turismo

Domingo, 26 de octubre de 2014

BRASIL. PLAYAS DEL NORESTE EN MACEIO

El mar y 17 lagunas

Crónica de un viaje a Maceió, en el noreste de Brasil. Un puñado de playas de aguas dulces y saladas, arrecifes de coral y piscinas naturales conocidas como el “Caribe brasileño”, para soñar con el verano que se aproxima.

 Por Guido Piotrkowski

Fotos de Guido Piotrkowski

“Além, muito além onde quero chegar/Caindo a noite me lanço no mundo/Além do limite do vale profundo/Que sempre começa na beira do mar...”

(Mucho más allá de donde quiero llegar,/cuando cae la noche me lanzo al mundo,/más allá del valle profundo,/que siempre comienza en la orilla del mar...)

Ze Ramalho, el autor de esta letra, no es de Alagoas, pero es nordestino, y como tal su poesía encarna el arquetipo del morador de esta región, donde reina el forró, ese ritmo que se baila de a pasitos, que suena a triángulos y acordeones, que sabe a mar y desierto, a sierras y caña de azúcar. Las tierras que trajinaron mitos como Lampiao, el Robin Hood nordestino del siglo XIX que saqueaba estancieros, y Zumbí, el héroe guerrero afrobrasileño del Quilombo de Palmares, el último bastión de la resistencia negra antiesclavista. Ambos fueron derrotados finalmente por las fuerzas realistas portuguesas, pero sus historias de rebelión aún retumban en los valles profundos del sertao y las sierras tapizadas de caña de azúcar.

Alagoas –entre lagunas– es la cuna de los dos primeros presidentes brasileños, Deodoro da Fonseca y Floriano Veira Peixoto. Y es también en estas costas de atardeceres cortos, y doce horas de luz todo el año, donde nacieron juglares como Djavan y genios experimentales como Hermeto Pascoal. También hay un pasado colonial que dejó su huella en el pequeño pero atractivo centro histórico de Maceió, la capital estadual, que tiene una preciosa iglesia azulejada, y en ciudades históricas como Marechal Deodoro. Se trata de un componente opacado por el brillo de sus playas y la opulencia histórico-cultural que ostentan sus vecinos bahianos y pernambucanos.

No es poca cosa para este pequeño estado, el segundo más chico detrás del vecino Sergipe al sur, que quedó entre la desmesurada Bahía –con quien limita en el interior, en el duro sertao– y el explosivo Pernambuco, al norte. Una pedazo de tierra que apenas supera a Tucumán en superficie y donde hay una ristra de 230 kilómetros de playas, entre las que están dos de las diez mejores de Brasil, Gunga y Playa del Francés, según destacadas guías viajeras. Y también algunas de las mejores de la región, como Maragogi, famosa por sus piscinas naturales. Por algo será que le dicen el Caribe brasileño.

LA CAPITAL Son las diez de la mañana y Nilson ya terminó su faena diaria. No había mucho pique, así que volvió temprano. De otra manera –dice Nilson, apostado en un bote a la sombra de un árbol de cajú, en la Playa de Ponta Verde– hubiera regresado por la tarde. Nilson trajo una caballa para el almuerzo, aunque la especialidad de estos mares sea la çioba, y ahora se va a premiar con unas dosis de cachaça antes de la siesta. Quizá por la tarde vuelva a salir en su jangada, una balsa de madera que utiliza una vela más grande que la propia balsa y es la embarcación típica del noreste. Mientras tanto, un grupo de pescadores ayuda a entrar la jangada recién llegada de alta mar en la playa. No la arrastran ni la levantan, sino que colocan un tronco por debajo, la empujan entre varios y así se desliza y avanza un par de metros, operación que deberán repetir varias veces para finalmente dejarla estacionada en su lugar. Más allá, otro grupo teje una red bajo la sombra de un árbol de cajú.

“Maceió es un nombre indígena, que viene de Maçaiote, o ‘lo que tapa el pantano’, en idioma de los indios caetés”, explica el guía Ricardo Fiori. “Los portugueses no podían decir la palabra completa y así derivó en Maceió.” Los caetés eran caníbales, al parecer les gustaba devorar conquistadores, y se comieron al primer obispo de Brasil, Pero Fernandes Sardinha. Por eso serían perseguidos y esclavizados por los portugueses hasta su exterminio total.

Además de Ponta Verde, ubicada en el corazón de la ciudad, Maceió tiene cuarenta kilómetros de costa. La parte sur, desde la playa de Jatiuca hasta Pajuçara, pasando por Ponta Verde y el faro, es la más frecuentada. A lo largo de la rambla hay barracas (kioscos) que venden las tradicionales tapiocas (panqueques de harina de mandioca salados o dulces), açaí (fruto enérgetico del norte, que parece un helado), jugos de todas las frutas tropicales habidas y por haber, pescado y carne seca con mandioca frita.

