VERANO12

La verdad filmada

 Por Gabriel D. Lerman

El cuento por su autor

Ahora me produce mucha nostalgia leer mi cuento “La verdad filmada”, aunque me siga pareciendo durísimo y cargado de una potencia que, para mí, significó un antes y un después escribirlo. Pasaron más de dieciocho años desde que puse a mano esas palabras en un cuaderno espiral que aún conservo, cuyo fin era crear un relato que integraría una antología del taller literario que entonces coordinaba José Pablo Feinmann. Corría el año 1995, y hacía casi cuatro que los amigos y compañeros del grupo animábamos esas noches de los viernes en su casa, que continuaban hasta la madrugada en el bar La nueva ola, de la esquina de Azcuénaga y Marcelo T. de Alvear, a modo de catacumba bohemia del primer menemismo.

La consigna para la antología era tomar en los cuentos algo del cine: un personaje, una película, una imagen o una idea de algún celuloide, y recrearlo. No recuerdo cómo apareció la idea de este cuento ni en qué momento explotó en mi cabeza; lo cierto es que, en paralelo, entró en mi vida una cuenta regresiva respecto de la vida de mi padre. Durante esos meses, nos enteramos de que Jimmy, papá, padecía un avance desarrollado de células cancerígenas y que le quedaba poco. Pero ese poco se adelantó y todo fue más rápido de lo pensado. Rápido hacia atrás y hacia adelante, porque enterarse de que uno va a perder el padre a los veintitrés años –después comprendí que a otros les pasa mucho antes y otros hasta ni lo conocen– supone de inmediato plantearse un ajuste de cuentas.

Había leído algo de Kafka, pero sobre todo venía leyendo a Paul Auster y sus referencias al padre en La invención de la soledad o La música del azar. En mis lecturas, el padre aparecía como un oponente, un enemigo omnipresente que machacaba los cosas de un modo que impedía el desarrollo personal. Era alguien a quien derrotar, del cual alejarse, a quien bardear. Y por supuesto había tenido motivos para romper lanzas con el mío, no hablarle o hablarle lo mínimo indispensable. Esa construcción negativa llevaba pacientes años de elaboración, al menos cinco. Pero en esos meses de 1995 todo se vino abajo, porque al enemigo el árbitro de la pelea lo vio en la lona y le abrió la cuenta en el centro del cuadrilátero, ante la sorpresa enmudecida de la platea.

En mi cabeza rebelde, entonces podría haber suscripto esta frase: “Hace poco, una vez, me preguntaste por qué decía yo que te temía. Como es usual, no supe contestarte, en parte justamente por el miedo que me inspiras, y en parte porque los detalles que fundamentan ese miedo son demasiados, muchos más de los que podría hilar medianamente mientras hablo”. Me fascinaba, hasta el desgarro, la “Carta al padre” de Kafka. El punto es que hay situaciones en la vida en que las cosas pueden dejar de ser un chiste, perder gravedad, agrietarse, mutar. En esos meses hice con él de todo, además de acompañar a mi familia en el tratamiento. Charlas, caminatas, entrevistas con grabador, vuelta a discutir todo, reproches y reencuentros, hasta un viaje a las Cataratas del Iguazú donde le conté la idea de este cuento.

Hacia fin de año, mientras escribía a mano “La verdad filmada”, mi padre agonizaba a pocos metros. Es de los textos sobre los que menos conciencia tengo. Sería incapaz de pensar su género, aunque me revuelve las tripas cuando lo leo y entiendo que fundó algo en mí, abrió una puerta. Aunque ni la menciono, sé que una de las escenas fue inspirada libremente en A quién ama Gilbert Grape, sobre todo por la madre faulkneriana de Johnny Deep y Di Caprio. Por lo demás, el cuento se publicó al año siguiente en la antología Noches de Joan Crawford, que presentó con tanta buena onda Guillermo Saccomanno, en la Gandhi de Corrientes y Montevideo.

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