Se suele hablar de la época victoriana sólo en un sentido, para aludir a la represión sexual, la hipocresía en las costumbres y la moralina imperante en las Islas Británicas bajo el reinado de una reina viuda y lúgubre. Como la era de la industrialización y de la supremacía naval británica, que convirtió al Reino Unido en el Imperio más vasto de la historia. 

Pero la Inglaterra victoriana tiene un reverso fascinante, que convierte al período en uno de los más impresionantes de la historia intelectual y artística inglesa. Principalmente gracias a Charles Dickens –director, además, de la revista literaria All The Year Round–, fueron los años del renacimiento de la novela; son de esta época Vanity Fair, de William Thackeray; el enorme Thomas Hardy, las hermanas Brönte o George Eliot, autora de Middlemarch. Las últimas décadas vieron el ascenso y caída de Oscar Wilde y hacia 1848 se formó la Hermandad Prerrafaelita, con su opción en contra de la mecanización, su pasión por la belleza y sus vidas privadas intensas y extravagantes. También es la era del diseño de William Morris y de los grandes espectáculos: la comedia de Gilbert & Sullivan, el circo del anfiteatro Astley en Lambeth y, por supuesto, esa pasión de multitudes que fue el espiritismo, la conjura de espectros, la locura por lo sobrenatural que fascinaba no sólo a los ciudadanos comunes sino a escritores aparentemente racionales como Sir Arthur Conan Doyle. La pasión paranormal convivía con el auge de la historia natural como actividad amateur: Charles Darwin publicó El origen de las especies en 1859. Y la literatura fantástica vivía un momento irrepetible con clásicos como Dr. Jekyll and Mr. Hyde de Robert Louis Stevenson (1886), Drácula de Bram Stoker (1897) o Carmilla de Joseph Sheridan Le Fanu (1871).

En esta efervescencia, las oportunidades para las escritoras mujeres se ampliaron como nunca antes. Sí, hubo antecedentes exitosos como Mary Shelley o Ann Radcliffe, pero incluso las hermanas Brönte y George Eliot publicaron con seudónimos masculinos sus obras mayores. Entre 1871 y 1891, sin embargo, el número de mujeres que se registraron como autoras en el censo creció de 255 a 660. Por un lado estaban las extraordinarias poetas Elizabeth Barret Browning, que empezó a publicar a los 11 años, o Christina Rossetti, en su momento más popular que su hermano, el pintor Dante Gabriel. Pero las mujeres también se dedicaban a la prosa y a la edición. Dentro del campo literario, muchas se especializaron en relatos de fantasmas o sobrenaturales porque, sencillamente, les permitían publicar en revistas y porque era un género tan popular como legitimado. Muchas solteras se mudaban solas a Londres; otras se convertían en verdaderas estrellas literarias, como Charlotte Brönte. 

Damas oscuras: cuentos de fantasmas de escritoras victorianas eminentes, que publicó este año Editorial Impedimenta, retrata esa época de manera excepcional. Son veinte cuentos, escritos entre 1830 y 1900, ordenados cronológicamente y se  incluyen autoras estadounideneses del victoriano tardío. El primer nombre no sorprende: es Charlotte Brönte. El segundo tampoco: Elizabeth Gaskell. Salvo ellas dos y Willa Cather, las otras diecisiete son casi desconocidas, salvo para especialistas. 

LOS CUARTOS PROPIOS

Todos los cuentos de Damas oscuras están precedidos por una breve biografía de estas mujeres y en cada una queda clarísimo cómo se posicionaban en el campo literario. Por supuesto, la mayoría provenían de familias acomodadas, estaban bien educadas y muchas tenían esposos de buena posición económica o social. Se puede decir eso de gran parte de los escritores hasta el día de hoy, de cualquier modo. No todas, sin embargo, compartían uniformidad de orígenes. Y lo más llamativo que se desprende de sus carreras es lo prolíficas, exitosas y ejecutivas que eran estas autores. No son mujeres que escriben como si tejieran o frecuentaran salones de té. Son escritoras profesionales. 

