Nunca más solas
Grito global por el aborto legal 
Estamos para nosotras, experiencias del socorrismo feminista en el siglo XXI (Chirimbote) recopila la experiencia de las Socorristas en red, organización que acompaña a quienes deciden abortar de manera autónoma. "El Estado abandona, nosotras no", dicen con esa voz colectiva que es parte de su activismo. Lo que sigue es un adelanto del libro de Laura Rosso -periodista de este suplemento- que registra voces diversas, todas amorosas.
Las pintadas son parte fundamental del activismo socorrista.Las pintadas son parte fundamental del activismo socorrista.Las pintadas son parte fundamental del activismo socorrista.Las pintadas son parte fundamental del activismo socorrista.Las pintadas son parte fundamental del activismo socorrista.
Las pintadas son parte fundamental del activismo socorrista. 
Imagen: Lucía Garrido

 Por Laura Rosso

¡Viva la vida activista feminista!

Se encuentran en bares, aulas, casas, centros culturales, sindicatos, universidades, salitas y hospitales. En esos encuentros, entre socorro y socorro, la vida circula. Piensan: ¿Cómo será este encuentro? ¿Qué tendrán para contar? En esos cruces, entre aborto y aborto, se entretejen historias y se amalgaman sentidos. ¿Qué habrá pasado en sus vidas? ¿Estarán asustadas? Las socorristas acompañan y los acompañamientos las transforman. ¿Qué dirán sus miradas? ¿Cómo serán ellas?, las imaginan. Conversan con quienes aún no conocen, se conmueven con sus historias y piensan estrategias. Llevan folletos con información para compartir. Van del trabajo a la jornada de formación y del aula a la acción callejera. Buscan nuevas forma de conquista del espacio público. Contestan mensajes mientras viajan en colectivo, graban audios para alguna chica que está abortando y se dejan interpelar por lo que sucede en cada encuentro grupal con las socorridas. Transitan momentos de silencio y también de risas compartidas. Hablan de amores y de violencias. Aparecen miedos y angustias. Pero se saben juntas. Hay una red que las sostiene para acompañar abortos seguros y están ahí porque hay otros sueños por cumplir. Deseos en los que las maternidades forzadas no tienen lugar.

En una esquina, en el monumento de la plaza, en la parada del colectivo, en la estación de tren, en asambleas, marchas y avenidas, las socorristas montan consultas ambulatorias pero poderosas, fugaces pero deseantes, donde circulan saberes y se manifiesta el mundo singular de quien quiere interrumpir un embarazo. Construyen formas de sororidad, de amorosidad, formas de un feminismo socorrista que brinda contención e información. No hay lugar para la indiferencia y la culpa tampoco cabe porque se esfuma en las complicidades que crean cuando se dan la mano. El feminismo socorrista acompaña a abortar y cuida a quienes abortan. Porque nada detiene la voluntad de una persona que decide abortar. Porque es una decisión legítima e individual en la que nadie puede inmiscuirse.

Corren juntas, caminan abrazadas, hablan entre ellas y llevan los saberes del feminismo a todos lados. Hay tiempo para compartir experiencias y activismo. A veces medio tiempo y otras, tercer tiempo. El socorrismo feminista ofrece palabras y abrazos. Ellas acompañan decisiones. Porque maternar no puede ser una obligación, ni una imposición, ni un mandato. Y en esa decisión política de acompañar un aborto mediante el uso de medicación, aparecen otras formas posibles de vivirlo. Con afecto y caricias, con emoción y ganas, con alegría y palpitaciones, con algunas desobediencias y muchas más certezas.

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Sí, te acompañamos. Vas a abortar

