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Mujica Lainez X ENRIQUE RAAB

 Por Enrique Raab

La narrativa argentina actual cuenta, casi por partes iguales, con experimentadores audaces, con cultores de la literatura fantástica y con documentalistas sociales que han preferido la crudeza del testimonio a los logros del arte. En este espacio creador parece quedar poco lugar para los narradores más tradicionales, para aquellos cronistas de la sociedad que –-a la manera de los típicos novelistas del siglo XIX– reflejan con fidelidad escrupulosa la realidad de su pueblo, de su clase o de su país. Manuel Mujica Lainez, en buena parte de su producción, puede reivindicar esta ortodoxia artesanal; sus libros están limpiamente escritos, consiguen lo que se proponen, transmiten una imagen veraz e irónica de la oligarquía porteña. A los sesenta y cinco años, Mujica Lainez es, ante todo, el autor de tomos de cuentos como Aquí vivieron (1949) y Misteriosa Buenos Aires (1950), y novelas como La casa (1954), Los viajeros (1955) e Invitados en El Paraíso (1957). No puede olvidarse, sin embargo, que ha escrito también los ensayos biográficos Vida de Aniceto el Gallo (1943) y Vida de Anastasio el Pollo (1947), el extenso pastiche narrativo renacentista Bomarzo (1962) y, entre otros títulos, El unicornio (1965) y Crónicas reales (1967). Desde hace años, Mujica Lainez ha vivido en su residencia de “El Paraíso”, en la provincia de Córdoba, dedicado a incrementar plácidamente su obra escrita; ahora, según parece, ha resuelto abandonar este benigno exilio y sumergirse de nuevo en la vida de Buenos Aires.

Así aparece siempre en las fotografías: la mirada fija en la lente de fotógrafo, con la misma insolente firmeza con la que algún figurante miraba al pintor –y así quedó retratado en el lienzo– en la Muerte de San Buenaventura, de Francisco de Zurbarán. Reto y desafío en este gesto que disfraza –¿podría ser de otro modo?– una gran timidez. Timidez que surge, a su vez, de modo seductor y casi mágico en las inflexiones premeditadamente ingenuas de algunas de sus frases; en la impostación histriónicamente dubitativa de ciertas afirmaciones: es el charm of hesitation (“encanto de la vacilación”), predicado por el esteta inglés Walter Pater como una de las formas más desarrolladas de la civilización sociable.

Ahora, Manuel Mujica Lainez se ajetrea en la reducida kitchenette de la calle O’Higgins, preparando con ese mismo charm of hesitation, dos pocillos de Nescafé. “¿Se hace así, che...? No, seguro que es al revés”, pregunta y se contesta a él mismo, echando primero el agua hirviendo en las tacitas, luego tratando de disolver el café en el líquido humeante. Por supuesto que el procedimiento es el inverso, pero de todos modos esa pequeña, delicada torpeza ha servido para romper el hielo de la conversación.

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