turismo

Domingo, 25 de octubre de 2015

COLOMBIA > EL CARIBE EN SAN ANDRéS

La isla más bonita

El paraíso tropical, dibujado en el imaginario colectivo con palmeras, arena blanca y barreras coralinas, se materializa en la colorida San Andrés, donde las tierras colombianas ofrecen lo mejor de sus destinos de playa. Piña colada, cayos y baile frente a los increíbles colores del mar.

 Por Graciela Cutuli

Fotos de Graciela Cutuli

Isleños o raizales. Castellano o kriol. Johny Cay o Haines Cay. Aquarium o San Luis. Piña colada o coco loco. Apenas se llega a San Andrés, el vocabulario cambia al “modo vacaciones”, y cualquier cosa que haya habido antes de aterrizar en esta isla colombiana –situada casi a 800 kilómetros de las costas continentales de Colombia y mucho más cerca de Nicaragua, eje además de una disputa territorial entre ambos países- queda definitivamente atrás. La insularidad de San Andrés define absolutamente la identidad de este territorio, cuya compleja historia hoy se hace palpable para el viajero apenas pisa a esta “isla de la fantasía” que parece dueña de un eterno verano y de todas las variantes del azul.

Las dos personas que vienen a recibirnos al aeropuerto son una muestra pequeña pero significativa de la población sanandresana: Paul, el chofer, es “raizal”, es decir que sus abuelos y bisabuelos son de la isla. Los raizales son los pobladores originarios, emparentados con los indígenas de la Costa de los Mosquitos nicaragüense, pero también con los esclavos africanos llevados hace generaciones. Su existencia como una cultura de identidad propia fue reconocida por el Estado colombiano recién en 1991. “Hasta 1988 –explica el guía Deivi Bolaño, que se define como isleño pero no raizal porque se llegó desde otra región colombiana- cualquiera podía venir y quedarse. Después de ese año, sólo pueden establecerse los que generan empleo, o los nacidos en la isla”.

Quienes hayan estado en Jamaica reconocerán cierta cercanía entre San Andrés y la isla del reggae, en parte por la herencia africana, y en parte porque los raizales hablan inglés por razones históricas. Porque si el archipiélago fue descubierto en el primer viaje de Cristóbal Colón, en 1492, y luego fue puesto bajo dominio de la Corona española, los primeros colonos fueron ingleses procedentes de los asentamientos británicos en otras islas del Caribe. Todo bajo la batuta de una empresa inglesa, la Company of adventurers of the city of Westminster for plantation of the islands of Providence or Catalina, Henrietta or Andrea and adjacent islands lying upon the coast of America. A principios del siglo XVII fueron llevados los primeros esclavos africanos, y más tarde llegó el célebre pirata Henry Morgan, que atacó con constancia numerosos puertos españoles en el Caribe. Finalmente, en el siglo XVIII España reclamó y recuperó el control sobre el archipiélago. Para entonces, la población ya hablaba el inglés que conserva hasta el día de hoy, y el kriol –o créole- nacido entre los esclavos como una deformación del inglés, como una lengua propia de comunicación. Paul, que habla kriol con fluidez, nos da algunos ejemplos: y efectivamente, resulta imposible comprenderle las más sencillas expresiones del inglés en esa lengua propia nacida de la necesidad de aquellos pobladores esclavizados. Los vaivenes de la historia de San Andrés, sin embargo, no terminan aquí: en la gente está bien presente la disputa entre Nicaragua y Colombia, que se saldó en 2012 con un fallo salomónico: las islas para Colombia… y las aguas para Nicaragua, que se encuentra a sólo 50 millas náuticas. “Nos dejaron la isla, pero nos quitaron el agua para pescar”, nos dirá una de las chicas que atiende en el Royal Decameron Aquarium, cuando se presta a hablar del conflicto durante un rato de descanso. Hija y nieta de una familia de pescadores, vivió a flor de piel las consecuencias que ello implica para la economía de la isla.

Construido sobre el mar, el Royal Decameron Aquarium es una inmersión caribeña total.

