Morir en la vereda
Imagen: Bernardino Avila

Entre las más terribles consecuencias psicológicas del terrorismo de Estado en nuestra región, se destacan la pérdida de empatía y la insensibilidad ante la injusticia. Consecuencias lógicas de un plan sistemático de persecución de opositores cuya finalidad central fue la implementación de un modelo económico neoliberal. El maestro de ese modelo era un economista norteamericano de la conocida escuela de Chicago, Milton Friedman, autor del libro Capitalismo y libertad. La fórmula mágica de la propuesta, era: desregulación, privatización y recortes. Al tratarse de un modelo de exclusión social, era previsible una fuerte resistencia de la población. Máxime, en países como el nuestro, donde el nivel de politización y conciencia social en esos años era muy alto. La metodología ideada por el régimen para enfrentar la resistencia, como se sabe, fue la persecución, secuestro, tortura, desaparición y muerte de decenas de miles de ciudadanos, instalando un clima de terror que facilitó el saqueo. Las consecuencias subjetivas de esos niveles de violencia estatal, en una parte importante de la población, produjeron una fuerte disminución de la empatía –posibilidad de ponerse en el lugar del otro–, y aumento de la insensibilidad ante la injusticia. Dos décadas después de recuperada la democracia, la comunidad argentina realizó esfuerzos que le valieron el reconocimiento internacional, en la búsqueda de la verdad, la justicia y el cultivo de la memoria respecto de aquellos años brutales. Ese proceso de recuperación de la sensibilidad, en un contexto económico de crecimiento, favoreció notablemente la posibilidad de reparación de una subjetividad profundamente dañada por el terror. En el año 2015, complejas circunstancias políticas, con fuerte incidencia de las grandes corporaciones económicas, llevaron al poder a un grupo de dirigentes, identificados con el modelo económico de la dictadura. Discípulos directos del perverso gurú de la escuela de Chicago, y sus continuadores, asumieron la tarea de retomar la senda de la transferencia de recursos de los sectores más vulnerables a los de mayor concentración de la riqueza. Tarea que, ante el conocimiento público de los horrores de la dictadura genocida, ya no podía ser llevada a cabo mediante similares métodos represivos. Fue entonces que con viejas técnicas de manipulación (principios de Goebbells) y nuevas estrategias comunicacionales (Jaime Durán Barba), se instalaron en parte de la opinión pública, consignas carentes de toda veracidad, pero efectivas para el fin perseguido. La reiteración de las mentiras, a través de la difusión de discursos oficiales por parte de los medios hegemónicos de comunicación, generaron “verdades” aparentes. Así, rutas de supuestos dineros espurios fueron atribuidos a ex gobernantes y funcionarios a quienes se les endilgaron una infinidad de hechos ilícitos. Con una parte de la justicia federal al servicio del actual régimen, ninguna importancia tuvo, la mendacidad de las acusaciones. Los servicios de inteligencia del Estado, integrados al plan, en sintonía con un puñado de legisladoras igualmente partícipes, completaron el cuadro de lo que técnicamente se denomina “lawfare”, guerra jurídica o judicial, en palabras del creador del término, general de la aviación norteamericana, Charles Dunlap. Esa mecánica de manipulación de la opinión pública, y simultánea persecución política, reemplazó la metodología desarrollada durante la dictadura de los 70. Se produjo entonces un retroceso enorme tanto en los factores de construcción de la subjetividad social como en la calidad de vida de los ciudadanos, en especial de aquellos de menores recursos. Tal vez la síntesis más descarnada de ese proceso hayan sido las palabras del entonces ministro de Educación de la Nación. “Tenemos que crear argentinas y argentinos capaces de vivir en la incertidumbre y disfrutarla” (Esteban Bullrich 2017, en el Mini Davos). La incertidumbre a la que aludió el ministro no es otra que la producida por el cierre de empresas y pérdidas de fuentes de trabajo que desde el 10 de diciembre de 2015 se cuentan por centenares de miles. Por la disminución del poder adquisitivo de los ingresos de jubilados y pensionados que no pueden acceder a alimentos mínimos, ni medicamentos. Y por la de niñes que no reciben vacunas (porque el gobierno no adquirió las suficientes), que además padecen un frío insoportable en las escuelas sin gas, o directamente han sido expulsados a las calles de las hostiles ciudades de nuestro país. Y entonces, junto a sus padres desocupados y despojados material y emocionalmente, deambulan en busca de una migaja que no suelen recibir. En ese contexto, el jefe de Gobierno de la capital de la República, ha dicho que esa “gente”, viene a Buenos Aires a “pasar el día” (SIC), como si se tratara de paseos primaverales por parques y plazas, durante feriados o vacaciones. Lo que no quieren ver estos funcionarios es que los excluidos no pasean, sólo intentan sobrevivir junto a sus niñes. La incertidumbre que motiva al ex ministro es la que angustia el alma, es la de no saber si mañana se va a tener trabajo, si se va a poder comer. Esa no se disfruta, se sufre. Sin embargo, como ha sucedido en momentos oscuros de nuestro pasado, la solidaridad y sensibilidad de nuestro pueblo se impondrá ante tanto egoísmo y avaricia. Ya se puede ver asomar un sol que nos abarcará a todes, sin excluidos ni ciudadanos de cuarta. Para que los niñes vuelvan a ser los únicos privilegiados y nunca más un habitante de nuestro país, muera en la vereda.

* Exjuez federal.

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