turismo

Domingo, 1 de febrero de 2015

SANTA CRUZ. VIAJE A LOS ALREDEDORES DE EL CHALTéN

Entre desierto y glaciares

Un viaje a fondo por la verde y desolada zona que rodea al Lago del Desierto en El Chaltén, para dormir en un ecolodge en medio del bosque andino con un glaciar frente a la ventana. Caminatas por donde nunca hay nadie, playitas de agua cristalina y un trekking hasta el glaciar Huemul.

 Por Julián Varsavsky

Fotos de Julián Varsavsky

En El Chaltén están varios de los paisajes más deslumbrantes de la Argentina. Pero en un viaje corto –o con la tradicional “escapada” en el día desde El Calafate– gran parte de los viajeros se pierde de conocer algunos de los mejores. Es cierto que hay que su-dar la camiseta para alcanzar los miradores, pero varios de los circuitos de la Capital Nacional del Trekking –título otorgado por el Senado de la Nación– son caminatas sencillas que cada cual hace a su ritmo. Lo cierto es que la variedad de paisajes justifica quedarse no menos de seis días explorando a fondo la seccional norte del Parque Nacional Los Glaciares y el Lago del Desierto.

Se necesitan al menos tres días con base en el pueblo de El Chaltén para recorrer los mejores circuitos del Parque Nacional: la navegación por el lago Viedma con trekking sobre el glaciar y las caminatas a los lagos De los Tres y el Torre. Y tres días más se justifican para explorar a fondo y sin apuro el Lago del Desierto, fuera del Parque Nacional, durmiendo en sus orillas.

Un picnic junto al Lago del Desierto, la zona que estuvo en el centro de disputas fronterizas.

SOLOS JUNTO AL LAGO Al llegar a El Chaltén tomamos una combi regular que hace la excursión en el día al Lago del Desierto, pero usándola en nuestro caso como transfer y paseo a la vez. Porque al llegar al puerto nos espera la lancha del ecolodge Aguas Arriba, adonde se llega navegando o con una caminata opcional de tres horas (las valijas irían en la lancha de todas formas).

Zarpamos y bajo la transparencia perfecta del agua se ven pasar las truchas arco iris. La embarcación surca el Lago del Desierto y vamos por la parte baja de un gran “anfiteatro” de montañas cubiertas por el bosque andino, cuyo verde se interrumpe al comenzar la nieve cerca de la cumbre con sus glaciares colgantes. La densidad vegetal no deja claros y los árboles crecen desde la orilla del agua.

En un momento aparecen dos cóndores volando cerca de la superficie del lago, una rareza que nadie había visto antes por aquí, ya que andan siempre por lo alto. Entonces el capitán de la lancha dice que miremos hacia atrás y al fondo se levanta la imponente cara norte del cerro Fitz Roy, con su filo de piedra como una cuchilla gigante apuntando al cielo.

A los 20 minutos de navegación ya divisamos el edificio de dos pisos de madera del ecolodge camuflado entre la vegetación. Mientras atracamos aparece un huésped danés, un valiente que, como si nada, se tira a las frías aguas del lago desde una playita junto al muelle.

El lodge tiene apenas cinco lujosas habitaciones y nos recibe la pareja de dueños de casa: Ivor Matovic y Patricia García, quienes hace siete años decidieron invertir sus ahorros en levantar un ecolodge muy adentro en el bosque del Lago del Desierto.

Los amigos expertos en negocios les decían que estaban locos, que pensaran en la tasa de retorno, que iban a perder la plata. Pero Ivor en persona cruzó el lago 2500 veces a lo largo de cuatro años, llevando los materiales en su lancha. Y trajo a diez carpinteros de Misiones que levantaron el lodge junto con él, quien dormía en una carpa. Justo el día en que su esposa lo convenció de que se mudara dentro de la estructura del edificio, una lenga gigante tumbada por el viento cayó encima de la carpa cuando él no estaba.

“Como habrás notado, los que nos importa acá es la belleza del lugar donde vivimos seis meses al año y no la tasa de retorno. Yo trabajé 27 años en una petrolera y acá me dedico a disfrutar de la vida con mi mujer. Este no es para nosotros un hotel sino nuestra casa, que abrimos a los huéspedes como quien recibe amigos”, cuenta Ivor, y nadie que converse con él cara a cara podría decir que no se lo ve feliz.

En el camino al glaciar Huemul, ante la imponencia andina en todo su esplendor.

