VERANO12

Lo de papá

 Por Claudia Piñeiro

El cuento por su autor

Tengo la sensación de que mucho de lo que escribo comparte la misma materia prima de los sueños. Que viene del mismo sitio. Una imagen aparece, uno no sabe bien por qué, y si la dejamos cuenta una historia. A veces apenas logro descubrir el resto diurno, eso que sucedió durante el día y que se coló en el sueño, o en la historia que escribo. En el caso de “Lo de papá”, el resto diurno vino después de recorrer más de veinte departamentos tratando de encontrar uno que se ajustara a lo que necesitaba. Cada vez que entraba a uno de ellos sentía que había una historia que se escondía allí, en los pliegues de una cortina abandonada a su suerte, en la moquette raída, en las paredes despintadas, en una planta que se murió porque no la regaron más, en la calcomanía que nadie despegó de una ventana. Pero sobre todo, me gustaba observar a quienes muestran departamentos para una inmobiliaria, cómo lo hacen, qué palabras usan y, en especial, cómo se relacionan con esos embriones de historias que para ellos se multiplican a diario y tienden a infinito.

Sabía que iba a escribir sobre alguien que trabajaba en una inmobiliaria. Y que esa persona tenía una relación muy particular con los inmuebles que tenía a cargo. Sabía que habría un conflicto con el dueño de uno de esos departamentos. Y poco más. Salí a caminar, llovía pero no tanto como para molestar. Debajo de un inmenso paraguas rojo fui pensando en estos dos personajes, qué los unía, qué los separaba. Caminaba concentrada mirando las baldosas. A las veinte cuadras el cuento se había armado en mi cabeza. Faltaba escribirlo, claro. Levanté la vista en esa esquina, aliviada. Un hombre se había parado frente a mí. “Usted es escritora. ¿Puede ser? Vi en su cara... “, me dijo. Me sentí descubierta, como si lo que fui pensando se me hubiera notado en algún gesto. Por supuesto no era eso, sino que me había visto en alguna otra parte. Pero por un instante ese encuentro fue mágico: salir de estado de escritura mental, levantar la vista y que alguien que te mire te diga: “Usted es escritora, lo vi en su cara...”.

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