¿Dónde hay humo?

El día está fresco, ventoso y, si no fuera por el sol, estrellado. Una claridad sublime preside el desarrollo de las horas, como si fuese un presagio de la paz del fin de los tiempos, la gloria definitiva de la creación, la vicepresidencia de todas las justicias, el momento anhelado, el Nirvana: un día ideal para hacer un asado.

¿Y si llueve? No es que tenga mala onda o sea la típica que siempre se lo escupe, pero a veces la irrita esa absurda predisposición al optimismo. Además, si se pone a recordar los últimos fines de semana, no hubo uno en el que al tipo no le pareciera el día ideal para un asado. Como si un mundo feliz no fuera posible sin parrilla.

Ramas pequeñas: apilar ramas muy pequeñas, un mínimo de un espesor no mayor que el de tres fósforos juntos a lo largo, tal vez unos seis milímetros, muchas ramas de no más de seis milímetros de mini fuste puestas una sobre la otra con precisión japonesa, formando un entramado que, a pesar de la delgadez de las pequeñas ramas, resulte fuerte y resistente, esto en una capa, pero también en una nueva capa que va encima de la anterior, firmemente vinculada, y encima de todo esto, coronándola, como King Kong en el Empire State Building, una perla de carbón, un trozo pequeño pero no chico que, cuando ardan las ramas, vaya inflamándose hasta que llegue el momento de agregar más carbón y finalmente bajar de la Sierra Maestra agregando más y más carbón hasta que las llamas alcancen un metro de alto.

¿Y las ensaladas? El tipo piensa que no se necesita pericia, mucho menos precisión, para preparar las ensaladas. ¡Siempre lo mismo! ¿Él se acuerda de comprar el carbón? ¿Llevar los fósforos, el cajoncito de madera de verduras por si al lugar se le da por no tener ramitas? Porque vos fijate que, si todos confían en las ramitas del club de los asadores, capaz, quién sabe, a lo mejor, llegás y no queda ni una. Ni chica, ni grande, ni seca, ni siquiera una verde para hacerte la segunda. Así que vos le llevás el cajoncito, el papel de diario, el encendedor y un poco de alcohol de quemar por si a Londres se le da por no arder. Pero, no importa nada de lo que hagas vos y tu yo precavido: el aplauso siempre será para el asador.

Y ahí lo tenés, un entramado chiquitito. En lo más bajo y ancho hay unas hojas secas, de sauce, de plátano, de tala. Encima, las ramas finitas entre las que se cuelan algunas hojas e inmediatamente superpuesta la trama se va haciendo de líneas cada vez más gordas, ásperas, marrones. El conjunto tendrá, quién sabe, unos ocho centímetros de altura y arriba de todo, como un diamante de anillo de esos que se usan para promesas solemnes e incumplibles, un trozo, negro y opaco, de carbón. Ahora hay que encenderlo.

Ni le pregunto si trajo fósforos porque es cantado que no. Y, además, no le importa ni le preocupa. Si nadie tiene o consigue un encendedor, mejor. Él puede hacer la parsimonia de las piedras que se frotan y voilà, asado para todes. De igual forma, no deja de ser animada la ceremonia del fuego. Si hasta a veces, cuando la picada es generosa y el vino acompaña, dan ganas de ponerse a cantar sube la llama, sube la llama, más alto…

Ahí va, suave, elegante, ondulando, en la punta del fósforo, la llama, que de tan esbelta destaca lo cuadrado de mis dedos que dan un final triste y cochambroso a esas manos de albóndiga que, sin embargo, a la luz diáfana del día, tras los destellos de la pequeña llama, brillan. ¿Es que ya toman fuego las hojas secas de abajo?

La verdad que un poco de hambre tenemos, pero nadie se atreve a apurar las cosas porque la parte más sugestiva del asado es cuando se empieza a escuchar el crujir las hojitas secas. De modo que no hay quién se prive de entrarle con voracidad a la picada. Para cuando se termine el fuet y el cantimpalo, alguna brasa estará lo suficientemente lista como para arrancar con los choris.

Y esto es lo que pasa, en resumidas cuentas, las llamas toman las pequeñas hojas, consumen las ramas pequeñas, prenden en los troncos menores, encienden la leña gorda, se tapan de carbón humeante y hacen, finalmente, una llama azul de gases de carbón antes de deshacerse en brasas que, al sol blancas, se saben rojas infrarrojas y ardientes por el color ocre que tiñe la carne, los chorizos, la molleja.

 

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