UN GLACIAR POR LA VENTANA Ivor, Patricia y los huéspedes nos despertamos cada mañana viendo el glaciar Vespignani por la ventana, así como los picos nevados que se reflejan invertidos en lago. Luego desayunamos con el mismo panorama desde el ventanal del comedor.

Entones Ivor sale a caminar entre los bosques con algunos huéspedes, o a veces se embarca a pescar truchas con otros. También hay una guía oficial para las caminatas más exigentes.

Nosotros arrancamos el primer día con el plato fuerte de la zona: la caminata al glaciar Huemul. A media mañana Ivor nos conduce con su lancha a la punta sur del lago –por donde habíamos llegado– para caminar unos metros hasta la entrada del camping donde nace el sendero hacia la laguna Huemul (se cobra una entrada de $ 100).

Al comienzo se camina por una planicie con pasto verde para entrar luego a un hermoso bosque de lengas muy altas. Bordeamos un arroyo de deshielo a un ritmo relajado y al llegar a un mirador vemos el gran valle, al fondo del cual está El Chaltén.

En 45 minutos alcanzamos las aguas turquesas de la laguna Huemul. La primera visión del espejo de agua nos detiene la marcha por el deslumbramiento. Y desde sus orillas vemos de cerca el glaciar cuyo deshielo forma círculos de agua. Ivor –siempre detallista– nos sirve té con budín marmolado de chocolate y vainilla frente al glaciar.

Allí nos sentamos a reposar sobre unas rocas, no tanto por el cansancio sino por el placer de contemplar el paisaje. El descenso es mucho más sencillo y en media hora estamos otra vez en la entrada. Carlos –un baqueano de la zona– nos tienta con unos bifes al disco, pero Ivor tiene un plan aún mejor.

Por un puente colgante cruzamos el río Las Vueltas –un desagüe del Lago del Desierto– para bordear la costa por seis kilómetros rumbo al lodge. Es decir que lo que hemos hecho navegando ahora lo desandamos a pie por un sendero donde casi nunca transita nadie.

Ya reina el hambre en el grupo pero nadie se atreve a decir nada. La caminata por el bosque es maravillosa y nos salen al paso cauquenes solitarios. Pero sabemos que se tarda tres horas en llegar a destino, Ivor no dice nada y ya hemos pasado el mediodía. A la hora de caminata aparece por el lago la lancha de Aguas Arriba y se detiene en una playita: allí llega la comida.

Ivor pone una manta sobre la arena y comienza a desplegar las delicias: empanadas que preparó el chef con su toque personal, quesos pategrás, gouda y roquefort, jamón crudo, aceitunas, salame, frutos secos, pan casero con semillas de girasol, manzanas y budines.

El clima que rodea al picnic no podría ser mejor: no hay viento ni calor y reina un silencio sublime, con el Fitz Roy despejado. Saboreamos hasta el último bocado, brindamos con vino tinto y nos recostamos a dormir la siesta a un metro del agua.

Llegamos a Aguas Arriba a media tarde a tomar el té. Para la cena el chef correntino Andrés Molina prepara una bondiola de cerdo a la cereza y azúcar negra con puré de manzana. En las siguientes comidas habría ñoquis de calabaza con estofado de cordero, trucha a la manteca, raviolones de acelga con cubos de truchas y tournedos de lomo envuelto con panceta y puré de papas con verdeo y manteca.

El día termina con huéspedes y dueños de casa tomando tragos en el amplio living con ventanal frente al lago, junto a un hogar de leña. Se supone –mera teoría– que Ivor y Patricia están trabajando. Pero disfrutan atentos de la charla mientras cuentan que ellos siempre les dicen a sus visitantes que Aguas Arriba es un complemento de El Chaltén, es decir que recomiendan dormir antes dos noches allá y después venir a explorar esta zona, que es muy diferente. Además aquí se puede hacer pesca de truchas con mosca, caminar hasta el pie del glaciar Vespignani y visitar unas cascadas encajonadas entre unas grietas en medio del bosque. Intervienen en la charla el danés y su esposa, quienes cuentan que viajan por el mundo haciendo caminatas de muchas horas por lugares de desolación absoluta, allí donde no se cruzan con ningún otro caminante en toda la jornada. Por eso mañana los llevarán a un circuito hasta el límite con Chile, donde se darán ese gusto tan personal en busca de paisajes con virginidad absoluta.

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Al abrigo del bosque andino, lejos de todo, se levanta el lodge Aguas Arriba.
 
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