Las margaritas de la conciencia

El lenguaje de las flores es de los pocos que se habla en silencio y lo hace para expresar sentimientos (“El jacinto es la amargura;/el dolor, la pasionaria/El jaramago, el desprecio; y los lirios, la esperanza”, así lo enseñaba la Doña Rosita de Lorca). Pero en los juzgados y sus alrededores las flores parecen enmudecer, volverse extrañas ante esos otros lenguajes que exigen de una solemnidad grave, acordes a la metáfora de la balanza y la venda en los ojos, la de la justicia. Sin embargo, el 23 de junio, en el Tribunal Oral en lo Criminal 4 de Mar del Plata, un hombre de barba entrecana repartió margaritas, esas flores asociadas a la humildad y la paciencia. Fue poco antes de los alegatos para pedir la condena a cadena perpetua del ex sargento Ricardo Panadero, por la tortura, violación y muerte de Natalia Melmann en el verano de 2001; para que corriera la misma suerte de sus cómplices, los ex policías Ricardo Suárez, Oscar Echenique y Ricardo Anselmini, que habían sido condenados en 2002. Eran margaritas de la tumba de Natalia, brotadas espontáneamente y expandidas como una señal para que el Ni Una menos las use como símbolo: algo que crece sin detenerse y se recoge entre las manos de miles de mujeres sin que nunca sea demasiado tarde para hacer justicia –Panadero llegó a juicio 17 años después del crimen– y Gustavo Melmann, padre de Natalia, se las dio a las mujeres que los acompañaban, a él y a su esposa Laura Calanpuca, entre las que estaba  Marta Montero, la madre de Lucía Pérez (asesinada en Mar del Plata el 8 de octubre de 2016). “Ojalá que la conciencia de la gente brote tan fácil como las margaritas”, dijo. 

Padres

No llevan pañuelo blanco pero hacen honor a ese objeto emblemático ni se llaman a sí mismos Padres del Ni una menos, no generaron el movimiento pero se han fundido en él en una ósmosis trágica. La muerte de sus hijas fue el eject que los ha arrojado fuera de la coalición patriarcal donde una concertación inconsciente convierte el crimen interpersonal en político con sus tramas de silencios bien avenidos, sus tácitos conformistas pero exculpadores, sus acciones de encubrimiento de pandilla y sus juzgados injustos a los que el Estado envuelve en su manto para tapar la sangre en la ropa de los femicidas. Su entrada al feminismo no ha sucedido por el trauma sino por la comprensión de una causa en carne propia: la muerte de la hija mujer, esa cuyo nacimiento durante siglos fue considerado un fallo de la propia virilidad, la de reproducir una “chancleta”, en partos no experimentados que el dicho resumía con una frase de maldón: “mala noche y parir hembra”. 

Gustavo Melmann es uno de esos padres en lucha, uno que, desde febrero del 2001 –cuando decidió no afeitarse hasta que el último asesino de su hija fuera condenado y con el emblema de esas barbas que hacen cumplir la ley en la Biblia–, se convirtió en el cronista e investigador de la muerte de su hija, buscando en las arenas desiertas donde la resolana parece confundir los ojos de los testigos menos que la amenaza anónima de los culpables, visitó los lugares del crimen en los que la policía incurrió en falso testimonio al destruir pruebas decisivas, supo de los puticlubs en cuyos fondos las fuerzas vivas reclamaban la libra de carne a las adolescentes dadas por culpables sin juicio previo por gozar de la libertad de sus ropas al despertar a la soberanía de sus cuerpos, leyó y releyó los papeles perogruyescos donde siempre planea la certeza de una venia para el deseo orgiástico bajo la tutela del poder político, patriarcales. Siempre pensando en que había uno más y que estaba suelto, impune, el ex policía Ricardo Panadero. 

