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Viernes, 23 de enero de 2009

ENTREVISTA > WILLY LEMOS

Taco y plataforma

Supo de las persecusiones indiscriminadas de la dictadura, germinó como actor en el caldo de cultivo del under de los ochenta, vio cómo la crisis del sida arrasaba con sus amigos, trabajó con Alberto Ure en el Teatro San Martín y Sergio Renán lo dirigió en cine. Pero recién en este siglo Willy Lemos se atrevió a hacer personajes de varones, mientras transmite a actores y actrices de televisión la flor de su secreto: cuidar la actuación como se cuida a un niño.

¿Empezaste a actuar durante la dictadura?

–Sí. Empecé en el ‘79 con Miguel Fernández Alonso: nosotros escribíamos y producíamos nuestros propios espectáculos. El, después, cuando nos separamos, trabajó con Caviar y con Las Gambas al Ajillo, y yo seguí mi propio camino. En ese momento también surgieron Los Peinados Yoli, donde estaban Tino Tinto, Dorys Night, Piter Pirello. Eramos varios grupos de teatro que trabajaban en el under, en Cemento, Nave Jungla, El Depósito. Nos pintábamos en los baños, mezclados con la gente.

Dificil “hacerse mujer” en un baño lleno de gente...

Fue muy fuerte para mí todo eso, porque si bien yo siempre trabajé vestido de mujer, nunca me pareció interesante imitar a una diva o hacerme la vedettona, lo nuestro era más denunciante. Porque yo como mujer siempre fui muy mujer y nunca me banqué que se las parodiara, ni a ellas, ni a los gays. Una persona se puede mostrar como mujer sin hacerse las tetas, porque lo que importa es el personaje, el alma del personaje. Entonces, en ese momento, imaginate lo difícil que era vestirse de mujer, decir ese tipo de textos de denuncia y provocarles a las personas del público cuestionamientos sobre su propia sexualidad.

¿Fuiste perseguido en aquellos años?

–Sí. Pero no por vestirme de mujer, hacer pintadas en las paredes o militar para la Juventud Peronista, sino por ser diferente, sensible, o incluso por ser lindo. Por ir al Cine Arte o al San Martín a ver ballet. Estuve preso miles de veces, y me han pegado y hasta me han obligado a hacerle una fellatio a un cana mientras el tipo me decía: “Vos estás enfermo... Yo soy un señor casado con hijos y vos deberías llamarte Rosita”. Después de todo eso me obligaban a firmar el inciso 2 f por prostitución y escándalo en la vía pública, y yo lo único que había hecho era ir al teatro. A las determinadas entradas, ya no me acuerdo cuántas, te llevaban a Devoto y también ahí me llevaron. El día que salí me fui a Italia, necesitaba irme. Todo esto por ser quien soy. Había llegado un momento en el que me decía a mí mismo: “Algo habré hecho, ¿qué fue?”.

¿Qué significó para vos la travesti que interpretaste en la película Tacos altos?

–Fue impresionante, imaginate: yo venía del teatro under. Y no tuve que hacer el casting porque me eligieron por esa vía. El asistente del director me vio actuar en El Depósito y le gustó mi trabajo. Y después le gusté a Renán también. Tuve mucha suerte, todo el mundo quería ese papel. Hasta Ricardo Darín se presentó, y él, vestido de mujer, era idéntico a su hermana Alejandra. Fue muy grosso todo eso, estamos hablando del año ‘83 y de una película con Susú Pecoraro que venía de hacer Camila y era conocida internacionalmente, de Sergio Renán que venía de La tregua, y de un elenco de puta madre. Después de que se estrenó Tacos altos me acuerdo de que Susú me dijo: “Willy, ¿vos te das cuenta de lo que generaste? Lograste que el público llore por la muerte de una travesti”. Y eso no era nada común en aquellos años, te lo aseguro.

¿Cómo se llamaba ese personaje?

–No, no tenía nombre; fijate qué loco: esa cosa de sos puto o sos travesti, esa cosa de encasillar, está clara acá. Parece que no había un gran respeto por la individualidad, ¿no?

También interpretaste a la travesti de Los invertidos, en la versión de Alberto Ure.

–Sí, hice de la Princesa de Borbón, de Cátulo Castillo, y fui el primer tipo que en el San Martín hacía un personaje vestido de mujer. Y me gané un premio como mejor actor de reparto. Pero también tuvo un precio. Venía, por ejemplo, Tita Tamanes y decía: “Ese chico no puede salir así. Este es un teatro oficial”. Pero Ure se impuso y tuvo además un apoyo total de todo el elenco. Y la obra fue un éxito. En esos momentos, hacía poco que se daba a conocer la mal llamada “peste rosa”. ¿Vos sabés la vergüenza que sentíamos algunos de que no nos dieran la mano por miedo a contagiarse? Era terrible además nuestra realidad cotidiana: ¡todas esas muertes, que se sucedían una tras otra! “¿Te acordás de Arielito? Se murió. ¿Te acordás de Marcelito? También murió.” Aquel momento, pese a que hacía tiempo que estábamos en democracia, era de mucha discriminación.

