VERANO12

La hija de la aurora

 Por Marcelo Figueras

En el principio, cuando Luth todavía era Luth, la tripulación toda tenía la misma edad. (Entre otras calificaciones, habían sido elegidos precisamente por su edad. La selección era rigurosa a este respecto.) Pero a uno se lo eximió de la norma: se apartaría de ella de a poco, como quien se desangra. En su condición de líder de la expedición, Weh, el Oficial Político, envejecería a solas durante el viaje: según la Compañía, aquel a quien se le concedía poder debía pagar por el privilegio. Mientras tanto los tripulantes dormirían un sueño profundo, preservando su lozanía. Fue así que los viajeros se despidieron de un Weh aún fresco, graduado con honores de la Academia; la obsesión que lo había impulsado todavía quemaba en sus ojos. Sin embargo el Weh que los volvió a la vida, en la inminencia de su destino (Mak vio la nube roja que envolvía el planeta y dijo: “Esto no es lo que soñé”), ya no era aquel joven sino un viejo de melena gris, a quien el espacio había forjado en su silencio.

A lo largo de la travesía, la nave reanimó a Weh a intervalos regulares. Una vez en funciones corregía curso (se dirigían a una sistema de una única estrella, lo cual constituía una novedad) y efectuaba tareas de mantenimiento. Después realizaba amniocentesis, tantas como tripulantes. A excepción de Weh dormían sin interrupciones, flotando en una sopa orgánica; cualquier alteración de ese líquido habría sido alarmante. Al finalizar Weh se arrastraba a su nicho, en pos de la pequeña muerte del sueño. La obligación de tolerarlo todo en soledad consumía el grueso de su energía. Durante aquellos episodios de lucidez, el tiempo golpeaba además con la fuerza contenida durante la espera.

Apenas llegados Mak, el Oficial Científico, tomó mediciones del planeta. Su atmósfera era tóxica: metano, amoníaco, gases ricos en hidrógeno. Mak propuso sembrar cianobacterias en el océano de color cobre. Se alimentarían de las moléculas de agua, liberando el oxígeno necesario. Weh dio su beneplácito. Aun así sugirió que Luth permaneciese en la nave madre. El planeta estaba lejos de ser acogedor: la visibilidad era nula a causa de la niebla y los relámpagos. Los volcanes representaban un peligro aparte, producían vapores que devorarían los trajes y quemarían la piel. Pero Luth pidió que se le permitiese cumplir con su deber. Como segundo Oficial Científico, le correspondía llevar la bitácora de la expedición. ¿De qué serviría su presencia si no registraba las minucias del proceso?

La siembra fue exitosa. El planeta comenzó a oxidarse de inmediato.

Mientras aguardaba la culminación del ciclo (el cielo empezó a despejarse, una masa terrestre emergió de las aguas; con el tiempo se preguntaría si no había sido un presagio), Luth experimentó los primeros síntomas de la transformación. Tardó en reconocerlos porque no los esperaba. En teoría faltaba mucho para su próximo cambio, que sólo debía ocurrir después de finalizada la tarea, cuando ya hubiese regresado a casa –tal como había sido previsto para la tripulación entera–. No obstante la evidencia resultaba incuestionable. Sus formas perdieron angulosidad, su voz se volvió melodiosa, la palidez habitual se convirtió en fulgor.

Mak fue el primero en advertirlo.

“Ya no eres Luth”, le dijo. “Ahora eres Luth-i.”

La metamorfosis perturbó a la tripulación. ¿Cómo era posible que hubiese ocurrido, a pesar de los recaudos de la Compañía? ¿Acaso había mentido Luth, ahora Luth-i, sobre la fecha de su nacimiento? Luth-i rechazó la acusación por injuriosa, pero los demás no oían otra cosa que su pánico. ¿Qué ocurriría si ellos también resultaban afectados y las transformaciones se sucedían: si Weh devenía Weh-i, y Mak se tornaba Mak-i, y?

