turismo

Domingo, 10 de agosto de 2014

BUENOS AIRES. PARAPENTES CON MOTOR

Volar de a dos

Pilar es el escenario ideal para vuelos en tándem, con un par de aventureros sentados en un carrito de aluminio con motor que cuelga de un parapente. Esta nueva moda tiene cada vez más fanáticos que hacen el curso de piloto, pero también se puede experimentar como actor invitado.

 Por Julián Varsavsky

Todos los domingos por la tarde, junto a la Ruta Pana-mericana en Pilar, se da cita un grupo de hombres que vuelan. Suelen ser unos quince inconformistas a quienes les aburre andar por la tierra, como a cualquier mortal, y entonces remontan vuelo en parapente con una especie de ventilador grande que les cuelga de la espalda en una mochila.

El líder y profesor de estos voladores es Omar Marino, director de la escuela de parapente La Brava, creada hace 15 años. Omar llega al campo de vuelo cada domingo en su camioneta, donde lleva una gran bolsa con la vela de su parapente y un carrito de tres ruedas que arma como si fuera un juguete. La necesidad del motor es por tener que volar en un plano, donde no es posible remontar vuelo con la sola ayuda del viento.

El plan de hoy –siempre sujeto a los caprichos del clima– es hacer una travesía de 23 kilómetros hasta Luján y volver a Pilar. Pero la copa de unos eucaliptos se mueve mucho: por lo tanto, de momento no podemos volar. “Tengámosle fe al pronóstico favorable del wind-gurú”, dice Germán Bracci con su carrito o trike también listo, refiriéndose al sitio web que es como el oráculo de los voladores.

Los vuelos en parapente se hacen muy temprano o cerca del atardecer, ya que los rayos del sol cenital al chocar contra el suelo producen corrientes invisibles de aire caliente, que suben desestabilizando el vuelo.

Una ejercitación en tierra en la escuela La Brava, antes de lanzarse al cielo.

A VOLAR Alrededor de las cuatro de la tarde Eolo deja de soplar fuerte y Omar da la orden: “¡Nos vamos!”. Salimos con dos trikes y cinco personas más que van solamente en parapente con paramotor, todos conectados con handies.

Ocupamos los dos puestos del trike: detrás de mí Omar enciende el ventilador y comenzamos a carretear sobre el pasto arrastrando la vela. En segundos la vela se infla y estamos volando. Al principio me agarro fuerte de un parante: la sensación de precariedad inquieta. El avioncito ultraliviano no tiene techo, paredes ni piso. Las alas son de tela, la estructura es de aluminio de aviación, pendemos de finos hilos y veo el precipicio a mis pies.

Pero analizo la situación y pienso que los hilos son de kevlar y resisten 500 kilos, sé que el piloto tiene centenares de horas de vuelo en parapente y paramotor, y si el motor se apagara caeríamos suavemente, porque ya hay un paracaídas abierto (una ventaja que no tiene ningún otro tipo de avión). Así que me relajo, tomo la cámara y me dispongo a disfrutar.

Estos vuelos se hacen en lugares muy abiertos pensando en una posible falla del motor: en dicho caso se busca un campo cualquiera y no hay mayores inconvenientes. Muy distinto de lo que hizo en 2011 el piloto de acrobacias Hernán Pitocco, quien remontó vuelo desde una plazoleta de la avenida 9 de Julio, dio una vuelta sobre el Obelisco y se fue por Diagonal Norte hasta Puerto Madero, para descender junto a un dique en un lugar muy angosto, con precisión milimétrica. Luego fue detenido por Gendarmería.

“Solamente un piloto genial puede hacer eso –cuenta Omar–, porque una falla en el motor requeriría una capacidad de maniobra tremenda para no estamparse contra un edificio.” Nuestro avioncito mientras tanto se estabiliza en la velocidad crucero de 50 kilómetros por hora, mientras vamos por arriba de la Ruta Panamericana. En la lejanía se percibe la suave curvatura de la tierra y la Pampa Húmeda es una sucesión infinita de retazos cuadriculados de diferentes colores hasta el infinito.

No vamos demasiado alto porque si no todo se ve muy pequeño. En el trayecto aparecen todos los signos del mundo del campo: molinos, tanques australianos, silos y cascos de estancia, además de casas con pileta y campos de golf. Vemos, en gran medida, la “patria sojera” en toda su extensión, además de plantaciones de alfalfa y maíz que abarcan toda la gama de verdes. El 90 por ciento de la gente que nos descubre saluda o toca bocina.

