Qué verde era mi Valley
Filósofo francés especializado en el capítulo contemporáneo de la dominación técnica del mundo, Eric Sadin plantea que las empresas radicadas en Silicon Valley no sólo exportan su modelo de negocios al resto del mundo sino que imponen un modelo cultural que destruye el humanismo y direcciona los deseos de las personas. Radar lo entrevistó durante su visita a la Argentina y presenta sus libros La silicolonización del mundo y La humanidad aumentada.
Imagen: Sandra Cartasso

Silicon Valley, cuna de la alta tecnología que concentra más de seis mil empresas en California, entre las más conocidas Apple, Facebook, Google y Netflix, alimenta un modelo civilizatorio en el que el individuo pierde autonomía y sentido crítico. El pensador francés Eric Sadin, autor de La Silicolonización del mundo, señala como antecedente a principios de siglo XXI lo que él denomina el modelo de economía de datos, en el cual empezaron a invertir muchas otras industrias para proponer ofertas cada vez más precisas para diferentes tipos de personas. Unos años más tarde, a comienzos de 2010, surgió “la economía de las plataformas”. “Es el conocimiento de nuestros comportamientos a través de las plataformas digitales, pero también son los usos masivos de la inteligencia artificial que permiten no sólo conocer las conductas, sino también interpretarlas” afirma con vehemencia Sadin a su paso por Buenos Aires. Para que no quede en la abstracción filosófica, el autor francés da un ejemplo simple: “Si paso cerca de un local de zapatos recibo un alerta que interpreta mi perfil y mis supuestos intereses; el alerta dice: hay una oferta para vos”.

  Este modelo que fue generado por Silicon Valley empezó a tener otro alcance por la extensión de los sensores en nuestras superficies cotidianas, por eso está destinado a desarrollarse cada vez con más sensores, según Sadin. “Fue posible un conocimiento más profundo de los comportamientos en base a la navegación por Internet, a las compras y a nuestros gestos cotidianos”. 

¿A eso se refiere con lo que llama la silicolonización?

–Un poco sí. No nos adelantemos. Esto lleva a la recolección de datos, datos de gestos cada vez más variados de nuestra existencia; un sistema de inteligencia artificial que interpreta, que se retroalimenta, que propone en función de las interpretaciones. ¿A qué conduce?

¿A que no seamos libres? ¿A que nos induzcan lo que deseamos?

–Me vuelvo testigo de mis gestos y recibo ofertas y servicios a lo largo del día. Nos modelan lo que queremos. Este modelo económico, esta inteligencia que interpreta y sugiere, es un nuevo estado del liberalismo que denomino “tecnoliberalismo”, que no acepta que existan espacios vacíos en la existencia y monetiza gestos cada vez más extendidos de nuestras vidas individuales. El primer efecto es una mercantilización integral de la vida y este modelo basado en Silicon Valley creó un éxito industrial insolente y emblemático de lo que se llamó los GAFA (acrónimo que se refiere a Google, Amazon, Facebook y Apple), que generan miles de millones de dólares en ganancias.

¿Qué ocurre frente a este éxito que fascina a muchos pero que usted ve con pesimismo?

–Comenzaron a florecer “valleys” por todo el mundo, que duplicaron el modelo. Invirtieron fondos privados y públicos para volverse los nuevos Silicon Valleys en Buenos Aires, Santiago, San Pablo. También en Miami, París, Moscú, Tel Aviv. Es lo que llamo la silicolonización del mundo. ¿Qué me molesta de esto?, ¿por qué escribo sobre esto? Porque este modelo económico es un modelo civilizatorio: la puerta abierta a un nuevo umbral del liberalismo, que se ocupa de todos los temas, las marcas penetran, adhieren a nuestros comportamientos: chips adentro de las camas, por dar un ejemplo, o asistentes digitales personales. Se trata de asistirnos y guiarnos a lo largo de nuestra existencia. Las marcas están constantemente presentes. Es un modo de organización del trabajo. Ahora hay sensores en la cadena de producción de las empresas, una visibilidad  en tiempo real del funcionamiento general. Permite a los sistemas omniscientes dictarle a la gente cómo comportarse. Cada vez hay más personas con auriculares que reciben órdenes del sistema. Para mí es una negación de la singularidad y espontaneidad; los sujetos reducidos a responder a señales. La innovación digital, la silicolonización del mundo, es la organización algorítmica de la sociedad que quita autonomía a los individuos. Esta es la consecuencia directa de este modelo: se celebra en todos lados como en Francia, en democracias liberales que tienen cierta ceguera acerca de los efectos en la civilización. 