Weh atribuyó el fenómeno a los vapores hidroclóricos. Debían haberse filtrado dentro del traje durante una visita a la atmósfera enrarecida (Weh no se privó de recordarlo, había alertado sobre el riesgo) y obrado sobre el metabolismo de Luth. En cualquier caso lo relevante eran las consecuencias del asunto. Para no interferir con la misión pendiente, Luth-i debía mantenerse apartada de sus compañeros: preservarlos de su perfume, de la música con que ahora se expresaba, de su cuerpo transformado por el imperativo de engendrar vida.

Fue así que le ordenó que permaneciese en la nave, observando cuarentena. Con un poco de suerte la metamorfosis sería breve: al no recibir semilla su ciclo se acortaría, entonces volvería a ser Luth. Pero Luth-i pidió permiso para cumplir con su trabajo. Ahora que la atmósfera era respirable podía observar in situ la evolución del planeta; de ese modo se mantendría, a la vez, a prudente distancia de los suyos.

La reacción de Weh fue negarle el permiso, pero Mak intercedió. Para convencerlo exhibió muestras tomadas sobre el terreno. La vida se desarrollaba a velocidad extrema. (Un efecto del ritmo con que el planeta giraba, día y noche en un abrir y cerrar de ojos.) En la atmósfera nueva los organismos se habían diversificado, preservando el equilibrio: algunos liberaban oxígeno para vivir, mientras que otros lo consumían. Weh accedió al fin, recordándole a Luth-i que no debía interferir con las especies. Los protocolos establecían este principio con fuerza de ley.

Pero en la rara y ahora límpida atmósfera, Luth-i experimentó emociones nuevas.

Las criaturas que allí medraban vivían vidas brevísimas, como chispazos. “Bocetos, intentonas de dar con un camino hacia formas como las nuestras”, le dijo a Mak durante un encuentro clandestino.

En la abundancia de oxígeno, y bajo luz de su única estrella, la energía de que disponía la vida se había potenciado. Las aguas bullían, su azul flamante permitía ver hondo. Luth-i advirtió la existencia de filamentos verdes, de individuos gelatinosos, de ejemplares protegidos por corazas calcáreas. Un predador de cuerpo tubular forzó a muchas criaturas al exilio. Una vez habituadas a tierra firme, se desplazaron reptando. Pronto aprendieron a saltar. No tardaron en encontrar otro atajo hacia la especie de Luth-i: desarrollaron alas, adueñándose de un espacio que hasta entonces permanecía vacío. Volaban por encima de los bosques, serpeaban entre montañas a lomo de las corrientes, flotaban en el aire fétido de los pantanos.

El planeta respondía al estímulo con imaginación. Ninguna forma le era inválida, ningún recurso cuestionable, ningún tamaño inconveniente. Algunas criaturas eran visibles bajo cristal magnificador. Otras sacudían la tierra con sus pasos. En su compañía Luth-i conoció colores insospechados. Le gustaba reflejarlos sobre su piel, lustrosa por obra del deseo. Ciertas especies mudaban de acuerdo al entorno. Ante Luth-i se volvían plateadas, espejo contra espejo. Se le ocurrió que no tardarían en imitar otros de sus rasgos. ¿Era una conclusión científica, o tan sólo expresión de su necesidad?

Por fortuna Mak la visitaba con frecuencia. Lo hacía a escondidas, para no desafiar la ira de Weh. Se habían comprometido a no seducirse. Mak no quería agregar más tribulaciones a Luth-i, que estaba viviendo como paria. Y aunque el vacío de su vientre le producía dolor –magnificado, quizás, por la prodigalidad de la vida en aquel mundo–, Luth-i procuraba evitar el albur de la concepción. ¿Qué sería de un vástago suyo a tanta distancia de casa? ¿Y cómo lo llevaría de regreso? Todos los nichos estaban ocupados por sus compañeros. Uno de ellos debía morir para cederle su lugar. De otro modo su hijo –había soñado con él la vida entera: lo llamaría Lill– se vería forzado a envejecer durante el viaje.

