Beto Caletti y Mishka Adams actuarán en La Usina
Cruzar los puentes invisibles

El, Beto Caletti, es un músico movedizo. Un trashumante de los sonidos que ha recorrido medio mundo con su bajo a cuestas y cosechado amores musicales en cada puerto. El más resonante quizás haya sido el de Iván Lins, pero hay otros que no le van en saga al del compositor brasilero. El contrabajista mexicano Aarón Cruz, por caso. O Pucho López, multiinstrumentista cubano creador del grupo Raíces Nuevas, que lo involucró en una de sus tardías agrupaciones de jazz. Ella, Mishka Adams, es una cantante y guitarrista de 34 años nacida en Manila, Filipinas, que cautivó a Caletti, entre otras cosas, por su sensibilidad para con las músicas sudamericanas. Faltó que un amigo en común los presentara virtualmente y que un azaroso encuentro en Londres (donde ella vivió durante trece años) sellara un nuevo amor en la vida del bajista. “Compartimos algunos conciertos en Inglaterra y en Irlanda, y decidimos armar un dúo como fruto de la mutua admiración de los gustos en común y del amor... Nos enamoramos y estamos juntos desde entonces”, destraba de entrada el bajista, ante la inminente presentación de Puentes Invisibles, primer y flamante disco del dúo, el próximo sábado en la sala de cámara de La Usina del Arte (Caffarena 1).

“Puentes invisibles se llama así en referencia a los puentes que tejimos desde el comienzo de nuestra relación, entre ciudades distantes, culturas, músicas y lenguajes. La zamba que le da nombre habla de esos puentes que cruzamos (y seguimos cruzando) para estar juntos”, enmarca Caletti, acerca de un trabajo que cruza regiones y músicas a lo largo de once suaves y cadenciosas piezas. Algunas de él (“En el umbral del cielo” o “La cuerda”, por caso), otras compartidas por ambos, entre las que resalta la bella “The Great Unknown”, y un tercer racimo de temas tomados de las inspiraciones ajenas. Una de ellas es la inmortal “Doña Ubenza”, del Chacho Echenique, y otra refrenda la trasversalidad estética y geográfica de la relación: “Beatriz”, de Edu Lobo y Chico Buarque. “Pese a que, como lo hacemos notar en el disco, nos gustan músicas de todas partes, los dos sentimos un profundo amor por la música del Brasil”, asegura el bajista, que ya va por su decimotercer disco.

“Si tuviéramos que definir el primer elemento que nos une, es ése, que luego se extiende a toda la música de raíz afro latinoamericana”, sigue él. “Pero, más allá de los estilos, escribimos nuestras propias canciones, lo cual es, en sí mismo, una mezcla de todo lo que hemos escuchado a lo largo de nuestra vida”. Un poco así será el concierto en La Usina. Caletti lo pinta como “una mezcla” de lo que son. O sea, una síntesis de estilos, influencias e idiomas reforzada por la versatilidad de los invitados: Pablo Fraguela en acordeón y Diego Alejandro en percusión. “El toque también funcionará como puntapié inicial de un nuevo proyecto que nos lleva a ella y a mí a Filipinas, Japón y Europa, y que luego va a plasmarse en un nuevo libro-disco con colaboraciones de músicos de distintos rincones del mundo”, informa el bajista. “Está bueno viajar cantando. Yo pasé mi adolescencia entre Filipinas e Inglaterra, donde estudié durante algunos años. Después me mudé a Londres cuando tuve 21 años para estudiar un Master´s Degree en Jazz Voice. Viví allí cantando jazz y música brasilera y también viví dos años en Berlín”, repasa Miskha, otra trashumante, sobre una vida viajera que hoy atraviesa un nuevo capítulo. “Un día, la vida me trajo a Beto, con su música, su amor y este nuevo capítulo de vivir con él en Argentina... Y esto me encanta”.

–Química musical y humana, que le dicen...

Beto Caletti: –Tenemos una sensibilidad armónica y rítmica similar, y buscamos plasmarla en la textura entre las voces y la guitarra, sí. Pero además, como dije, somos una pareja en la vida cotidiana, y el amor entre nosotros se mezcla con la música y fluye en los conciertos. En uno de nuestros conciertos, una señora que no nos conocía le preguntó a un amigo si éramos pareja. “Si no lo son, deberían serlo”, le dijo.

–Respecto de la química musical, Puente Invisibles muestra un resultado ecléctico, pleno de fusiones y mestizajes. ¿Cuál es el límite de la mezcla?

B.C.: –Creo que todo lo que nazca de aquello que hemos escuchado (rítmicas, melodías, armonías, lenguajes) puede mestizarse y no hay una decisión intelectual al respecto, más bien aflora lo que traemos en nuestros oídos. El límite está en que no creo que cualquier mezcla sirva. Más bien, creo que hay fusiones que aportan algo nuevo y hacen que los estilos se mantengan vivos, y otras en las que la esencia o el swing se pierden.

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