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Viernes, 16 de mayo de 2008

SON

Boleto de ida y vuelta

Las fantasías de curación y retorno desde la homosexualidad a la heterosexualidad le dieron otros quince minutos de fama a Sebastián, el gay de Gran Hermano.

 Por Mariana Enriquez

Entró a la casa de Gran Hermano como el chico lindo y gay, muy afeminado, muy poco amenazante para los muchachos de la casa por ser, además, por completo asexuado. Bailaba Madonna acompañándose de una manguera al costado de la pileta (y bailaba desgarbado, un poco porque a los 20 años parecía que aún le faltaba crecer, otro poco porque no tenía la menor gracia). Se dejó manipular por Leandro, un bailarín hiperactivo e insoportable; anduvo por la casa paseando su corazón destrozado por los rincones, llorando sentado en el suelo, con la cabeza entre las piernas, como en un video de Ricky Martin. Y, en una jornada de alto rating, les confesó a las chicas en la pileta que un vecino había abusado de él cuando era chico, y que jamás se lo había contado a nadie: su familia y amigos se estaban enterando en ese momento, por televisión. Sebastián Pollastro fue el gay del conurbano para el Gran Hermano 2007, el chico que se toma el colectivo desde provincia para ir a bailar a Amérika (cuando entró al juego, vivía en Luis Guillón), de padre camionero, abuela cariñosa y ambiciones de modelo, diseñador, actor. Fue un estereotipo, pero tenía ocasionales ramalazos de ironía e ingenio –quizá magnificados por la asombrosa chatura de sus compañeros de elenco– y, salvo por algunos caprichos de colegial, no se destacó por lo insufrible.

La cuestión es que, hace unos quince días, Sebastián Pollastro resurgió del pronto olvido de la fama instantánea con un notición: se había “hecho” heterosexual, y estaba de novio nada menos que con Griselda, superpotra mendocina de espectaculares tetas, de quien supo ser el tradicional mejor amigo gay durante el juego. Según dijo, “la comunidad gay le pegó mucho”. ¿Qué pasó? Hay, claro, muchos hombres gays que se enamoran y tienen intimidad sexual con mujeres, y siguen siendo hombres gays. El problema es que Sebastián cuenta que empezó a “sentir cosas” por Griselda, y que “por otro tema” (relacionado con el abuso sexual que sufrió) fue a terapia. Allí habría comprendido que estaba demasiado “encasillado” con su sexualidad y que era libre de no ser gay, que el abuso no lo había marcado. Más allá de lo nefasto de hablar con tanta ligereza de temas con tanto peso emocional, hay que decir que al menos Sebastián acertó en el tono: dijo que no se “había curado”, como insistían en decir algunos medios, porque “la homosexualidad no es una enfermedad, y eso lo puede decir cualquier terapeuta”, y que no tenía sentido “que las madres empiecen a llevar a sus hijos a mi psicóloga para que cambien su orientación sexual, porque no es ése el caso”. Todo dicho mientras Griselda lo miraba arrobada. Para algunos, Sebastián Pollastro apenas usó su supuesto ser gay para llamar la atención en Gran Hermano y, después de conseguir el objetivo, decidió volver a las huestes de la normalidad para ampliar su público. En este escenario, la real sexualidad de Sebastián no importa en lo más mínimo, sólo sería un oportunista. Para otros, se trata de un joven muy confundido a cuyo malambo mental se le agrega la exposición en los medios (Griselda y él aparecen en fotos hot para la revista Paparazzi). En otra teoría, Sebastián sigue siendo gay y Griselda su amiga, pero como necesitan prensa armaron un romance para las revistas. Como sea, lo verdaderamente molesto en todo este desquiciante asunto fueron los titulares victoriosos de ciertos medios, más la vuelta inesperada del discurso de “curación” y “reforma” asociado a la homosexualidad. “Sebastián no pudo con los encantos de la explosiva morocha”, cantó victoria Diario Uno. “Un gay se convirtió en heterosexual”, dijo ADN Mundo. Y así. En dos meses, Griselda estará en Patinando por un sueño y todo se trasladará allí, a ver cómo, y si continúa.

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