LA CUEVA DE MORGAN Construido sobre el agua, con balcones que dan directamente al corazón de ese mar Caribe que, según se dice, en San Andrés tiene siete colores, el hotel Royal Decameron Aquarium es un all inclusive que integra una de las cadenas más conocidas de la isla. “La isla –dice Deivi- tiene 27 kilómetros cuadrados y la forma de un caballito de mar. El Aquarium está precisamente en la cabeza”. Con distintas propuestas y ubicaciones, completan la serie Decameron el San Luis, Los Delfines, Maryland, Marazul y El Isleño, además del club de playa Rocky Cay, donde se logra a la perfección aquello que los visitantes vienen a buscar a San Andrés: un día totalmente despejado de nada que no sea la arena coralina, las palmeras, el mar tranquilo como una pileta transparente y sucesivos tragos que van desde la popular piña colada al arriesgado coco loco, mezcla casi letal y en partes iguales de vodka, tequila y ron blanco, más jugo de limón y leche de coco.

Es buena idea, sin embargo, hacer un “city tour”, el nombre que se le da aquí a una excursión para dar una vuelta completa a la isla y conocer algunos lugares donde vale la pena detenerse un rato para asomarse un poco más a su historia y su conformación geográfica. “Donde ven que se termina la playa –indica nuestro guía a poco de salir- comienza la roca coralina. Se ve oscuro pero su color natural es el blanco, y es una superficie sobre la que no se puede caminar. Y observen también que el agua es azul oscuro, una señal de su profundidad: esta es la zona de mar abierto”. San Andrés fue declarada Reserva de la Biósfera, por lo tanto las construcciones se concentran en el lado norte, pero el 70 por ciento de la isla no es constructible. Para una población que se estima en 90.000 habitantes, la situación no es fácil de resolver y se suma a la escasa disponibilidad de agua potable, que los isleños deben comprar a los vehículos cisterna que distribuyen el agua desalinizada. Nada que no sea habitual en un lugar donde la insularidad –con sus ventajas e inconvenientes- domina el ritmo de la vida diaria. Al viajero atento le gustará tenerlo en cuenta y contribuir al cuidado de este ambiente que depara sorpresas increíbles en los pequeños cayos que brotan como sendas “islas del tesoro” en el medio de un mar increíblemente transparente. Eso implica no levantar ni llevarse caracoles ni arena, no sólo porque está prohibido, sino también porque implica un daño a las playas, ya sometidas a la erosión marítima y eólica que genera su ubicación geográfica.

La vuelta a la isla permite conocer el complejo donde se visita la Cueva de Morgan, que según la leyenda alberga el tesoro aún oculto del temible pirata, y el Museo del Coco, que muestra la historia y diversidad de este fruto tropical. “Desde el siglo XVI al XVIII –cuenta Zulemia, raizal y guía del lugar- se exportaban cocos de gran tamaño, pero luego ese tamaño fue disminuyendo”. Al mismo tiempo, muestra curiosidades como los medidores que se usaban para clasificar los cocos por tamaño, las espuelas que se clavaban en las palmeras para trepar y sacar el fruto, y el rallador utilizado para hacer el rondón, plato típico que lleva leche de coco y se come con arepas de harina de trigo.

El complejo de la Cueva de Morgan incluye la réplica de un barco pirata, una Galería de Arte Nativo donde se exhiben obras hechas con piedra coralina pero también llantas y botellas, y un Museo del Pirata, con un 85 por ciento de materiales originales, hallados en los mares de San Andrés y Providencia. “Los garfios –puntualiza Zulemia- pasaron a la mitología popular como el reemplazo de la mano de un pirata manco, pero en realidad eran armas defensivas que se utilizaban para degollar”. Inevitablemente, corre un escalofrío al pensar que estos mares dignos de un paraíso fueron también el escenario de luchas sin cuartel por tesoros que tal vez están todavía escondidos en el fondo de la Cueva de Morgan, último lugar de la visita y sin duda el plato fuerte del lugar.

La vuelta a la isla sigue y depara algunas postales: una pareja de novios que se saca una foto de bodas –él de traje, ella de vestido blanco- parados en un balcón frente al mar. La bahía del Cove, donde se ve numerosa policía (“hay que recordar que esta es una isla de frontera”, apunta Deivi). Iglesias católicas, evangélicas y bautistas, donde se da cita la población tradicional. Los comercios, en su mayoría en manos de libaneses musulmanes, que tienen su propia mezquita. Y sobre todo, dos atractivos naturales que concentran a numerosos turistas: la Piscina Natural West View, donde se puede saltar desde un trampolín al un mar lleno de peces coloridos para hacer snorkel, y el Hoyo Soplador, un pseudogéiser que salta con fuerza cuando el vaivén del oleaje cubre un agujero entre las rocas, y el agua puja por salir provocando un fuerte chorro vertical. Desde aquí además se ve con claridad la barrera coralina que separa el mar abierto de la bahía: donde hay barrera –nos explican- es muy seguro bañarse, porque no pasa ningún pez grande.