Dinah Mulock, por ejemplo. Se mudó desde Staffordshire a Londres a los 20 años. Hija de un pastor independiente, publicó una novela a los veintitrés, Cola Monti. Se casó con George Craik, socio editorial del mítico Alexander Macmillan: dueña de esta posición privilegiada, adoptó una niña y rechazó una pensión como escritora, que no necesitaba. Mary Elizabeth Braddon, una de las novelistas más populares de la época, hoy casi olvidada, fue actriz y amante del publicista John Maxwell, pero se hizo rica con su propio trabajo: las escandalosas (para la época) novelas El secreto de Lady Audley (1862) y su continuación, El secreto de Aurora Floyd (1863). Además, Braddon era editora de revistas: dirigió Temple Bar, una publicación tan importante como All The Year Round, de Dickens. El cuento de Braddon incluido en Damas oscuras es de los mejores, con un comienzo imbatible: “Era artista. Las cosas que a él le sucedían en ocasiones les suceden a los artistas. Era alemán. Las cosas que a él le sucedían en ocasiones les suceden a los alemanes. Era joven, apuesto, aplicado, entusiasta, metafísico, insensato, descreído, desalmado. Y, en la medida en que era joven, apuesto y elocuente, era amado”. Es un relato sobre venganza femenina más allá de la tumba: el fantasma de una suicida por amor que no perdona, implacable con el joven maravilla. Si el relato estuviese firmado por un hombre, se trataría del típico cuento vagamente misógino y vagamente moral: está mal malograr a una mujer, primero porque no es de buen cristiano y segundo porque ellas son malísimas. En la pluma modernísima de Braddon, con su ritmo adelantado a la época, el cuento está lleno de ironía y, por qué no, de justicia.

Hay vidas en Damas Oscuras que asombran: es frustrante que estas mujeres fabulosas hayan quedado en un segundo plano. Amelia B. Edwards, por ejemplo, una londinense hija de un oficial de la armada y una inmigrante irlandesa, que publicó su primer cuento a los doce años. Fue periodista, novelista (como Braddon, se hizo rica con una novela escandalosa, sobre un caso de bigamia, Barbara’s story, en 1864) y, como feminista, llegó a ser vicepresidenta de la Sociedad Promotora del Sufragio Femenino. Edwards es más conocida como egiptóloga: participó en excavaciones, un templo desenterrado fue rebautizado como Amelia en su honor y fundó, junto a Reginald Stuart Poole –uno de los conservadores más célebres del Museo Británico– la Egypt Exploration Fund. Nunca se casó y recorrió el mundo acompañada de su mejor amiga, Ellen Drew Braysher. Si era lesbiana, no lo hizo público y esto no es un dato menor, porque hay otras que sí lo hicieron. El cuento de Edwards es de los mejores: “La historia de Salomé” está ubicado en Venecia, tiene hermosas descripciones de la ciudad, su vida cotidiana, su diversidad, su comercio, y una historia de amor con una mujer fantasma que aparece en el cementerio judío del Lido. Edwards retrata a la comunidad judía de Venecia sin asomo de antisemitismo, llena de respeto y fascinación. Es un buen cuento pero además es el cuento de una mujer que tenía clarísimo su posicionamiento ideológico. Está contado desde el punto de vista del enamorado: Damas oscuras no cae en la condescendencia de incluir sólo voces narrativas de mujeres porque, entiende, no se trata de eso la forma en que estas escritoras trastocan el machismo hegemónico. Escriben los editores en el prólogo: “Sus relatos de fantasmas rompen con el mito del perfecto hombre victoriano. Figura de autoridad y símbolo de la razón, el hombre ve sacudidos los cimientos de su mundo cuando un fantasma aparece en su vida: de ahí que las autoras opten por protagonistas varones, pues, en una sociedad donde las mujeres sufrían de histeria y desmayos continuos, solo un hombre podía dar credibilidad a los fantasmas de los relatos. De ese modo, estas apariciones no solo trastocan la realidad patriarcal y burguesa del protagonista, sino que los hombres, otrora tan sensatos y fiables, se ven obligados a actitudes nerviosas, desesperadas…, propias de las mujeres”. En este sentido, el primer relato, “Napoleón y el espectro”, de Charlotte Brönte, muestra al hombre más poderoso de su época reducido a un despojo aterrado después de un encuentro con lo sobrenatural: de hecho, Brönte dice que el emperador “se sumió en un estado de catalepsia que se prolongó durante toda la noche y gran parte del día siguiente”. Y, a pesar de las consideraciones del prólogo y de las elecciones de las autoras, no todos los narradores aquí son hombres. Uno de los mejores cuentos, el clásico “La historia de la vieja niñera”, de Elizabeth Gaskell, es narrado por una mujer, una joven del servicio doméstico, y todo el drama es eminentemente femenino, desde quiénes ven a los fantasmas, hasta la propia fantasma o la causa del deambular del espectro. Hay algo en el cuento de Gaskell que deja ver la postura política propia y del cuento de fantasmas en general: tanto como la novela social dickensiana, los relatos de lo sobrenatural preferían el lugar de Otro, del pueblo supersticioso y explotado en las ciudades de la Revolución Industrial, una ubicación que no era retrógrada ni conservadora sino más bien empática: es la misma operación que hace Dickens, el gran denunciante de las vidas estragradas de los pobres, en la maravillosa nouvelle de fantasmas Un cuento de Navidad, que trata de cómo los avaros y poderosos siembran la desigualdad y la desdicha. Son los seres sobrenaturales, las voces subalternas, quienes vienen a advertir sobre esta injusticia. Gaskell y Dickens eran amigos muy cercanos, colaboradores literarios y ambos recrearon las vidas de la clase trabajadora de su época. De hecho, Gaskell era sobre todo una novelista social que, a pesar de grandes éxitos como Mary Barton (1848), trataba con igual respeto a su abundante producción fantástica.