En Francia, el gobierno de Emmanuel Macron busca controlar las fake news en la web. ¿No cree que es peligroso que el Estado diga qué es una noticia falsa y qué no?

–Es un problema importante las fake news, porque pienso que esconde otra cosa que ocurre con la verdad de la que no se habla y lo voy a usar en mi próximo libro: el advenimiento de un nuevo régimen de la verdad. Las fake news siembran pánico en el mundo: el referéndum sobre el Brexit y Trump se habrían beneficiado de las noticias falsas. No es un tema de verdad, sino  de exactitud. 

¿Se trata de exactitud o credibilidad?

–La diferencia entra la verdad y la exactitud es que la verdad tiene un valor performativo. Cuando un sistema me dice lo que tengo que hacer, es la verdad de lo que debo hacer. Un sistema me dice: estás cansado, me empuja a hacer algo, es incitativo. Hay otros niveles vinculados a la inteligencia artificial: un sistema que dice que un candidato es el indicado para un puesto de trabajo. Es un sistema que empuja a una dimensión performativa. Hay que prestarle atención también a otras dimensiones, como la prescriptiva, que va más allá de las noticias falsas. Hay que prestarle atención a cuestiones más discretas. El sistema de inteligencia artificial que hace diagnóstico médico. El sistema dice: hay que tomar tal medicamento. Vemos que la autonomía del juicio retrocede. Nuestra autonomía en provecho del sistema.  

¿Qué podemos hacer los sujetos frente a este panorama desolador?

–Lo primero es no aceptar los lenguajes que están en construcción, eslóganes, fórmulas y lugares comunes que se fabrican; más allá de las formas prefabricadas intentar ver qué es lo que está en juego. No daría por cierto que  Silicon Valley obra por el bien de la humanidad. Hay discursos que circulan que hay que analizar. La inteligencia artificial busca la optimización de las cosas y vemos un mundo cada vez más utilitarista. Tenemos que recuperar nuestra facultad de decidir en ámbitos como el trabajo, por ejemplo. No queremos estos dispositivos. Tenemos que recuperar la facultad de rechazarlos. 

Usted habla del sujeto que se siente todopoderoso usando las redes sociales. Pero esos datos pueden ser usados con fines políticos, para manipular a los usuarios, como pasó con Facebook. ¿Cómo se sale de esta encerrona que se da a través de las redes sociales?

–El problema no son las redes sociales, sino los sistemas que avasallan la integridad humana. No podemos determinarnos libremente. La protección de los datos privados es importante, pero va más allá de la protección privada individual. En 2009 escribí un libro sobre la vigilancia digital (Vigilancia global). Pero son los sistemas que operan una presión sobre nuestras vidas: un sistema que dice vestite de esta manera, otro sistema que sugiere darnos un préstamo bancario en función del perfil, un sistema que dicta las conductas. Hannah Arendt planteaba que la facultad de juicio es la facultad política por excelencia. No son los datos personales. La presión del tecnoliberalismo, que hace que respondamos de manera automatizada a los objetivos, sin que tengamos los medios de determinarnos libremente y esto es apoyado por los responsables políticos. Nos queda movilizarnos, decir que no queremos esto. No queremos un sistema que de órdenes médicas. Es una crisis de la democracia. 

¿Esta rebelión la puede encarnar la izquierda francesa?

–No (lo dice con énfasis). Hay un consenso liberal que incluye a la izquierda y a la derecha de que este modelo económico va a ser en provecho de todos. Un gobierno supuestamente de izquierda como el de François Hollande firmó acuerdos con Microsoft sobre educación digital. Hay que luchar contra la idea de una transición digital. Por eso me interesé en explicar de dónde viene este proceso, quién lo apoya y qué consecuencias tendrá.

Tu navegador tiene deshabilitado el uso de Cookies. Algunas funcionalidades de Página/12 necesitan que lo habilites para funcionar. Si no sabés como hacerlo hacé CLICK AQUÍ