sábados hay feria (una feria que a causa de la desocupación creciente, de tremendo impacto en la 31, obliga cada vez a mayor cantidad de personas a la venta de usados) sino porque este sábado en particular hay torneo de fútbol en la canchita que está a pocas cuadras de la entrada. Poniéndole garra y ganas, la afectada comunidad lgbt de la 31 defiende su alegría, una alegría de verdad, que le hace frente a la maldad, a la persecución, al odio. Defiende la alegría de seguir vivx aunque, como Martina, el alma mater de la Colectividad Trans Villera, algunos de sus cuerpos hayan dormido sobre la dura cama de la terminal de Retiro o en algún parque durante los largos años en que nadie, ni adentro ni afuera de la villa, les alquilaba una piecita. Así se la defiende, como hace Alicia, portando ante una cámara puesta por la Cámpora (que hoy impulsa el torneo) un DNI argentino conseguido después de haberse tenido que ir a la fuerza de Perú y verse obligada a conquistarlo todo, desde el derecho a la alimentación hasta la alfabetización y la legitimación de la propia identidad. “Nosotras siempre le estaremos agradecidas a Cristina, nuestra jefa, por todo lo que nos dio –dice– . Yo ahora me siento una mujer libre. Pero pido que el gobierno actual nos de oportunidades. Nosotras queremos trabajar, ¿qué quiere este presidente que salgamos a prostituirnos o a vender droga? Hay mucho para hacer, cocinar, hacer prendas en las máquinas, coser. Muchas se quedaron sin trabajo, hasta yo. A mí me echaron, yo hacía limpieza en dos casas. En una porque no tenían más plata para pagarme -era una casa acá adentro de la villa-, en otra porque se dieron cuenta que no soy macrista. Acá, en esta colectividad nos juntamos para luchar por todo esto. Yo estoy terminando mi primaria, quiero ser una chica militante y rever nuestros derechos. Me vine de Perú porque es un país muy duro. Yo adoro este lugar porque acá me enseñaron a ser yo misma: una persona respetable. Gracias a Martina y también a Bety, una compañera a la que echaron del Ministerio de Trabajo”.

Marcar la cancha

En días como este, los que le siguen a la lluvia, las calles están grises, anegadas, los puestos se levanten sobre el lodo oloroso y los pies descalzos y los calzados se hunden por igual en el extenso charco que, por fortuna, esta tarde empieza a evaporar el sol. En las gradas de la canchita del sector Platón, el rayo de la tarde le hace justicia al frío. Con una remerita (la de Alicia es negra y tiene brillos, la de Martina es rosa y dice Villa 31 escrito a mano alzada) estás más que bien para quedarte mirando los partidos que se vienen. Hasta ayer eran trece los equipos anotados para concursar, pero se sumaron muchos más, con lo cual el torneo va a extenderse hasta la noche, hasta que la cancha sea alumbrada por los grandes focos mercuriales, cuyos cables se cuelgan de otros conformando esa gran telaraña eléctrica que es el cielo de la 31. La trama de estos hilos va de casa a casa y comunica a todxs con una misma luz, pero esta es una luz que poco se encendía en la casa de las chicas que trabajaban por la noche y durante el día permanecían escondidas sin animarse a circular por la villa por miedo a ser agredidas por su identidad. Esto sucedió por mucho tiempo hasta que Martina le tocó la puerta a cada una. Las fue a buscar porque las necesitaba para marchar con ella, para salir a pelear por lo propio y a cambio les propuso ayudarlas a sacar sus documentos y darles a conocer sus derechos; el de aprovechar los cursos de capacitación laboral que el Ministerio tenía para ofrecerles, por ejemplo. Muchas dijeron que sí y salieron a recorrer las zonas rojas y llegaron hasta el Hotel Gondolín, que históricamente las ha alojado, donde otras compañeras (que juegan esta tarde un picadito) se hicieron conscientes de que su situación había cambiado ante la ley. “Acá nacimos las chicas de la calle -dice Martina-. Las que no teníamos donde vivir, ni dónde comer. Pero yo siempre tuve el sueño de formar un grupo revolucionario y lo logramos con la ayuda de los compañeros de la Cámpora. Ahora estoy luchando porque queremos tener las mismas oportunidades que las travas de lugares urbanizados. Yo todavía no pude sacar mi DNI porque no me alcanzan los años de residencia en este país. Vengo de una familia senderista y comunista, ellos también están allí escondidos. La sociedad peruana fue quien me expulsó a mí, no mis padres, ellos me respetan mucho. Es hora de hermanarnos, peruanas, bolivianas, argentinas, paraguayas: todo el Mercosur. Ojalá algún día lleguemos a tener una presidenta trava producto de nuestra unión”.

