PLASTICA. Trabajo de registro sobre paisaje argentino de Maximiliano Masuelli

Por las rutas argentinas 

El primer tomo de una investigación independiente  ofrece una mirada amplia sobre la pintura argentina del siglo XX.
Copia ByN de un paisaje pintado por Enrique Gandolfo.Copia ByN de un paisaje pintado por Enrique Gandolfo.Copia ByN de un paisaje pintado por Enrique Gandolfo.Copia ByN de un paisaje pintado por Enrique Gandolfo.Copia ByN de un paisaje pintado por Enrique Gandolfo.
Copia ByN de un paisaje pintado por Enrique Gandolfo. 

 

 

Artista, editor, gestor cultural independiente y coleccionista, Maximiliano Masuelli empezó hace 10 años a coleccionar reproducciones de obras de arte argentino del siglo veinte, especializándose en paisaje. Las obtenía en Internet de páginas de subastas, las hallaba en catálogos de exposiciones o las producía fotográficamente con Ana Wandzik en las muestras de pintores del paisaje urbano de Rosario que ambos organizan en el espacio de arte que coordinan en Alberdi, al que bautizaron “El Bucle: arte argentino de los últimos siglos”.

A esta pesquisa apasionada y anárquica la nombró Masuelli, al modo de alguna pionera banda punk, como T.R.I.P.A., que son las siglas de “Trabajo de Registro e Investigación sobre Paisaje Argentino”. Tras haber editado esas imágenes en fanzines y carpetas en papel con el objetivo de difundirlas (“siempre subí las imágenes a Internet”, recuerda), ahora publicó T.R.I.P.A., el libro. La editorial no podía ser otra que Iván Rosado, que él dirige con Wandzik y desde donde, al igual que en sus otros proyectos conjuntos llevados a cabo en diversos barrios de Rosario, se reescribe en estos años el canon estético regional, marcando tendencia desde un espacio independiente.

La ética del procedimiento por el que se configura T.R.I.P.A. es la de copiar citando la fuente. Todas las páginas finales del libro están dedicadas al escrupuloso índice (por orden alfabético según el apellido de los y las artistas) de los títulos de las obras, página, fecha y el origen de cada una de las imágenes que figuran en blanco y negro al principio, acompañadas en ese panorama visual inicial sólo por los nombres de los artistas en variadas tipografías fanzineras.

Esa precisa documentación sobre las fuentes arma una historia, parcial y no exhaustiva, de los registros artísticos. Por ejemplo nos enteramos de que la Librería y editorial Ruiz publicó en Rosario, en 1942, un libro titulado El grabado en la Argentina. 1705-1942.

Aportaron lo suyo diarios como El Litoral o libros ilustrados que divulgan investigaciones académicas de especialistas en arte argentino como Guillermo Fantoni, Adriana Armando o Diana Weschler; o no tan académicas ni especializadas pero igualmente valoradas aquí, como el amable libro de Manuel Mujica Láinez sobre pintura ingenua, que salió en los años ’60 y que Iván Rosado reeditó en este siglo.

Lo olvidado ocupa un lugar junto a lo sencillamente ignoto, sin que hoy por hoy podamos saber qué o quién cae en cuál categoría. Una las unifica: la de lo bello. Alternando entre las series de imágenes se insertan módicos cúmulos de información de una página de extensión, organizados en forma completamente horizontal (es decir, no jerárquica) y donde al modo de un poema en prosa cada artista está representado en una frase; la tirada cierra siempre con una cita.

Este corpus no canónico y desjerarquizado se extiende en un solo plano, sin figuras estelares ni de segunda línea, sin subdivisiones por períodos ni regiones ni estilos, todo junto a la vez impactando la sensibilidad del coleccionista editor y sus lectores de la misma forma en que el paisaje lo hizo con quienes vivían para pintarlo o dibujarlo o estamparlo. Hay algo del viejo anarquismo, cierta influencia de las estéticas subjetivistas de la recepción y mucho de una sensibilidad en puro presente propia del arte contemporáneo, en esta forma de presentar la información. Que también remite al atlas, al panorama, al salón dieciochesco de arte abierto a todo público, a las prácticas democráticas de una modernidad en riesgo de extinción.

Al repasar los nombres de pila de artistas, lo que sorprende (aunque en un mundo más justo no lo haría) es la cantidad de mujeres pintoras en relación estadística con los hombres pintores: un porcentaje mucho más alto que entre los denominados maestros o figuras consagradas, una zona donde la firma femenina es excepción. Algunas firmas “suenan”, como Yentl, Norah Borges, María Obligado (que se dedicó full time al arte y obtuvo importantes premios internacionales a comienzos del siglo XX) o las rosarinas Laura Schiavoni y Aid Herrera, pero suenan gracias a profundas investigaciones que las rescataron del olvido y también por ser “la mujer de” (de Juan del Prete: Yentl; de Juan Grela: Aid) o “la hermana de” algún escritor o pintor célebre. Otras asombran, aunque nada de asombroso debería haber en esto, por la cobertura mediática y social que tuvieron antes de caer en el olvido, representada con ágiles collages de material visual periodístico tomado de Internet. Allí se las ve autónomas, solidarias entre sí, creando: “Margarita Roux y Antonia Ventura y Verazzi tomando apuntes de playa Bristol”, reza uno de los epígrafes.

El libro es una invitación a la búsqueda salvaje. Poner en Google “Gertrudis Chale” es un viaje de ida hacia Gertrudis Schalle (1898-1954), artista austríaca cubofuturista de origen judío que se radicó en Argentina huyendo del nazismo y fue a pintar serenas escenas metafísicas de los pobres de cierta zona rural de Bolivia pocos años antes de la revolución minera de 1952. Otros nombres a explorar son Ada Tvarkos, Ana Caviglia y Rosa Aragone, que vive y sigue exponiendo; más allá de esta zona: Juan Butler, Lucía Guerra, Juana Lumerman, Eugenia Belín Sarmiento, Rosa Campanello, la naïf Susana Aguirre, la más célebre Raquel Forner, Elba Villafañe y tantas más.

Si bien confluyen diversos estilos, prevalece aquella dialéctica entre el realismo y lo surreal o metafísico, característica de los años ’30 o de entreguerras, que señalaron en diversos trabajos tanto Fantoni como Weschler. Por lo visto, el arte argentino del siglo veinte no pretendía mostrar en forma mimética la realidad objetiva del paisaje sino más bien (y sin dejar de lado la fidelidad figurativa) expresar el hondo efecto emotivo que el paisaje causaba en la sensibilidad de cada artista. La síntesis del lenguaje y la precisión en la composición estaban al servicio de la contundencia de una belleza misteriosa e inefable. También están presentes propuestas más marginales que incluyen lo grotesco, lo mitológico o lo bizarro.

 

 

La tapa del libro editado por Iván Rosario.

 

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