Mak y Luth-i se limitaban a conversar entre susurros. Luth-i le contaba de sus asombros: de la porfía de la naturaleza, de las criaturas que ya no precisaban de huevos para reproducirse. Ahora emergían del cuerpo de sus madres, húmedas de limo. A diferencia de los visitantes, algunas de ellas nacían hembras –y permanecían así para siempre–. A su vez Mak refería los avances de su empresa. De seguir a ese paso, el planeta no tardaría en tornarse del todo habitable. En su entusiasmo había enviado informe de sus progresos a la Compañía, ganándose el enojo de Weh. Según Weh toda comunicación debía pasar por sus manos. ¿Qué habría conseguido, por ejemplo, si hubiese sido indiscreto respecto del percance de Luth-i? Preocupar en vano a los funcionarios de la Compañía, propiciar decisiones apresuradas –por ejemplo el envío de una segunda misión–.

“Cuando confesé que ya había una en camino, Weh se llamó a silencio”, dijo Mak. Desde entonces no había vuelto a dirigirle la palabra.

Luth-i sugirió que le diese tiempo. Como buen Oficial Político, Weh era celoso de su posición. Tan severo para todo, que no había dejado de visitarla un solo día. Como lo sabía apegado a los protocolos, Luth-i informaba de su condición inalterada a través de la rejilla, sin permitirle acceso a su recámara. Weh la había tentado más de una vez, sugiriéndole que no era un simple tripulante sino el responsable de su bienestar. Pero Luth-i eludió la trampa.

El tiempo obró al fin, aunque no como bálsamo. La segunda nave no consumó el relevo, tan sólo dio cumplimiento a su propio, fatídico destino. A poco de su llegada se averió, quedando librada a la gravedad del planeta. La vieron caer sin remedio. Girar en espiral, abrasándose. Oyeron gritar a sus hombres hasta el último instante. Después sobrevino el estallido y ya no oyeron más.

Hubo llanto y desesperación pero escaso tiempo para el duelo. El planeta reaccionó ante el impacto, generando lluvias ácidas y nubes de un polvo que se negaba a asentarse. Para desmayo de Luth-i, las criaturas más grandes se extinguieron. Enfundada en su traje, vagó por paisajes cubiertos de osamentas. Al tañirlas, los vientos producían una música que nunca había oído.

Mak se sentía responsable del desastre. Luth-i trató de llamarlo a la cordura, pero entonces la desgracia golpeó una vez más. Un descenso en la radiación de la estrella impidió que el planeta retuviese gases. Al bajar la temperatura, los hielos se adueñaron de la superficie. El globo adquirió una palidez en la que Luth-i se desvanecía, invisible en su reflejo. Hubo más especies desaparecidas, sin embargo Luth-i se cuidó de llorar en presencia de Mak.

Weh no fue tan delicado. Le hizo saber que el contratiempo era obra de su negligencia. Mak arguyó que alguien había manipulado sus instrumentos, pero Weh no le creyó. Dijo que no lo destituía tan sólo porque Luth-i no estaba en condiciones de reemplazarlo. A continuación lo llamó a salir de su estupor. Era imperioso revertir la situación: el planeta helado se había vuelto inhóspito, estaban más lejos que antes de sus objetivos.

Mak retornó a sus instrumentos. Produjo perforaciones, la entraña del planeta liberó calor. Se derritieron los hielos, arreciaron los huracanes, la tierra se abrió en gajos que boyaron sobre las aguas.

Al secarse sus ramas, las criaturas que moraban en los árboles bajaron al suelo. Se adaptaron con celeridad, modificando los huesos de la pelvis para andar sobre dos patas. Pero ahora las hembras parían de forma prematura. Escupían criaturas lampiñas que morían de inmediato. Hasta que los machos intervinieron, con inventiva digna de su medio. Durante la indefensión que sucedía al parto, protegieron con celo a madres y cachorros: les daban calor, cobijo y alimento hasta que lograban valerse solos. Criada por un progenitor único, como toda su gente, Luth-i observó el proceso con un respeto nuevo. Le sugería una forma de entrega que nunca había considerado; una alianza verdadera.

A esa altura ya había empezado a ponerles nombre. Al primer cachorro que sobrevivió lo llamó Dam. Era casi negro, su negativo perfecto; cuando sonreía se le parecía como gota de agua. Podría haber pasado perfectamente por su hijo –su hijo desprovisto de alas–.