El paseo sigue y pasa por la Playa de los Charquitos –entre las preferidas de las familias- y algunas casas tradicionales, construidas en palma de coco y madera nativa, que representaba la forma más económica de levantar una vivienda: sólo había que comprar los clavos, porque el resto de los materiales estaban disponibles en el lugar. Sobre todo la madera de los manglares (hay cuatro especies en San Andrés), de gran durabilidad frente a la salinidad del mar.

Cuando la vuelta a la isla termina, tenemos un panorama mucho más abarcador que antes, que va desde la diversidad de la población hasta la importancia de cuidar el ambiente. Y estamos listos para terminar el día en Rocky Cay, brindando con piña colada frente a los siete colores del Caribe.

Algunos de los celestes más transparentes de los siete colores del mar de San Andrés.

LOS CAYOS El Decameron Aquarium presta los kayaks para salir a remar… sin salir del hotel, y tiene su propia piscina marítima natural. Pero en San Andrés es imperdible la excursión a los cayos, a la que vale la pena dedicarle un día completo para disfrutar del paseo por estas islitas que son pura arena y palmera. Varios de los cayos que se visitan son tan pequeños que se rodean a pie fácilmente, pasando también a pie de uno a otro, con el agua hasta la cintura. Una de las excursiones más completas permite visitar Johnny Cay (nombre oficial Islote Sucre, uno de las más grandes en torno a San Andrés y también el mejor provisto en servicios), Rose Cay (popularmente conocido como El Acuario) y Haines Cay.

Generalmente se sale a las nueve de la mañana y se regresa a las cuatro o cinco de la tarde. El primer paso va del hotel al embarcadero, desde donde se parte para una navegación de diez minutos en lancha que deja en Johnny Cay.

“La isla –cuenta Mamacita, la guía que con persuasión férrea insta a la puntualidad del grupo, para no perder a ninguno entre las arenas del paraíso- cambió mucho desde que se convirtió en reserva. Antes se venía a pasar el día con música y tragos; ahora está muy controlada y se cuida la naturaleza”. Los incontables colibríes que revolotean entre las flores, y las iguanas que miran impasibles las lentes fotográficas que las rodean, son los principales agradecidos.

El ritual caribeño se cumple plenamente: trago de bienvenida servido en coco, descanso a la sombra de las palmeras e inmersión en un mar fascinantemente azul y cálido. Se podría pasar aquí el día entero –es una de las opciones- pero también vale la pena ir a Rose Cay, un islote bastante más pequeño y también más salvaje, donde se sirve el típico almuerzo isleño: pargo rojo frito y arroz con coco. Rose Cay tiene buenos motivos para ser conocido como El Acuario: es que uno de los sectores coralinos del islote es una verdadera reserva de peces de todos los colores y tamaños, donde es posible sumergirse fácilmente con máscaras de snorkel para sentirse exactamente como buscando a Nemo. Desde el sector opuesto, que está reservado para los baños de mar –un mar tan transparente que casi parece un espejismo- se puede cruzar a pie para llegar hasta el tercer cayo, Haynes Cay, más virgen todavía, casi desierto si no fuera por un pequeño barcito de aire jamaiquino. La travesía es muy sencilla, porque el agua llega en promedio hasta la cintura o el pecho, pero conviene llevar zapatillas sumergibles para pisar mejor entre la arena y el coral. Hay tiempo suficiente, si uno quisiera, para ir y volver más de una vez entre ambos cayos: pero sea que se camine de un islote a otro, sea que se nade entre los peces o que simplemente se tome sol sumergido en el corazón del Caribe, el día siempre parece terminarse demasiado rápido. Cuando Mamacita vuelve a reunir a su grupo para subir a la lancha de regreso, es como si hubieran dado las doce y la carroza tuviera nuevamente destino de calabaza: sólo que –concesión que no permiten los cuentos de hadas- en San Andrés el cuento sigue, en otras islas, y otras playas.

Las playas del centro, de blanca arena coralina y sombreadas por las palmeras.

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El city-tour o vuelta a la isla se puede hacer en las animadas “chivas” colombianas.
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