Es posible abortar en casa con misoprostol, con una persona afectivamente cercana y atendidas y acompañadas por mujeres feministas. Paso uno y paso dos, métodos y síntomas, qué va a suceder, qué vas a sentir, qué hay que hacer después. Socorro Rosa ensaya, prueba, crea y arriesga. Propicia esa ética feminista que conlleva una estética militante, dibujada en las cuerpas, en las pieles y en las conciencias inquietas y permeables a nuevas maneras de habitar el mundo. A una vida llena de libertad. Porque están a(r)mando un mundo feminista y hacia ese mundo caminan. El trance feminista que viven hermanadas las transporta a graffitear con aerosoles de distintos colores en veredas y paredes los números de la línea pública y a soltar cantos amplificados por voces potentes, tambores y carcajadas. Juntas cruzaron el umbral y se lanzaron a crear nuevos contornos y cartografías feministas, socorristas y aborteras. Socorro Rosa es un anclaje feminista. Es hazaña y lleva consigo retazos de historias, aventuras, contrariedades, biografías y narraciones que propagan otros relatos posibles. Porque hay abortos inseguros. Porque hay muertas. Porque puede no haberlas. Porque existen los abortos seguros y acompañados. Por todo eso, Socorro Rosa es experiencia feminista y acontecimiento político. Una apuesta que entrelaza dos mundos: el de las socorridas y el de las socorristas. Ellas trazan un movimiento, un itinerario, un mapa que busca transformaciones y otros devenires.

¿Qué vuelve tan peculiar esta experiencia? La capacidad que tiene el socorrismo de destrabar palabras. Y así, los mensajes que llegan a los celulares de las socorristas despliegan distintos sentires:

“No quiero tener un hijo en este momento. Quiero seguir estudiando, no quiero que mi futuro se vea truncado por un embarazo que no busqué”.

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“Está todo listo, mis amigas vinieron a acompañarme”.

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“Me gustó porque estuvimos al aire libre hablando de aborto sin ninguna persecuta”.

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“Aborté en mi casa, con una socorrista detrás del teléfono, con mi hijo sentado a mi lado haciéndome caricias y mi compañero cocinando”.

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Abortar acompañadas en el feminismo es una práctica de libertad que multiplica el poder de las mujeres y de otros cuerpos gestantes que deciden hacerlo.

El lenguaje y las palabras

La historia de Malena como socorrista está marcada por el acompañamiento que hizo en el aborto de su amiga Flor en el año 2010. “Nos sentamos a planearlo”, recuerda. Amigas y compañeras de militancia, se conocen desde que eran chiquitas y sus madres eran amigas. Malena y Flor vivían en el mismo barrio, una a la vuelta de la otra, fueron al mismo jardín maternal, a la misma escuela y más adelante militaron en la misma organización barrial y en la misma villa. Estaban en la escuela secundaria cuando Flor quedó embarazada. “Eso nos estaba pasando a las dos. Entonces, fue pensar juntas: ¿Qué hacemos? ¿Cómo lo resolvemos? Fue ponernos a leer, a conseguir el oxa, el ibuprofeno, la casita y ver cómo hacíamos. Me acuerdo de que controlábamos las toallitas: no las tirábamos a la basura, las teníamos puestas en el bidet, como de adorno, y las mirábamos. Anotábamos en un cuaderno: 17:35, se cambia la toallita. Teníamos 17 y 18 años y estábamos haciendo esto solas, resolviéndolo. Y la manera era esa: prolija”. Malena cuenta que Flor se reía, que miraban la tele y merendaban jugo de naranja con galletitas. “Éramos re niñas y fue lindo, fue muy lindo. Estuvo muy bien estar ahí, comer galletitas, hablar, controlar el sangrado, tener contracciones que dolían y aprender a hacerle un mimo”. Malena frotaba las manos con fuerza para calentarlas y se las ponía en la panza a Flor, las dejaba por un rato y eso la aliviaba. Veían una película tras otra y si Malena iba al baño, Flor le decía: ‘Volvé, volvé’, para que le aliviara el dolor producido por el oxaprost con el calorcito de sus manos. “Eso nos hizo más feministas, más amigas, más empáticas, más atentas”. Fue una situación que las invitó a algo. “Los abortos son muy transformadores. Yo nunca aborté en mi cuerpo, pero sí siento que aborté en otros cuerpos. No todos los abortos me atraviesan el cuerpo pero hay algunos que sí, y mucho. El aborto de Flor fue re importante”.

A partir de esa experiencia que transitaron juntas, Malena entiende la lucha por el aborto libre como la lucha por la autonomía de los cuerpos, de las corporalidades y de la posibilidad de decidir. “Abortar es a veces la única decisión que podemos tomar por nosotras mismas. Hay mujeres que nunca decidieron nada por ellas mismas y, de repente, decidir no maternar o no continuar o no tener hijos es la única decisión que toman en la vida. Siento que eso pasa y que es el principio de algo. Siento que ahí hay una conexión con mi decidir ser feminista”.

