CONTRATAPA

Palmiro

 Por Jorge Isaías

A Héctor Gerlo

"Algunas personas de maravillosas facultades, pueden retroceder mentalmente a los dos años de edad y aún a su primer año. Yo no. Podía únicamente contar los rumores de lo que fui, o hice, después de los tres", escribe Guillermo Enrique Hudson, en ese espléndido libro Allá lejos y hace tiempo.

Yo, parafraséandolo, podría decir que mis recuerdos apenas empiezan un poco después de los suyos. Porque, cuántos años tendría cuando jugábamos con Palmiro Gerlo, trepándonos a aquella higuera de mi casa paterna. Tres? Cuatro? No sé.

El vivía con sus padres y sus abuelos, tejido de por medio y venía seguido a jugar conmigo, aunque hoy no tenga siquiera un remoto registro, no sólo de los juegos, siquiera de mí. Es notable este punto cuando de la memoria humana se trata. Es más, ni siquiera tiene recuerdo de mi propia existencia, lo cual ya es un tema.

Sus abuelos no eran sino aquellos dos ancianos venidos de la Italia milenaria hacía no sé cuanto. Don Clemente Gerlo y su mujer doña Marianna, quien me daba a través de ese tejido sus jugosas naranjas del invierno.

Todo este recuerdo dormía bajo la ceniza de los años, cuando el mundo era un grupo de paraísos, unos pájaros que cruzaban raudos la línea del horizonte, un trigal cercano al rastrojo del mismísimo don Clemente que quemaba prolijamente en noches de junio, con un palo al que agregaba una estopa con fuego y recorría ese breve campito quemando las chalas resecas.

El pueblo terminaba pronto, porque "todo lo demás era cielo", como escribió el poeta Néstor Groppa.

El papá de mi amigo se llamaba Terencio y la mamá Palmira y él, mi amigo no se llamaba así, Palmiro, según me acabo de enterar ayer, porque me llamó agradeciéndome que yo recuerde tanto a sus abuelos, pero aclarándome que ese no era su nombre, sino Héctor.

Pero cómo es, ahora que yo tuve un primer amigo en la infancia que no se llamaba como yo creí hasta ayer?

La confusión pudo ser porque mi madre me decía cuando él saltaba el tejido para seguir tal vez con el juego del día anterior: Allí viene Palmirito, y ahora pienso que mi madre habrá querido homenajear a su vecina, que sí era Palmira, con esa broma inocente. Convengamos que es duro pasarse la vida con ese nombre esperando estático del fondo del recuerdo y al final enterarme que yo no estaba en lo cierto, y pensemos que mi vida no es corta ni feliz como la de Francis Macomber, de Ernest Hemingway.

Debo aclarar a todo esto que Palmiro o Héctor se mudó antes de comenzar la primaria a Arroyo Seco y no volvió y si volvió siquiera a pasear, no lo recuerdo. Para todo el que no sabía que un hombre permanentemente escribía la cartografía de un pueblo y de algunos de sus habitantes que le fueron cercanos, y que de ese insistir, a veces de manera digital, uno tiene estas sorpresas.

Entonces uno siente que, por fin, una pieza que había estado inmóvil durante tanto tiempo, soportando todas las inclemencias del mundo y de las vidas de los hombres y las mujeres y la propia vida de uno, encuentra al fin su lugar, en un instante y para siempre y un chico un año menor que yo, que jugó conmigo no lo recuerda, pero yo sí, entonces todo es suficiente. Y esto es un milagro más de este maravilloso oficio de escribir.

Escribir sobre todo en el magma de los tiempos que pasaron y de los cielos que fueron y de la precariedad de la memoria humana que es, como sabemos, arisca y selectiva.

En ese lugar tan cálido de mi primera infancia está muy presente esa familia, don Clemente con sus trabajos, su quinta generosa en frutales que nosotros intentábamos diezmar constantemente, las palomas que vanamente quise matar con mi gomera, que merodeaban los techos y se paseaban orondas y entraban y salían de sus casitas con que don Clemente había construido un modesto palomar.

Todo esto sucedió mientras la vida transcurría muy, pero muy lenta entre veranos que partían las sandías, o inviernos que con su helada paspaban los dedos y las rodillas y los sabañones que arrasaban las orejas, y las primaveras que brotaban de verde esplendoroso, con el estallido de los pájaros oscureciendo el aire, llenando la vida con sus sonidos y sus cantos, alegrando el fin de las mañanas que se recordarían después, por mucho tiempo.

Y sobre todo después que era, indefectiblemente el otoño. El de los tonos ocres, el que volteaba las hojas de los árboles, y pintaba de cobre el corazón de dos niños muy pequeños subidos a una higuera.

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