En marzo de 2015, en el Museo de la lengua y la palabra entonces conducido por María Pía López, durante la Maratón de lectura contra el femicidio, Jorge Taddei –padre de Wanda Taddei, asesinada en febrero de 2010– entendió por primera vez la poesía leyendo los versos dedicados a su hija por Raquel Fernández (“Arde una mujer y nadie sabe cuántos sueños arden con ella”). Luego, junto a su esposa, Betriz Regal, partió de sus lugares familiares en donde hay una menos y se hizo itinerante de la causa feminista para ir a aquellos donde pudiera dejar un mensaje que es una paráfrasis de uno de Simone de Beauvoir: “No se nace femicida, se llega a serlo”.

Jean Michel Bouvier, padre de Cassandre –asesinada junto a su amiga Houra Moumni en julio de 2011, Salta– ha ejercido sus buenas maneras políticas de francés educado en una cultura de libertad, igualdad, fraternidad –no es el momento de hacerle un juicio político a estas premisas– corregida por Foucault, Sartre y tantos otros, para evitar todo sesgo de resentimiento antitercermundista –ninguna exigencia punitiva de extensión de las penas, pedido de liberación de los perejiles, cuidadoso protocolo antirracista– para escribir, en una tradición morigerada del Yo acuso de Zola, una carta abierta a Juan Manuel Urtubey, gobernador de Salta y a la entonces presidente Cristina Fernández de Kirchner; había una módica lección de civilización en la imagen de su figura de fashion correctísimo junto a la de la madre de Houria Moumni, con su cabeza cubierta a la usanza musulmana.

Estos hombres, lo sepan o no, han recibido el legado del Rodolfo Walsh en Carta a mis amigos donde éste reconstruye, desde la propia clandestinidad la muerte de su hija Vicky durante un enfrentamiento.

Allí se despide como compañero, como periodista y como padre, corriéndose de su sentimiento de devastación para inscribir a Vicki en la memoria de la revolución que muta los lazos de sangre: “El sentido del deber la llevó a relegar toda gratificación individual, a empeñarse mucho más allá de sus fuerzas físicas”, “No vivió para ella, vivió para otros, y esos otros son millones”. Y Néstor Yuyo García, padre de Micaela García, asesinada en 2017, dijo: “Somos herederos de milenarias generaciones de luchadores populares, al igual que lo fue Micaela, sin los cuales ninguna transformación social hubiera sido posible, ninguna conquista” (...) “La compañera Micaela García militó como nosotros, para tener un mundo mejor, un mundo más justo y lo peor del mundo se llevó su vida. Nos queda la fuerza de esa piba, un poco en cada uno”. Y luego la saludó gritando el apellido que es el propio –¿puede haber un gesto más extremo de pasaje a la política antipatriarcal que ese?– como uno más entre el de los que lucharon y son recordados: “¡Compañera Micaela García, presente, ahora y siempre! 

Los femicidas son esos hombres que, ofendidos por sus patrones o entre ellos, pasivos ante un fantasma de humillación que no es ajeno a su lugar entre los sumergidos por el capital, imaginan que sólo cuentan con el cuerpo de una mujer, a menudo la suya, como o único que creen no les ha sido despojado y si éste huye en su deseo de libertad, matan. Johnatan Luna, condenado por el femicidio de Micaela Ortega, habría dicho, como quien hizo justicia: “La maté porque no quiso tener relaciones sexuales” . Los femicidios son ejecuciones, lo sugirió María Pía López, castigos ejemplares a exhibir como intimidación y justicia por mano propia. Expresivos es la definición clarísima de Rita Segato. 

Ayer Ricardo Panadero fue absuelto. Seguramente Gustavo Melmann siga dejándose la barba sin afeitar pero su performance ha sido también tirarle al movimiento Ni Una Menos, a los que lo acompañan aunque no formen parte de él, el símbolo de esa flor chiquita, la misma que solía cargar sobre sus espaldas luego de recogerla en su granja Pepe Mujica antes de ser presidente de la república, para venderla en ramitos por Montevideo, zonza para deshojar preguntando por un amor pero que también es capaz de simbolizar en ese ir quedando desnuda el paso de un tiempo circular que nunca para. Gustavo Melmann esperó 17 años y va seguir esperando; en acción y con otros, muchas, muchos, cada vez más hasta que se haga justicia. Ni Una menos.

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