Aun así, nunca dejaste de hacer personajes de mujer...

–Sí, en una época me llamaban mucho de la televisión para levantar el rating, captaba la atención este tipo de personajes y eso me alentaba también a mí para crear personajes femeninos. Pero, en lo personal, elegí hacerlos porque lo femenino me salvó la vida. Mi masculinidad, debido a hechos de mi infancia, quedó anulada, casi perdida y me despertaba miedo a mí mismo. Y lo femenino en mi hogar era lo mejor que me podía pasar, mi refugio, donde yo sentía el cuidado, la contención, la confianza. Y a través de esa confianza me sentí la reina del mundo, recuperaba el poder que como hombre había perdido. Me encantaba componer esas mujeres, amaba hacerlo. Yo fui la primera drag queen de Palladium, a fines de los ‘80. También hice de la esposa de Claudio Gallardou en Archivo Negro, en el ‘91. ¡Fue fuerte! ¡Con beso en la boca y todo! Me acuerdo también de la escena que hice con Ranni, en la que yo lo defendía a mi marido. Y, el año pasado, cuando Esteban Sapir me llamó para hacer la propaganda del Banco Provincia le dije que no, porque en ese momento hacía mucho que no actuaba, me dedicaba sólo a preparar actores, y pensaba que no volvería a hacerlo. Al final acepté y de pronto volví al cine e hice un montón de películas. En Las hermanas L hago de la mamá de las dos hermanas, no hago de una travesti sino de la mamá, de una mujer.

En algunas de estas películas también compusiste personajes varones, ¿no?

–Sí, ahora también al componer varones siento esa confianza que antes sentía sólo al componer mujeres. En la película Paco hago del papá de Sofía Gala, aunque un papá con pasado travesti, pero el personaje es de varón. También hice en otra película del tío de Erica Rivas y en Rodney, que se está por estrenar, hago de marido de Cristina Banegas.

Preparaste a Carla Peterson para el personaje que hizo en Lalola y a Mike Amigorena para Los exitosos Pell$...

–Yo no doy clases de actuación, ni soy coach, ni nada de eso, sino que uso una técnica propia que me ayudó a encontrar mi don. El artista que viene a trabajar conmigo está buscando hacer algo diferente a la hora de componer un personaje, y acá se encuentra con su “niño latente”. Desde allí va a reconocer al personaje, también niño, y van a crecer juntos. Entonces, después, cuando aborda el guión, el texto, ya “es” el personaje. “Es” porque creo que la clave no es actuar sino “ser”. A veces viene a mí gente con mucho estudio y puede sonar raro que una persona como yo, que no tiene bachiller terminado, les dé lo que les doy. Pero lo que les doy es mi experiencia, lo que me pasa por el cuerpo, y les digo que lo más importante, más allá de cómo se interprete un texto, es que se respete siempre lo que se siente y no hacer, nunca, ninguna clase de concesiones.

¿Qué opinión tenés sobre los personajes de gays estereotípicos?

–Me dan vergüenza, bronca, y llegan a herirme a veces. Porque yo siempre fui amanerado y no la pasé nada bien. Me parece, además, que así se fomenta el prejuicio y que se busca banalmente el reconocimiento o el éxito. Si uno puede elegir no hacerlo, no entiendo que lo hagan. Porque yo sufrí mucho por eso. Uno de mis sufrimientos fue por mi acercamiento a lo femenino y me encanta que ésta sea la era de lo femenino, la época de “las presidentas”, de las mujeres en los lugares de poder. El miedo del macho es que la mujer es mucho más inteligente, sabrosa, profunda, y esto despierta deseos de independencia, de libertad, y esto asusta. Yo siempre encarné lo femenino y fui la oveja violeta entre las ovejas blancas. En el colegio, de chiquito, no me era fácil ser amanerado, ser diferente. La clase media no es muy respetuosa con esto.

¿Cómo ves hoy la cuestión gay?

–Si bien hay grandes cambios, porque los hay en el mundo y es innegable, y hay “hermanos” nuestros ocupando cargos y todo eso, sigue habiendo una mentalidad de derecha que no cede, gente que no ha abandonado nunca su lugar de poder. Gente que está ahí, entre nosotros. Creo que el prejuicio está todavía en la calle. Cuando voy muy contento, caminando con un poco más de deseo o de ínfulas de lo habitual, y algo se me acelera y se me nota, ¿por qué un tipo me tiene que gritar “¡Putooo!” desde un auto? Digo yo, ¿por qué? No sé. Pero el prejuicio siempre va a existir. Y me lo tengo que bancar.

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Imagen: Sebastián Freire
 
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