Desde los 16 años, Malena va a los Encuentros Nacionales de Mujeres. En 2009 fue en Tucumán, la ciudad donde vive. “Yo estaba buscando entender que lo que me pasaba era que era lesbiana. Y ahí me encontré con el feminismo”. Al año siguiente, estaba decidida a ir de nuevo y le dijo a Flor: “Vos también tenés que venir”. Flor, que todavía iba a misa, fue. “Al empezar el Encuentro en Paraná, Entre Ríos, Flor tenía algunas preguntas pero cuando terminó estaba cantando Aborto legal en la catedral. Todo así, en tres días”, se ríe Malena. Volvieron a Tucumán con manuales y con ganas de accionar en la Campaña por el Aborto Legal, Seguro y Gratuito, que ya existía en esa provincia pero estaba bastante inactiva. En el Encuentro Nacional de Mujeres de San Juan, que fue en 2013, encontraron el libro de Lesbianas y Feministas por la Descriminalización del Aborto, Todo lo que querés saber sobre cómo hacerse un aborto con pastillas, pionero en la difusión de información sobre la existencia de medicamentos que provocan abortos seguros y sobre su correcto uso. La publicación costaba cinco pesos y Malena y Flor se compraron cuatro. “No teníamos ni una colectiva ni dónde venderlo, pero sabíamos que teníamos que tener más de uno. Los regalábamos, los repartíamos y, como teníamos ese librito, las amigas nos lo venían a pedir para abortar”. Ahí empezaron a pensar que había que acompañar, que esa era la manera, que eso era lo que estaba bien. Lo que hacían en esos acompañamientos era enseñarles a otras lo que ellas habían aprendido. En ese Encuentro de Mujeres en San Juan, Malena buscó a las revueltas. Sabía que existía algo que era el socorrismo y fue al taller que la colectiva había convocado en un aula de la facultad. Malena entendió que el socorrismo venía a saldar esa búsqueda y sentía una potencia inconmensurable que tenía que aprovechar, la potencia de acompañar a abortar. “Acá hay que estar”, dijo. Con Flor se pasaron todo el encuentro persiguiéndolas. “Ellas iban para allá con el megáfono y nosotras para allá también. O comían en un bar y nosotras íbamos a la mesa de al lado. O cantaban y nosotras nos quedábamos ahí mirándolas. Ya se veía que juntas eran dinamita”.

Encontrase con las revueltas y esa red incipiente de socorristas fue suficiente para que dijeran: “Queremos esto”. Malena recuerda que su primera plenaria de socorristas fue en Neuquén. El pasaje era carísimo y todavía no formaban parte de la Red. Pero querían ir a ver, conocerlas más de cerca. “Mi abuelo, que para mí es un genio del amor, un dulce de leche y lo mejor que tengo, me pagó el pasaje. Yo no lo podía creer”. Llegaron a la plenaria y Malena le decía a Flor que estaba extasiada. “Extasiada de que esa gente exista, de las obras de teatro que veíamos, de todas esas mujeres. Me acuerdo de que fue en esa plenaria, la primera vez que yo escuché a feministas preguntarse por el lenguaje y por las palabras. No lo había pensado antes. La importancia de decir plenaria, grupa, protocola, colectiva. La importancia de decir que necesitamos usar las palabras que nosotras inventemos, modifiquemos, intervengamos para que nuestras prácticas no estén prescriptas por un lenguaje que nos coloniza y que no nos es propio. Me acuerdo de que Ruth decía: ‘Porque nuestro sur es tal cosa’… No decía ‘nuestro norte’, decía ‘nuestro sur’. Y te daba vuelta el mapa. Decía: El sur de estas redes. La importancia del lenguaje la aprendí con ellas. Y se me prendió una llamarada en la cabeza. Dije: ‘Claro, las palabras que usamos para definir las prácticas que hacemos son importantes’”.