Pero algo le quitaba el sueño: las dificultades de la manada para prosperar en tierra baldía.

Cuando le comunicó su intención secreta, Mak no protestó. Lejos de ello, se avino a colaborar con sus planes. Trasladaron a unos cuantos –Dam incluido, era uno de los más pequeños del grupo– a una región verde, de aguas dulces y árboles frutales.

Al dejarlos allí, Mak vio en derredor y dijo: “Esto es lo que soñé durante el viaje. Estos colores, estas criaturas”.

Luth-i no se resistió a su beso.

Ya había regresado a su recámara cuando oyó el revuelo. Le dijeron que Weh había arrestado a Mak por contravenir los protocolos de la Compañía. La acusación era grave: Mak había alterado el orden natural, salvando a una especie de la extinción que era su destino. Sería ajusticiado después del juicio sumario.

Esa vez, cuando golpeó a su puerta como de costumbre, Luth-i dejó pasar a Weh. Tampoco objetó sus avances. En el abrazo le pidió un favor: que librase a Mak de la ejecución. Weh argumentó que su muerte era más necesaria que nunca. Había que liberar uno de los nichos de animación suspendida. De otro modo, ¿cómo regresaría a casa el hijo que intentaban concebir?

Luth-i vio a Mak una vez más, Mak lo había solicitado a modo de último deseo. En vano rogó Luth-i para que revelase la verdad: ella había concebido la idea y colaborado en su implementación. Mak dijo que era inútil que muriesen los dos, estaba claro que Weh no condonaría su pena. “Si en verdad me amas, déjame comportarme como esas criaturas y protegerte de un destino injusto”, pidió en la despedida.

Las moléculas de Mak llovieron sobre el planeta que ayudó a florecer.

Poco después, mientras Weh dormía, Luth-i abandonó la nave para siempre.

“No volveré a someterme a tu poder”, decía el mensaje que dejó para Weh. “Fuiste tú quien alteró el líquido amniótico durante el viaje, precipitando mi transformación. Fuiste tú quien estropeó la segunda nave, para que nadie interfiriese con tu cometido. Tú manipulaste los instrumentos de Mak, barriendo a las criaturas que eran mi delicia. Tú que hablas de los protocolos pero no reconoces más ley que tu deseo. Tú que urdiste planes en la noche del tiempo para hacerme tuya, sin darme la oportunidad de amarte. Tú, enfermo de soledad.”

Luth-i, que jamás volvió a ser Luth, parió una hembra de cabellera roja.

Lill-i creció como hermana de Dam y luego fue su amante. Cada vez que preguntaba por su padre, sometía a Luth-i a las mismas dudas. A veces Luth-i decía que era un ser autocrático y caprichoso. Otras sostenía que por el contrario, había sido un ser generoso que entregó su vida para protegerlas.

Pero Weh no cesaba de enviar tormentas y terremotos. En sus manos, los instrumentos de Mak sembraban sólo destrucción. Hasta que las criaturas las expulsaron de su compañía, atribuyéndoles sus desgracias. A pesar de que les debían mucho –empezando por el lenguaje, que sus labios multiplicaban en versiones rotas–, nunca habían dejado de temerles.

De tanto en tanto, eludiendo la soledad a que Weh la condenó en su venganza, Luth-i se colaba en una aldea por las noches. Se sentía feliz con poco: viendo trabajar a las criaturas, oliendo sus comidas, oyendo sus historias. En general repetían las mismas anécdotas: hablaban del sitio abrasador al que no querían regresar, del paraíso perdido, del padre iracundo que moraba en lo alto y del diluvio que les había enviado, blandiendo rayos, por haber acogido a las extrañas en su seno.

A veces la descubrían –su cuerpo la delataba al reflejar las fogatas– y la echaban a piedrazos. Algunas aldeas colgaron amuletos y alzaron tótems para alejarla, o acuñaron conjuros maldiciendo sus nombres, que ni siquiera pronunciaban bien; condicionados por su paladar, los descendientes de Dam decían Lilith en vez de Lill-i.

Pero aun así Luth-i la portadora de luz, aquella a quien llamaban Lucibel o Lucifer, no perdió nunca la fe en los hombres.

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