turismo

Domingo, 10 de agosto de 2014

PERU. EN EL CORAZóN DE LIMA

Tan vieja como nueva

Caminata por el renovado centro histórico de Lima, en torno de la Plaza de Armas, donde la capital peruana revela su pasado y su cultura, incluyendo la gastronomía que hoy da la vuelta al mundo. Un paseo con húsares, balcones, literatura y monasterios.

 Por Pierre Dumas

Lima, la Plaza de Armas. El corazón de la ciudad, el epicentro del Perú. En las fotos de los blogs y guías turísticas resplandece bajo un cielo celeste, que aumenta el contraste con el ocre de los edificios y balcones de madera tallada. Pero es sólo en la foto: en la Lima real el cielo está uniformemente gris. Y aunque parece anunciarse una inminente tormenta, nadie tiene paraguas. Ana María, la guía, barre las suposiciones con una sonrisa: “No va a llover, y menos a diluviar. Este cielo es el que tenemos casi todo el tiempo, salvo durante contadas semanas a principio de año”.

De algún modo, el cielo hermético combina con el recuerdo de las muchas lecturas que evoca Lima, empezando por La ciudad y los perros. Si en otras partes del mundo el techo gris es sinónimo de invierno, aquí es el paisaje cotidiano, donde los colores los pone la gente que viene a pasear para disfrutar la renovación y seguridad del centro histórico, espejo de la gloriosa capital virreinal.

EN TORNO DE LA PLAZA Hace unos años –comenta Ana María– el centro estaba lejos de ser tan ameno: “Se salía de un largo período de violencia y el país todavía no había pegado el gran salto económico que vivimos ahora. Por suerte es parte del pasado”. Lo único que no cambió con los años es la pose severa de los húsares de Junín, frente al Palacio de Gobierno. La plaza está rodeada además por la Municipalidad y la Catedral, en el mismo emplazamiento donde la ubicó Francisco Pizarro hace casi cinco siglos, a orillas del río Rímac y sobre una vía entre el océano y Cusco. En esa época, todo lo que brillaba era oro: a los primeros habitantes de Lima los deslumbraban más las riquezas que llegaban de los Andes y partían del puerto rumbo a Europa que el cielo brumoso sobre la ciudad.

Por la noche, a los uniformes rojos y azules de los húsares y a los canteros floridos se les suma la iluminación de los edificios nocturnos, que rebota en halos en torno de los focos de luz y crea un efecto entre nostálgico y fantasmagórico según el ánimo de quien lo mire. Mientras tanto, sobre un costado de la plaza –entre el Palacio de Gobierno y el antiguo edificio del Correo– una plazoleta es el punto convocante de familias, novios, amigos y turistas que se sacan fotos día y noche: es el Parque de la Bandera, donde flamean permanentemente los colores peruanos en el sitio de una histórica estatua de Pizarro, hoy removida.

Sobre un banco de la plaza un ejemplar de El Comercio, abandonado por un lector de paso, pregona desde los titulares que el Jirón de la Unión es la quinta calle más cara de América latina. También es una de las principales avenidas comerciales de Lima, que en cinco cuadras une las dos principales plazas céntricas: la de Armas y la de San Martín, dominada por una estatua ecuestre del Libertador.

MIRAR SIN SER VISTO La mayor parte de los primeros edificios de Lima no resistieron el gran terremoto de 1746. Los que hoy bordean la plaza son réplicas o construcciones posteriores. La Catedral es del siglo XVIII, el Palacio del Arzobispo de 1920, la Municipalidad de 1940 y el Palacio de Gobierno (levantado sobre el palacio de Pizarro) se terminó en los años ’30. Los estilos arquitectónicos elegidos, pero sobre todo los grandes balcones de madera oscura tallada, le dan una unidad que podrían envidiarle muchas otras capitales del continente. Los balcones, en sí, son verdaderas obras de arte. “En tiempos coloniales la virtud de las chicas de las familias de la alta sociedad era celosamente cuidada –explica nuestra guía–, de modo que empezaron a colocarse estos balcones cerrados que permitían a las chicas ver lo que pasaba en la plaza y en las calles. Porque no podían salir de sus casas como y cuando querían, pero deseaban enterarse de todo y que al mismo tiempo nadie las viera desde el exterior.” Ver y no ser visto: un programa tan sencillo y tan viejo que aquí se convirtió en arte.

