El fotógrafo ambulante

Fernando, hermano de Pucho, era el segundo de los hijos de un matrimonio que gozaba de buena fortuna y de una mejor posición social. Su hijo mayor, Pucho, era corredor de bolsa y gozaba de prestigio en su oficio oneroso y como casi siempre ocurre en las familias conservadoras, se vanagloriaban de su hijo exitoso. Por el contrario, Fernando era hostil a cualquier clase de logro mundano y se pasaba la mayor parte del día en una especie de sonambulismo insomne, si cabe la expresión. Su madre, en esos impulsos de no saber qué hacer, le compró una cámara fotográfica que despertó su interés y una vana esperanza en su familia. Por supuesto, como es de consideración en las pequeñas familias burguesas, un buen casamiento es necesario para solucionar ciertos problemas y después de una complicada estrategia, lograron casar a Fernando con su prima Greta, al que algunos tildaban de loca. El matrimonio rápidamente naufragó. Fernando consumaba su tiempo sacando fotos de gente durmiendo. Al principio predominaban las de su madre, después las de los linyeras que dormían bajo el amparo de un árbol, simplemente recostado sobre un banco del parque Independencia o incluso sobre una tumba del cementerio de Disidentes.

Una tarde de otoño, quizá al impulso de una cierta nostalgia originaria, decidió mudarse sigilosamente a una pensión que le permitía, desde una de las ventanas de la habitación, observar lo que sucedía en el dormitorio de su casa. Desde allí sacó varias fotos de su mujer durmiendo y extrañamente pensó que era preferible estar con los ojos abiertos porque mirarse para adentro tiene un costo exiguo. Para poder sustentarse se dio a recorrer las calles tratando de vender algunas fotos, y al cabo de un tiempo, en que se trasladó a los barrios más humildes del sur para poder costear su modo de vida, adquirió un aspecto que insinuaba una extraordinaria transformación. La venta de fotos y para colmo de durmientes no era precisamente un buen negocio, y como no pudo pagar ni siquiera la renta de la habitación que alquilaba en El Mangrullo, terminó viviendo en el barco semihundido del Saladillo. Posiblemente, Fernando, incapaz de responder a las exigencias familiares de sobrevaloración burguesas, optó por sobresalir con la monomanía propia de las clases humildes que propenden a la acción. Destruyó los lazos sociales, alteró el orden familiar, pero estaba intrigado por una idea que se le tornó insidiosa. Deambulaba sacando fotos, lo cual implica un movimiento, pero debía detenerse para poder sacarla, porque las fotos eluden el movimiento de lo real. Pero una tarde en la que entró al cine Diana porque proyectaban La bella durmiente, corroboró algo, si no extraño, sumamente significativo. Las imágenes se deslizaban en movimiento y los espectadores estaban estáticos, de lo cual infirió con cierta incomodidad una falta de correspondencia que algo le decía. En ese momento, comprobó que había algo similar entre las imágenes de sus fotos: los ojos cerrados de los personajes y él, el fotógrafo, que los mantenía abiertos. Decidió sacar una foto de su rostro con los ojos cerrados, pero al revelarla y querer guardarla en la bolsa que siempre lo acompañaba, la foto cayó al agua y aunque trató desesperadamente de recuperarla, no pudo y comenzó a sollozar en la cubierta del buque como si fuese la tragedia más grande de su vida.

Podrá ser puesto en duda, pero Fernando era un hombre notable, por lo menos, de los que tienen un momento notable en su vida y este era su momento, un momento inesperado en la hyle vertiginosa del tiempo y de la vida. A partir de ese momento, comenzó a deambular por los barrios del norte y del oeste, buscando imágenes que no lo atormentaran y evitando por todos los medios las superficies reflejantes, como si estas permitieran la germinación de una circulación de imágenes virtuales que nada tenían que ver con la dura opacidad de lo real.

Uno de los lugares que frecuentaba era el cementerio de Disidentes donde había logrado fotografiar a un linyera que dormía en una tumba. La tarde en que se iniciaba la primavera se encontró en el interior del Disidente, recorriendo los pasillos y fotografiando las lápidas sin fotos. Una mujer con un atuendo harapiento, de espalda se hallaba detenida ante una de las tumbas. Recordó la historia de un pájaro que los cazadores atrapaban caminando hacia él de espalda y sacó una foto de la mujer.

Lo aleatorio suele provocar simetrías impensables o encuentros que a primera vista pueden parecer fortuitos, pero siempre hay una ocasión favorable. Cuando la mujer se dio vuelta alcanzó a reconocer a la que fuera su mujer, Greta, que no lo reconoció. Por primera vez en muchos años, Fernando tuvo la convicción profunda de que había logrado burlar la excentricidad de un tiempo, que siempre es un retorno de lo mismo. Miró el nombre de la lápida y descubrió con un atisbo de nostalgia, ya que había dejado de amar lo que había amado, el nombre de su madre. Hurgó, eso sí en su bolso, y sacó una foto de ella, dormida y la ubicó sobre la lápida. Se quedó un largo rato en silencio, atravesado por el canto de los pájaros, descendiendo de la verde frondosidad de los árboles, que parecía contradecir ese mundo donde sus moradores perpetuaban un eterno silencio. Sin embargo, sentado sobre una las tumbas escuchó que del más allá su madre lo hostigaba: Te regalé la cámara para ver si reaccionabas con algo, pero al comprobar que era inútil, decidí dormir para siempre...Antes de salir le preguntó al portero si sabía por qué su madre había sido enterrada allí. Porque se suicidó, respondió y los suicidas no van al cielo.

 

Ya en el afuera, no supo dónde dirigirse, si hacia el norte o el sur, seguir hacia el oeste o el este… Las primeras estrellas comenzaban a perfilarse y se dio cuenta de que por primera vez en quién sabe cuánto tiempo, no miraba el cielo que siempre había sido su techo, lo que lo resguardaba en su desposesión. Decidió volver a trajinarla, pero se encontró frente a la casita de su infancia, en una esquina de Maciel y Mazza. Todavía se adentraba el frondoso jardín en el pasado; la casa estaba semiderruida y deshabitada. Dio unos pasos hacia uno de los costados, donde la vieja alambrada que custodiaba los arbustos presentaba un agujero por donde ingresó. No le interesó recorrer lo que restaba; la noche sin luna se había hecho una noche que parecía perpetuarse o prolongarse en la inmensa preponderancia que lo obscuro tiene en el universo y se tendió sobre la gramilla despareja y desprolija, para cerrar los ojos y poder dormir. Esa noche tuvo un sueño pero nunca nadie supo lo que soñó.  

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