El plato típico de Alagoas es el caldo de sururú, un berberecho cocido en leche de coco que, dicen que dicen, es afrodisíaco. Y lo sirven, entre camarones y otras delicias de mar, en la mejor barraca de la ciudad: Lopana. Ubicada en la rambla de Ponta Verde, es perfecta para ir de noche y darse una panzada de frutos de mar, con música en vivo de fondo y vista al horizonte estrellado.

RUMBO SUR Gunga y Playa del Francés están ubicadas unos 20 kilómetros al sur de Maceió. Al salir de la ciudad bordeamos la Laguna de Mundaú, que en caeté –siempre según las esclarecedoras palabras del guía Ricardo Fiori– significa “río de aguas cristalinas”. Mundaú es una de las diecisiete lagunas que tiene Alagoas, y aquí habita el famoso sururú. Cuando sube la marea, se llena de agua salada, y cuando baja, queda el agua dulce. Es en ese momento cuando los pescadores aprovechan para extraer el berberecho más famoso del noreste.

La Playa del Francés es una buena alternativa para hospedarse cerca de Maceió. La pequeña y apacible villa está situada a tres kilómetros del centro histórico de Marechal Deodoro, donde nació el primer presidente brasileño. Considerada una de las más hermosas playas del país, tiene varias posadas y buena gastronomía.

Camino hacia allí, en el barrio de Pontal da Barra, hay una calle donde las mujeres hacen manteles, blusas, vestidos y más, utilizando la técnica del bordado filé, artesanato tradicional alagoano, cuyo saber se pasa de generación en generación.

Para llegar a la playa de Gunga hay dos opciones: la primera es atravesar en un vehículo los campos de don Nivaldo Jatoba, el rey del coco, que tiene 80.000 palmeras de las que no desperdicia ni una gota para los productos de su empresa. Hay que pagar en efectivo los veinte reales que cuesta atravesar su estancia. La segunda opción es tomar una embarcación en la isla Santa Rita, donde la laguna de Mundaú se junta con la de Manguaba, e internarse por el estuarios del Roteiro, navegando frente a los manglares y contemplando la faena de los pescadores. Al llegar se devela por qué está considerada una de las más lindas playas brasileñas.

La embarcación rodea las costas de esta lengua de arena y palmeras que divide aguas dulces y saladas, y se aleja para la panorámica perfecta que enmarca a un lado las olas del Atlántico y al otro las apacibles agua del estuario.

En Gunga hay dos alternativas: tumbarse directamente frente al mar o hacer un paseo de buggy por la playa. Son siete kilómetros a toda velocidad y a los saltos, para descubrir un precioso cañón de acantilados terracota, erosionados por quince millones de años de vientos y lluvias, que resultaron en otras quince tonalidades diferentes. A sus pies, una más de las diecisiete lagunas.

RUMBO NORTE Maragogi es la postal de Alagoas. Aunque su playa no sea tan espectacular como la de Gunga, éste es el lugar por el que todos vienen, por el que todos preguntan al llegar, cuando bajan del avión en el aeropuerto de Maceió. En Maragogi están las famosas piletas naturales, las más grandes de Brasil.

Pero ojo: quienes quieran viajar hasta aquí para ver las piscinas soñadas y multiplicadas en gigantografías deberán tener en cuenta que su existencia depende pura y exclusivamente del flujo de las mareas, y que se forman cuando hay bajamar. Además, para protegerlas y que no ocurra lo mismo que en Porto de Galinhas, donde según el guía los corales fueron destruidos por no tomar las precauciones necesarias, aquí el cupo diario de turistas está limitado. “En Maceió trabajamos todo en función de las mareas. Cada seis meses tenemos la tabla y en base a eso hacemos la programación”, explica Ricardo durante el trayecto de dos horas por un camino de sierras verdes tropicales y cañas de azúcar. Pero aun así el mar y la naturaleza deparan sorpresas. Si llega a haber “marea muerta” o “resaca”, como le dicen por aquí, tampoco habrá piscinas, señala Ricardo. “Eso es algo que no podemos prever, sólo lo sabremos dos días antes”, se excusa.

Las mismas embarcaciones que hacen la excursión hasta el sector de piletas naturales tan caribeñas, transparentes, claras y cálidas, realizan un paseo hasta un banco de arena con aguas también tibias, verde esmeralda, y retirado de las costas. No será el sueño de la bajamar y los pececitos de colores, pero resulta un paseo entretenido y es una buena alternativa para aquellos que no planifiquen el viaje a Maceió con la tabla de mareas bajo el brazo.

Porque de todas maneras, como insinúa el trovador Ze Ramalho, más allá del valle profundo está la orilla del mar. El lugar perfecto para meditar.

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Un banco de arena en Maragogi, rodeado de aguas verde esmeralda de tibieza caribeña.
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