EL MUNDO › “BRASIL NO ES INDIFERENTE A LO QUE PASA EN VENEZUELA”, DICE UN ASESOR CLAVE

Dilma quiere blindar el legado chavista

La presidenta concede a Caracas un lugar alto entre sus prioridades internacionales y recibe de sus asesores reportes diarios acerca de la situación política y la salud de Chávez. Marco Aurelio, el enviado de Dilma en Cuba.

 Por Darío Pignotti

Desde Brasilia

A su manera. Dilma Rou-sseff no es dada a la diplomacia presidencial cultivada con brillo por su antecesor, el dos veces mandatario Luiz Inácio Lula da Silva, quien si continuara en el poder posiblemente ya habría formulado declaraciones sobre su “compañero” Hugo Chávez y hasta viajado a Cuba para saber de su convalecencia después de su cuarta operación contra un cáncer ocurrida el 11 de diciembre. El estilo de Dilma es más sobrio. Prácticamente no se ha pronunciado en los últimos días y lo poco que dijo sobre la coyuntura venezolana fue a través de sus colaboradores. Esta actitud no debe equipararse con un desinterés por el porvenir del proyecto bolivariano. Antes bien lo contrario. La presidenta concede a Caracas un lugar alto entre sus prioridades internacionales y recibe de sus asesores reportes diarios acerca de la situación política y la salud de Chávez.

Desde una playa del estado de Bahía donde pasa sus vacaciones, Dilma instruyó a su consejero internacional, Marco Aurelio García, para que se traslade a La Habana, donde el 31 de diciembre fue recibido por “altas autoridades” venezolanas y cubanas, según el bien informado sitio Opera Mundi.

Trascendió, en otros medios, que Rousseff telefoneó a colegas sudamericanos para evaluar el presente y futuro venezolanos, y no se puede descartar que haya mantenido consultas con Cristina Fernández, con quien probablemente se encontrará este mes, como ambas lo acordaron en diciembre durante una reunión de tres horas celebrada en la residencia oficial, Palacio de Alvorada, al finalizar la cumbre del Mercosur en que se formalizó la adhesión de Caracas como quinto miembro pleno. Hay sintonía entre Brasilia y Buenos Aires al momento de manifestar el compromiso con la integración regional y también en la ejecución acciones concretas y eficaces.

Dilma y Cristina lo demostraron en junio cuando, en un mismo movimiento, suspendieron del Mercosur al golpista paraguayo Federico Franco y aceptaron la incorporación de Hugo Chávez, consumada en diciembre.

El ingreso venezolano al bloque había sido promovido por Lula y Néstor Kirchner en 2005, y cuestionado por fuerzas conservadoras como el Partido de la Socialdemocracia Brasileña, de Fernando Henrique Cardoso.

Desde la llegada del PT al Palacio del Planalto, en 2003, la aproximación con Venezuela es un dato distintivo de la nueva política brasileña post Cardoso (1995-2002). El ex mandatario y esfinge de la derecha brasileña actualmente dirige una fundación donde son recibidos de puertas abiertas dirigentes antichavistas y exponentes de entidades embanderadas con la “libertad” made in Miami.

En el PT entienden que es preciso blindar a la región para evitar que Venezuela trastabille a pesar de la conmoción causada por la dolencia de su presidente y el fantasma de la desestabilización agitado por la oposición. “La Celac (Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños), Unasur, el Mercosur y todos los gobiernos de la región, comenzando por el de Brasil, siguen atentamente la situación, y no permitirán ninguna amenaza a la soberanía popular en Venezuela”, declaró a Página/12 Valter Pomar, miembro de la dirección nacional del PT.

“Prefiero apostar a que la derecha venezolana lo piense dos veces antes de partir hacia una provocación que en estos momentos de aprehensión y dolor puedan generar una reacción espontánea de la población con consecuencias que ciertamente son difíciles de prever... Me parece que la derecha venezolana tiene que resolver un dilema: o entiende que el chavismo es un proceso histórico y acepta ser oposición dentro de los marcos institucionales, o cae en el cuento de que el chavismo es un accidente que depende de su líder y se embarca en un aventura golpista”, sostiene Pomar, uno de los cuadros más influyentes en la Secretaría de Relaciones Internacionales del PT.

La interlocución del PT con el chavismo así como su vieja amistad con el Partido Comunista Cubano son activos políticos que potencian la influencia de Dilma Rousseff ante el actual cuadro de situación venezolano. Siempre discreta, la presidenta ha sabido articular una política externa binaria.

En el plano institucional actúa el canciller Antonio Patriota, un diplomático de carrera bien conceptuado en Washington tanto como en la nomenclatura del Palacio Itamaraty, sede de Exteriores, mientras Marco Aurelio García continúa en su oficina del Palacio del Planalto, a la que llegó hace diez años, desempeñándose como un embajador de la presidencia, y en algún grado, como emisario oficioso del PT.

Fue en esa condición que García viajó a Cuba la semana pasada. La misión de García fue transmitir el respaldo del gobierno brasileño a la continuidad del chavismo sea cual fuere la evolución de la terrible enfermedad de su líder y demostrar simpatía por el vicepresidente Nicolás Maduro.

La tesis del PT es igual, y así la resumió el dirigente Pomar. “El chavismo no depende de la presencia directa de Chávez... Obviamente su dolencia lanza varios desafíos sobre el funcionamiento del llamado chavismo, como el de crear nuevos liderazgos públicos, algo que no es imposible de hacer y el propio Chávez dio una ayuda en esto al indicar a Maduro.”

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En junio del 2011 Dilma recibió a Chávez en el Palacio del Planalto en Brasilia.
Imagen: EFE
 
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