Malena volvió sorprendida por la apertura, por la construcción de una confianza en la que había una posibilidad generosamente puesta a disposición para que ellas también pudieran hacer lo mismo en otros lugares y que más mujeres llegaran a tener abortos seguros, acompañados y feministas. Aprendió una manera de habitar el mundo que fue transformadora. Fue testiga de un saber feminista que se construyó con años de sistematicidad, respeto, escucha, generosidad y prolijidad. “Construir un saber feminista es poder recuperar lo que nos enseñan las vivencias que atraviesan los cuerpos de las mujeres”, subraya.

Malena, como tantas socorristas, dice que el socorrismo le cambió la vida, le ensanchó la existencia: “Soy lesbiana, feminista, socorrista, abortera y docente. Esa es mi identidad y eso me acompaña en el hacer. Mi cuerpo es leído desde ese lugar y mis intervenciones en absolutamente todos los espacios que habito parten de ese lugar. Eso se traduce en elegir configurar la familia como una decide configurarla, elegir trabajar de la forma, en los espacios y con la ética que una decide, y con los límites y las imposibilidades que eso genera. El socorrismo es mi identidad, es parte de quien soy y la definición de cómo quiero ser, de cómo estoy siendo, de cómo puedo habitar el mundo. Es una invitación a todo eso. Estoy pudiendo ser socorrista y eso es lo que me hace feliz. Lo que me da esperanza, pero no una esperanza romantizada, sino la esperanza de pensar que el mundo que estamos armando está y existe. En el mundo que yo construyo estoy rodeada de socorrismo, de acuerpamiento, de decisiones, de activismo vital y de generosidad. Nos amamos y nos armamos, y la mejor arma es el amor entre mujeres”.

 Al closet nunca más

Las socorristas formaron una organización nacional que se llama Socorristas en Red (feministas que abortamos), impulsada por la pasión de las activistas de la colectiva La Revuelta, en Neuquén. Enlazadas en esa red acompañan a quienes quieren abortar y trazan el camino para lograr que el aborto sea libre, cuidado y feminista. Lo hacen mediante un activismo que construye articulaciones con el sistema de salud, con la Red de Profesionales por el Derecho a Decidir, con la Red de Acceso al Aborto Seguro (REDAAS) y con otras redes de acompañantes de América Latina y el Caribe.

El total de abortos acompañados por las socorristas de la red de nuestro país es de 19.361 entre 2014 y 2018, una cifra que deja constancia del crecimiento de la cantidad de mujeres y otros cuerpos con capacidad de gestar que año tras año las contacta.

Durante 2018, la incorporación de nuevas grupas y activistas a la red de socorristas creció de manera notable por la movilización sostenida en las calles, donde la marea verde lo cubrió todo en apoyo a la legalización y despenalización del aborto, cuyo proyecto de ley se discutió en la Cámara de Diputados y Senadores el 13 de junio y el 8 de agosto, respectivamente, y fue rechazado en el Senado por 38 votos en contra y 31 a favor. Ese mismo año, las socorristas acompañaron a 90 niñas menores de 14 años (47 de ellas no concurrían a la escuela) y a 1069 adolescentes de entre 15 y 19 años (de las cuales, 253 no concurrían a la escuela). Así, un total de 1159 niñas y adolescentes pudieron avanzar en su derecho a ser niñas y no madres. Este tipo de acompañamiento constituyó el 13,7% del total de los realizados en 2018. Acompañar a niñas y adolescentes deviene en una práctica especial de cuidados y mayores articulaciones con personal de la salud para evitar situaciones de revictimización y vulneración de derechos por parte de algunos entornos familiares, diversas instituciones del Estado y grupos antiderechos, cada vez más visibles.

Cuando una persona decide abortar, el aborto sucede. Con el Estado o sin él, las personas abortan. Los datos indican que las mujeres abortan más allá de la situación socio-económica: en 2017 el 42,5% de las personas que interrumpieron embarazos no tenía trabajo y el 57,5% sí. Abortan más allá de las creencias religiosas: el 58,3% practica alguna religión. Abortan más allá de tener hijos con anterioridad: el 57,2% ya eran madres. Abortan más allá de la edad: el 72,9% tenía entre 20 y 34 años. De las 5871 mujeres que acudieron a las socorristas para interrumpir un embarazo en 2017, el 92% dijo estar acompañada por alguna persona de su entorno afectivo en la decisión de abortar, el 82% no había abortado antes y el 74,3% sabía que podía abortar con medicación.


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