LA LUZ NEGRA

Como toda antología, Damas oscuras es despareja: además, estos son relatos de época donde los personajes pierden el conocimiento seguido, los niños y los perros reconocen el peligro y todo transcurre en mansiones y en la clase alta, salvo “El caso de la estación de Grover”, de Willa Cather, ubicado en el oeste de Estados Unidos durante la expansión del ferrocarril. Ella, claro, viene de otra tradición: es una escritora americana. Estas marcas de género, cuando son pronunciadas, vuelven a ciertos cuentos algo predecibles. Pero hay algunos relatos que se despegan del conjunto. El más importante, por envergadura –es una novela corta– se llama “La aventura de Winthrop”, se publicó en 1890 y es de Vernon Lee. Unas palabras sobre ella. Vernon Lee es el seudónimo de Violet Piaget: francesa, pasó su infancia viajando por Europa hasta que se estableció en Florencia, a los 17 años. Vernon Lee era particular en muchos sentidos: su producción consiste, sobre todo, en crítica de arte y cuentos de terror. Además, su público era abrumadoramente inglés y, aunque ella visitaba Londres con frecuencia, pasó toda su vida en Italia. Feminista, fue una pionera en la elección de vivir abiertamente como lesbiana: su pareja más larga fue con Amy Levy, también escritora y la primera judía aceptada como alumna en la Universidad de Cambridge. La novela corta, protagonizada por el Winthrop del título es muy diferente a cualquiera de los otros textos. El primer fantasma es una melodía: Vernon Lee hace gala de su vocabulario de crítica para describir un “aire” cantado por la anfitriona de una reunión, compuesto por un músico ya olvidado. Winthrop escuchó ese aire antes, y el relato de ese encuentro con la melodía fantasma y su creador ocurre en el campo italiano: es un  recorrido por pueblos y tradiciones, desde mansiones abandonadas hasta las hogueras de la noche de San Juan. De la misma manera es notable “Cecilia de Nöel” de Lanoe Falconer: en primer lugar, combina la discusión seria sobre ciencia y fe (o religión y mundo paranormal) con diálogos de comedia inglesa muy graciosos, especialmente de parte de uno de los protagonistas, el escéptico y hastiado Atherley. En segundo lugar, opta por un final insólito para la época: el alma en pena acaba siendo liberada por la piadosa Cecilia del título, en una escena para nada ingenua y muy moderna, anticipadora de los cuentos de fantasmas más “positivos” del género modernizado.