Sobrevolamos varias lagunas y en un momento descendemos hasta cinco metros sobre su superficie, corriendo carreras con los patos. También vemos garzas y nutrias y en las orillas los caballos y vacas se alejan del susto. A la distancia se distingue el puente Zárate-Brazo Largo, sobre el río Paraná.

El viento nos pega con fuerza en la cara, brindando la más perfecta sensación de volar. Muchos pilotos de avión frustrados optan por esta clase de vuelo de motor, que se hace por el puro gusto de elevarse en el cielo, ya que la meta termina siendo casi siempre el punto de partida. Y este vuelo es mucho más económico que el de un avión común. Una vela de parapente usada cuesta unos 1000 dólares y un motor de segunda mano 3500 dólares: en una tarde de vuelo; quien tiene su avioncito no tiene otro gasto que los 100 pesos de la nafta.

Antes de llegar a Luján pasamos sobre el Club de Polo Argentino y su chalet con aires de castillo, levantado a fines del siglo XIX para la familia Carabassa-Pando. Este edificio tiene una torre rematada en cúpula cónica y fue construido con materiales traídos desde Bélgica y Alemania para instalarlo en un parque con palmeras, alcanfores, araucarias y eucaliptos centenarios. Ahora “el castillo” pertenece a la Asociación Argentina de Polo: a su alrededor se ven las ocho prolijas canchas.

El piloto va siempre muy atento al clima para evitar contratiempos. Si de golpe las aves desaparecen del cielo, es porque hay demasiado viento y no pueden volar. Cuando se las ve volando en círculos ascendentes sin aletear, es porque hay una corriente térmica y hacia allí suelen ir los pilotos para ganar altura. Cuando aletean muy fuerte, es porque tienen viento de frente. Para evitar mareos le pido al piloto evitar las piruetas que piden muchos pasajeros, como centrifugados, péndulos, zigzags y giros en espiral.

Sobrevolamos el río Luján hasta la ciudad del mismo nombre y cerca de la cúpula de la basílica Omar hace una larga U en el aire para comenzar a regresar. A las dos horas aterrizamos con suavidad.

El verde de la llanura pampeana, en uno de sus excepcionales montes arbolados.

SIN MIEDO “Este vuelo en tándem lo pueden hacer niños pequeños, pero una vez apareció una señora de 90 años que no se quería ‘ir del plano’ sin experimentar la sensación de volar. Imaginate que no le podíamos decir que no, era casi su último sueño. Así que unos compañeros me asistieron en el despegue y el aterrizaje, y así le dimos a la señora el gusto de volar. Quedó maravillada”, cuenta Omar orgulloso.

Entrar al club de los hombres que vuelan no parece ser algo tan difícil como uno se imagina: “A mí me llevó 13 clases despegar solo, pero yo le enseñé a mi hijo y en la sexta clase ya estaba volando”, cuenta el ahora piloto Fabián Ricaño. Se comienza por la teoría de la aerodinámica y la meteorología –para aprender a leer las fuerzas invisibles que pueblan el aire– y se llega a ser piloto en unas 30 clases. El curso completo cuesta $ 6000, incluyendo el uso de los equipos de la escuela.

Omar Marino vuela en parapente hace casi 20 años y explica lo que le sucede al volar: “Una vez que estuviste en el aire querés vivir en el cielo. Lo primero que hacés cuando te levantás es mirar el cielo a ver si se podrá volar. Incluso te acostás leyendo el wind-gurú para ver las posibilidades al día siguiente, y durante el día lo consultás a cada rato en el celular como por reflejo. Esto se nos vuelve una obsesión. Es que aquí necesitás un nivel tan alto de concentración que cuando estás en el aire no podés pensar en otra cosa: tu mente queda en blanco, salvo para esto. Entonces te olvidás de todo y te relajás mucho. Yo creo que muy pocos de noso-tros vamos al psicólogo. Tus hijos te dicen: ‘Papá, ¿no podés ser como un hombre normal que juega al fútbol?’. Pero yo en el techo de mi casa tengo una manga para mirar la dirección del viento. Y cuando pasa una semana sin volar, estamos en problemas”. Así de complejos y de simples son los hombres que vuelan.

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El “castillo” del Club Argentino de Polo, desde una perspectiva privilegiada.
 
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