El verdadero rival

El nombre de Martina se repite, sale una y otra vez de las bocas pintadas o resecas de frío de las travas, los gays, las lesbianas y los militantes políticos y de las organizaciones sociales reunidxs esta tarde para jugar este torneo. Algunas de estas bocas se abren para hacerle el aguante a Ateneo (tan mixto que incluye un niño en su plantel), otras para bancar a Las gildas (el equipo de futbol femenino que tiene a Mónica Santino como su más pública referente) cuando su delantera de lujo le mete el primer golazo a Sabrina, la arquera, la trava más joven. En un entretiempo, Sabrina se presenta ante el micrófono de Soy. Dice que es militante de la Cámpora, responsable de Diversia y trabaja desde la gestión de Néstor en la Secretaría de Derechos humanos: “Mi realidad es diferente a la de las chicas que están en situación de prostitución o las que no tienen un trabajo registrado. Pero que esta realidad sea diferente es un envión grande y una responsabilidad para poder desde este lugar, que es la diversidad dentro de la diversidad, seguir batallando por mis compañeras. Con este torneo inclusivo visibilizamos la diversidad ninguneada durante años. Hoy una CEOcracia gobierna el país para pocos. El macrismo creó direcciones de diversidad sexual con las que se lavan la cara, somos maquillaje. En este contexto las compañeras están en una situación mucho más vulnerable, expuestas al trabajo sexual; no consiguen trabajo o si lo tienen, debe trabajar el triple para poner en la mesa un plato de fideos. Tampoco tienen acceso a la salud porque desde el gobierno están vaciando todo lo que tiene que ver con los medicamentos y las hormonas (hoy el Ministerio de Salud no está en condiciones de poder solventarlas). Esta carencia es también la de la salud integral y las operaciones. La persecución policial también aumentó en este contexto de hostigamiento a todo lo diferente. Las compañeras no están exentas de esta persecución ideológica y política. Tenemos alrededor de una persona trans muerta por día, que es casi el promedio de los femicidios. Que nuestro promedio de vida sea de 35 años responde claramente a los caracteres patriarcales que vivimos actualmente. No solo es una cuestión de argentina sino del resto de la región”, dice. Al terminar el entretiempo, Sabrina abandona el micrófono y vuelve al arco, a pelear este partido contra Las Gildas, que está tan difícil como el del país.

¡Che, pero mirá lo bien que juega ésta!, dice Alicia señalando a Sabrina mientras codea a Martina. La reina de las travas de la 31 ni siquiera se trajo zapatillas para la ocasión, porque el futbol no es lo suyo dice, “el vóley, sí”. No sé cómo hará con esas uñas largas, pienso, pero habrá que creerle. Lo que es seguro es que el futbol no lo es porque cuando le toca patear se da a sí misma en el brazo, en el pecho, en el mentón y la pelota vuela entre las carcajadas y cae sobre el sintético y rebota y pasa de una pierna a la otra hasta un final en el que nadie, pero nadie, sabe exactamente a quién le corresponde llevarse los laureles. ¡Cinco a tres! ¡Cuatro a dos! ¡Tres a tres! Ni el réferi acierta. La risa es general entonces y el próximo equipo se prepara para jugar contra un rival incierto (el verdadero rival, sin duda, no está entre ellxs). Mientras, la sombra de la autopista que atraviesa la villa crece trayendo de vuelta al frío entre nosotros. Los autos corren sobre nuestras cabezas a toda velocidad, cortando el viento como con un cuchillo, uno tras otro.

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Imagen: Lucas Pérez Alonso
 
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