Los otros dos relatos notables son de escritoras casi desconocidas. El primero es “No administrar antes de morir” de Rosa Mullholland, una irlandesa impulsada a la literatura por Dickens, amiga de escritoras y esposa del arqueólogo John Thomas Gilbert, con quien se casó a los 50 años. No es un cuento de fantasmas: es un cuento de brujas. Y es de verdad terrorífico. Coll Dhu, el protagonista, un hombre que vive solo en las montañas, se enamora posesivamente de la adolescente Evleen Blake. Ella lo desprecia. Y él recurre a una hechicera que le da, para amarrar a la chica, la “soga de la muerte”, un talismán horrible. “Es una tira de la piel de un cadáver, arrancada desde la cabeza hasta el talón, sin que se agriete o se rompa… La cuelga por un cordón al cuello del que no ama aquel que quiere ser amado”. Evleen recibe esta horrible atadura pero no corresponde al amor: enloquece. Es un cuento sobre acoso y obsesión, sin renunciar al elemento sobrenatural, que resulta estremecedor, actual y vívido, a la vez que folklórico, como una leyenda oral. El otro gran cuento es “La oración” de Violet Hunt: podría ser una continuación o reescritura de “La pata del mono” de W. W. Jacobs sino fuera porque se publicó unos ocho años antes, en la Chapman’s Magazine of Fiction. Como el cuento de Jacobs, trata de regresar a alguien de la muerte contra el orden natural, por la fuerza del amor egoísta y del deseo (es una advertencia: “cuidado con lo que deseas”). “La pata del mono” termina cuando los padres, locos de pena, piden el deseo del regreso del hijo muerto y mutilado, que alcanza a tocar a la puerta –ese deseo, a último momento, es contrarrestrado por el pedido de deshacer la interferencia con el destino, que es concedido–. Este fue el punto de partida, también, de Cementerio de animales, de Stephen King. En “La oración”, Hunt llega más lejos que Jacobs: en el lecho de muerte de su marido, la viuda joven pide, sobre el cadaver reciente, que por favor regrese a la vida. Y Edward vuelve. Ya no es el mismo. Es un ser del horror: un cuerpo sin alma. Y ella debe convivir con este muerto vivo durante seis años, mientras cría como puede a su hija. Edward sabe de la interferencia en el destino, y se lo reprocha: es hermoso y distante, todos le temen aunque nadie sepa que es un renacido, una vida impía. El final de “La oración” es tan oscuro y brutal que hay que admirarse de la valentía de su autora y de su editor. Y también de la capacidad por escribir un cuento de revenants que, en última instancia, metaforiza la infelicidad conyugal con enorme inteligencia. Violet Hunt era una mujer notable: casi se casa con Oscar Wilde, era amiga de D. H. Lawrence y Joseph Conrad y fue criada dentro del grupo prerrafaelita. También, y es casi obvio, fue sufragista, en la línea interna de escritoras en lucha por el voto, cercana a las suffragettes, las militantes más radicales del movimiento. Un relato pionero como “La oración” merece que toda su producción vuelva a circular, especialmente sus dos volúmenes de historias de fantasmas, publicados en la primera década del siglo XX.

Estos cuentos, vale aclarar, solían publicarse en Navidad, como regalo y entretenimiento, un pasatiempo ideal para las noches frías del norte y se enmarcan en el contexto de la popularización de lo Oculto en la sociedad anglosajona. Pero, sobre todo, fueron una plataforma ideal para las escritoras, porque les permitían ganar popularidad, recibir dinero –algo muy frecuente en revistas, no tanto en editoriales– y, en definitiva, ofrecer una posibilidad de independencia. Damas oscuras es un mapa de la escritura de las mujeres en el momento de su profesionalización y en las preliminares de la obtención del derecho al voto. Además, muchos de los cuentos revelan a escritoras técnicamente deslumbrantes y otros dan un miedo paralizante. No se le puede pedir mucho más a una antología sobre espectros.

 

Mary Elizabeth Braddon