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Viernes, 21 de marzo de 2014

La media naranja

 Por Diana Sacayán

Después de quince años de haber vivido de la prostitucion, azote y tormenta que arrasa, de coleccionar en el cuerpo las marcas de las peores humillaciones callejeras y de las fuerzas policíacas, ella decidió rumbear su destino. Se fue a comprar productos para ponerse a elaborar empanadas poniendo en practica la receta de su madre tucumana e incluyendo el secreto. Artesanales. Doce docenas que estuvieron listas cuando llegó el alba, que colocó en un canasto de mimbre envueltas en un mantel a cuadros para mantener el calor.

Y así solita su alma salió a enfrentarse con una nueva realidad que le tensionaba los omoplatos. Su llegada impactó en los feriantes, a los primeros pasos sintió un grito de “travesaño” que la cruzó de oreja a oreja como un rayo. Armándose de paciencia, “empanadas tucumanas calientes”, gritó y enseguida sintió un golpe en la mejilla más el jugo de una naranja que se partió en dos dejando que el jugo estropeara el mantel que tanto veneraba como única herencia de su madre. “Voy a trabajar acá. ¿Pensás gastar una naranja todos los días? ¿Sos estúpido o practicás? Ojalá tu hijo te salga trava así ves lo que se sufre cuando te cuente que vivió una situación como la que acabo de vivir”. El chico se quedó duro y mudo. Otro de los vendedores interrumpió al grito de “Tomátelas trolo que te voy a cagar a trompadas” mientras que la cumbia que se había interrumpido ante el incidente volvió a sonar. Lurdes siguió su camino y en tan solo tres horas había vendido todo su producto. Al mes ya estaba elaborando el doble y ya había llamado a una amiga para asociarse. Agregaron la opción milanesa a las que le pusieron un toque de albahaca.

La sorpresa que se llevó Lurdes fue que aquel joven que le había arrojado la naranja la llamara a la voz de: “¿Realmente son tan buenas las empanadas que vendés?”.

Desde luego, contestó ella y él le compró media docena. A partir de entonces no dejó de comprarle sus empanadas siempre imporvisando un diálogo breve, sobre banalidades. Hasta que llegó el día en que Ramón, el feriante, se atrevió y preguntó a Lurdes a qué hora más o menos terminaba y si a modo de disculpas le aceptaría tomar unos mates en su cuarto de habitación alquilada. Desde ese día Lurdes y Ramón no se separaron, vivieron las mejores de las aventuras, hicieron su propia casita, se disgustaron, se amaron apasionadamente y crecieron como personas. El se convirtió en un conocido sushiman, ella en funcionaria. Duró diez años, hace dos que ya no están juntos. Pero se aman. O al menos saben muy bien que uno es la media naranja del otro.

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