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Viernes, 23 de mayo de 2008

CATáLOGO Q

La odisea

Reinaldo Arenas
Viaje a La Habana

Mondadori

En 1987, mientras escribía la versión final de Viaje a La Habana en Nueva York, Reinaldo Arenas se sentía muy enfermo, y además estaba convencido de que iba a morirse ese mismo año. Entonces le pidió a una foto de Virgilio Piñera, a quien veneraba, que le estirara la vida para poder concluir su obra literaria. “Oyeme lo que te voy a decir: necesito tres años más de vida para terminar mi obra, que es mi venganza contra casi todo el género humano”, le dijo a la imagen, según cuenta en el prólogo a la biografía Antes que anochezca. Arenas murió en 1990. Así que sobreviviría tres años más al sida y podría completar su obra, en especial la pentalogía que había empezado a publicar en los años ’70. Pero la marca amarga y desoladora de la muerte inminente quedaría grabada a fuego en ese libro, especialmente en ese tercer relato que lleva el mismo nombre de la trilogía. Es un relato futurista, ya que en los ‘80 imagina la vida en la isla y en Nueva York hacia 1994. En ese año, a instancias de su mujer que le pide un último acto de acercamiento, Ismael, exiliado, decide regresar a Cuba para llevar dinero y regalos a su familia. Ahí ha dejado mujer y un hijo que ya tiene más de veinte años y a quien no conoce. El regreso es pesadillesco, gótico. Lejos del trópico, La Habana adquiere los tonos de un régimen de Europa del Este, hipervigilado y asfixiante hasta extremos inconcebibles. En ese contexto, el erotismo es una pulsión de vida que roza el filo de la muerte. Ismael duda todo el tiempo, huele la trampa como un animal desconfiado. Fue el deseo el que lo llevó al exilio. El deseo, oscuramente, lo pone en el camino de regreso, pero siempre a la deriva.

Sin ánimo de contar aquí todo el argumento, ni revelar sorpresas, sí se puede esbozar que Viaje a La Habana es una versión de La Odisea, algo que no debe sorprender, ya que Arenas trabajaba con modelos clásicos. Aquí, podría aventurarse, Penélope tienta a Odiseo a regresar a Itaca, y son las circunstancias más que los ardides las que lo ponen al desnudo, hecho un viejo cubierto de harapos. Y dos veces Odiseo encuentra a Telémaco, su hijo.

Hay textos que son transgresores de verdad, no en el sentido de ser picantes o calientes o zarpados; hay textos que son transgresores porque realmente se proponen sobrepasar un límite. Este es el caso de Viaje a La Habana, quizás el más audaz texto homoerótico de la literatura latino-americana.

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