UNIVERSIDAD › DIáLOGO CON ADRIANA FELD, AUTORA DE CIENCIA Y POLíTICA(S) EN LA ARGENTINA

El Estado como promotor de la ciencia

Feld analiza el proceso de institucionalización del sistema científico desde 1943 y destaca el rol que cumplieron las políticas públicas. También recorre los cambios en la valoración de las ciencias y en la forma en que se concibe al científico.

En el libro Ciencia y política(s) en la Argentina –recién publicado por la Universidad Nacional de Quilmes–, la historiadora Adriana Feld recorre las políticas de ciencia y tecnología que signaron la producción nacional durante un período de 40 años, entre 1943-1983, en el que se sucedieron gobiernos democráticos y dictaduras sangrientas, proyectos nacionales y miradas internacionalistas. Feld escogió ese lapso para anticiparse brevemente a las iniciativas del primer peronismo, momento en el que se crearon instituciones emblemáticas del área, y culminar con la recuperación democrática del 83, año en que identificó el cierre de una etapa de “institucionalización” y el viraje de la discusión hacia nuevos horizontes. A lo largo del libro aparecen, en compleja interrelación, actores, aspiraciones y paradigmas diversos que, dejando de lado la idea que postula a la ciencia como un esfera neutral, la exhiben como un campo más donde lo que pregna es la disputa.

–¿La política científica del peronismo coincide con las versiones historiográficas más difundidas respecto a ese período?

–Me parece que en la historiografía no hay una clara definición del perfil de las políticas de ciencia y tecnología durante este período porque los trabajos que lo abordan son relativamente recientes y porque, si bien en estos años la política de ciencia y tecnología se plantea como una política explícita y se crean algunos organismos, es muy difícil ver cuestiones como los patrones de inversión en ciencia y tecnología o cómo se orientó la política en este área. Ahora, lo que uno tiene son algunas innovaciones institucionales y un énfasis retórico en algunas cuestiones. En la revista Mundo Atómico uno puede ver un discurso en donde la ciencia aparece como subsidiaria del desarrollo económico, fundamentalmente del desarrollo industrial y del desarrollo de algunos sectores estratégicos de interés militar y también, en algunos casos, como una forma de afirmación de la soberanía sobre el territorio. Una segunda cuestión que uno encuentra es un mayor énfasis sobre la necesidad de crear o fortalecer organismos de investigación insertos en estructuras ministeriales por sobre las universidades.

–Usted señala dos “culturas políticas” en torno de la política científico tecnológica: la burocráctico-estratégica y la académica. ¿Qué características tienen?

–En esos años hay una tensión entre la retórica oficial y la retórica de la elite científica argentina. No es una tensión propia de la Argentina, pero adquiere cierta virulencia en el marco de las tensiones políticas y socioculturales del peronismo. Digamos que si el discurso de Perón era muy nacionalista y señalaba la necesidad de planificar la actividad científica y que hubiera comités o consejos para las políticas científicas, el discurso de la elite académica era fuertemente internacionalista. Uno también encuentra en el discurso de la comunidad científica, que analicé a través de revistas como Ciencia e Investigación, cierta exaltación de la autonomía y de la libertad de investigación y cierta concurrencia a un discurso que después nosotros llamamos un discurso lineal, vinculado con el modelo de investigación lineal: que fomentando la ciencia básica se pueden obtener beneficios socioeconómicos de un modo casi automático, sin intermediación de otros tipos de instrumentos institucionales.

–¿Por qué el período 1955-1966 suele ser conceptualizado como los “años dorados” de la ciencia y la universidad nacionales?

–Es un modo de interpretar este período que tiene cierta coherencia con un proceso de creación o refundación de instituciones de ciencia y tecnología como el INTI, el INTA... Se crea el Conicet sobre la base administrativa del consejo que había creado Perón. Se produce también un proceso de cambio de formación en las universidades, con la creación de cargos exclusivos. Se crean laboratorios de investigación, nuevas carreras y la idea de asociar docencia con investigación. Eso coincide además con lo que se consideran los años dorados de la asistencia técnica internacional, con una gran afluencia de recursos de organizaciones norteamericanas. Se empiezan a establecer instrumentos para la formación de nuevos investigadores y criterios para evaluar la calidad de las producciones o para otorgar becas o subsidios. También intervienen otros factores. Por un lado, la marca del discurso de los protagonistas de la época, caracterizado por un espíritu refundacional y, por otro lado, hay una valorización de este período en función de lo que pasó después: lo más emblemático fue La noche de los bastones largos, que destruyó experiencias muy interesantes.

–¿Cómo fueron cambiando, durante el período analizado, las concepciones en torno de la figura del investigador?

–Yo analizo algunos editoriales de la revista Ciencia e Investigación de los años 60 y veo que si para los años 40, 50 la imagen del investigador aparece como una especie de sabio abnegado, como una figura excepcional, cuyas características principales son la objetividad, la capacidad crítica, el desinterés económico –la actividad científica como una especie de sacerdocio–, en las editoriales de esta revista ya aparece con rasgos más parecidos al hombre común, con sus pasiones, marchas y contramarchas.

–¿De qué se trata el cambio en la representación y valoración de la ciencia que ubica entre fines de los 60 y principios de los 70?

–Ahí analizo la emergencia de lo que hoy se conoce como el pensamiento latinoamericano en ciencia, tecnología y desarrollo. Sin perder de vista el panorama regional, trato de mirar la foto un poco más amplia y ver qué pasa en el mundo. Lo que sucede a fines de los ‘60 es que la ciencia y la tecnología se vuelven más claramente objeto de estudio en las ciencias sociales. Se empieza a cuestionar que la relación entre ciencia, tecnología y desarrollo no es tan lineal y que la investigación científica de excelencia que había tenido logros importantes en Argentina no es suficiente para lograr el desarrollo.

–¿Qué impacto tuvo en el sistema científico tecnológico la dictadura del 76?

–Este período está atravesado por interpretaciones vinculadas con dos rasgos salientes: con las políticas económicas liberales y con las represivas: con la violación de los derechos humanos. Este segundo aspecto yo no lo abordé porque es algo que me parece que se expresó de igual modo en todos los ámbitos: no sé si en el ámbito científico hay algo tan específico. Pero efectivamente hubo despidos, exilios, desapariciones y me parece más interesante mostrar cómo eso interrumpió ciertas trayectorias y líneas de investigación. Uno puede ver, por ejemplo, cómo la política de investigación y extensión del INTA viró hacia problemas de interés para las grandes corporaciones terratenientes en detrimento de otras líneas de investigación que se venían pensando a principios de los 70 y hacían hincapié en las economías regionales.

–¿Se puede concluir que en Argentina el motor de la ciencia estuvo centrado en el Estado y no en el sector privado? ¿Es una particularidad de nuestro país?

–Sí, a lo primero y no a lo segundo. Me parece que muchos países en la región tienen situaciones similares, aunque no es la tendencia mundial. En el caso de Argentina y de otros países de América latina hay una cultura que es muy débil en términos de demandas específicas y el Estado vino a suplir esa falencia.

Entrevista: Delfina Torres Cabreros.

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“A fines de los 60, la ciencia se vuelve más claramente objeto de estudio de las ciencias sociales.”
 
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