Uno de los balcones, nos cuentan, es más famoso que otros. Se encuentra a un costado del Palacio de Gobierno y pertenece a la Casa del Oidor, la más antigua en pie en torno de la plaza. El balcón da vuelta a la esquina y ocupa las dos fachadas de esta casona de principios del siglo XVIII que fue sede de la Real Audiencia, el palacio de justicia en tiempos virreinales. Ana María agrega que “se lo llama así porque se cuenta que allí se apostaban gentes que escuchaban desde el balcón, sin ser vistos, los rumores que comentaba la gente en la calle y los reportaban a los gobernantes”. Tal vez sólo sea leyenda. Lo cierto es que desde este balcón José de San Martín recibió la ovación de los vecinos de Lima.

MENTE Y CUERPOEl paseo sigue por calles adyacentes. Caminando en dirección al río se llega a la Estación de los Desamparados, antiguamente la estación de ferrocarril de Lima. Hoy sale solamente un tren turístico, famoso por ser el más alto de América latina, que cruza los Andes entre decenas de puentes y túneles. Para comprar pasajes y conocer los horarios hay que preguntar a una encargada del museo: porque la estación se reconvirtió, hace algunos años, en la Casa de la Literatura Peruana, una suerte de centro cultural dedicado a los grandes autores del Perú. Hay exposiciones y, en el subsuelo, una biblioteca exclusivamente dedicada a la obra de Mario Vargas Llosa. El resto de la estación-museo merece la visita por sus salas y sus exposiciones temporarias, que subrayan el aporte del Perú a las letras latinoamericanas.

A pocas cuadras se celebra otro de los grandes aportes peruanos al mundo: la comida. La muy oficial Casa de la Gastronomía Peruana ocupa parte del ex Palacio de Correos (ese título aún se anuncia desde el frente), a pasos de la Plaza de Armas. No hace falta recordar que la gastronomía peruana es un boom transnacional, de modo que el museo interesará a todos los viejos y nuevos adeptos al ceviche o las papas a la huancaína, así como a los seguidores de los emprendimientos del chef Gastón Acurio. El lugar en particular está dedicado a la diversidad de platos e ingredientes de la cocina peruana, que impacta si se recuerda que aquí se conocen más de 3000 variedades de papa. También hay una sala dedicada al pisco, iniciación ideal para luego llegar hasta el bar del cercano Hotel Maury, donde se dice que nació el pisco sour. O, al menos, su leyenda.

Unos pasos más allá, siempre por el Jirón Junín, se llega a la iglesia de Santo Domingo, una de las tantas que existen en el centro histórico de Lima, muy visitada porque guarda en sus altares reliquias de los dos santos peruanos: Santa Rosa y San Martín de Porres. A cuatro cuadras, por el Jirón Ancash se puede hacer un alto en el Monasterio San Francisco. En el camino se cruza el Jirón Carabaya, donde hay una zapatería tradicional que confecciona botas de cuero a medida y varios negocios de recuerdos con todo lo imaginable. El Monasterio San Francisco, por su parte, merece la visita por su impresionante biblioteca colonial de 25.000 volúmenes encuardernados en pieles y pergaminos de los primeros tiempos de la conquista y la colonia.

La tarde del domingo está por terminar y también Ana María termina su visita frente a las rejas del Palacio de Gobierno. Los húsares no movieron ni una ceja en todo este tiempo, o así parece ahora que la plaza y los edificios empiezan a iluminarse. La noche es tempranera cerca de los trópicos, aunque el clima no esté a tono. El cielo, como los húsares, tampoco ha cambiado y permanece uniforme: sólo la niebla se transformó en una garúa insistente, que invita a las últimas fotos y a regresar al hotel. Al día siguiente –promete Ana María– aún hay mucho más para conocer de Lima y de sus barrios estelares, San Isidro y Miraflores.

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La antigua estación se convirtió en un Museo de las Letras, con un área especial para Vargas Llosa.
 
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