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Viernes, 23 de mayo de 2008

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Bareback

Significa, literalmente, montar a pelo, pero las connotaciones políticas de este término que se usa para describir las relaciones sexuales sin preservativos –más específicamente todavía: penetrar o dejarse penetrar sin usar forro– se acuñaron en Francia justo en el cambio de siglo, en momentos en que el binomio sida/ muerte empezaba a diluirse en un continuo de medicación diaria y sexo “protegido” -según el supuesto ABC de la prevención: abstinencia, fidelidad (be faithfull, en inglés) y condón, en último caso; reglas básicas que se reconocieron inútiles recién en 2005 en el Congreso Mundial de Sida. Fue el pintor, escritor, sexólogo y periodista Erik Rèmès con su libro Serial fucker, diario de un barebacker, quien puso palabras y sentido a una práctica más común que admitida; y al menos hasta ese momento, reivindicada. Cultor del sexo duro y las noches salvajes -caminante, en definitiva, de la huella abierta por Cyril Collard en los '90, con una visión más descarnada y maldita de quienes viven y cogen teniendo vih-, Rèmès desprecia a quienes hablan de baja autoestima personal a la hora de elegir no usar forro y sitúa esa práctica del lado del placer, del libre albedrío y la liberación lisa y llana: ¿para qué vivir con la paranoia de infectarse si se puede ir al encuentro de esa posibilidad e incluso hasta esquivarla? A pesar del espanto que sigue causando que haya quien reivindique el bareback, es fácil rastrear en la web comunidades que se identifican con esta práctica y hasta han creado una jerga para reconocerse: hay cazadores de “el bicho” (bug chasers) y dadores del “regalo” (gift givers, ya que gift se le llama al vih); hermanos del bicho (bug brothers) entre otras identidades pasajeras. Y hay quienes, por supuesto, lo practican sin nombrarlo y sin siquiera pensar en ello.

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