Mikielievich, Rosario o la yerbatera

Imagen: Rosario/12

 

“El secreto de la vida es quizá el de las paralelas: 

sentirse parte del haz no intentar contactos imposibles”.

Jorge Bruno Borgato, arquitecto.

Hilda aparece con un caja impecable llena de hojas de afeitar usadas y colocadas dentro de sus envases originales. A vos te hacen falta porque veo como sacás punta a los lápices de madera. Se murió mi tío Pepe, estamos desarmando el departamento.

La muestra de Mikielievich está en el Museo de la Ciudad de Rosario. Ha terminado el conflicto y se pudieron abrir las sesenta y cuatro o más cajas con todo su archivo, se visita a partir de las 15, además se editó un libro publicado por la Editorial Municipal. Cómpralo, no seas rata.

Pepe trabajó durante 30 años en la yerbatera Martin, tenía varias hermanas y nunca se casó. Cambió de departamento con el correr de los años.

Mikielievich juntaba y ordenaba libros, hallazgos, folletos, etiquetas de vinos… qué te cuento, andá a la muestra.

La yerbatera daba a sus empleados un guardapolvo gris a comienzos de año y otro en julio, periódicamente se les enviaba paquetes de yerba y varios obsequios relacionados con la costumbre argentina del mate.

Las hermanas de Pepe le celebraban sus cumpleaños habitualmente rotando entre una y otra casa entre ellas. No visitaban a su hermano respetando sus silencios e insondable soltería.

Mikielievich hacía revistas de un solo ejemplar que pedía que la fueran compartiendo, escribía y discutía con periódicos, periodistas y cuanta cosa le parecía mal de su amada Rosario.

Pepe murió sin avisar. Sus hermanas se ocuparon de desarmar el último departamento. Tres volquetes grandes permitieron dejar el departamento vacío y listo para alquilar.

Mi amiga Hilda tuvo la gentileza de contarme lo que no puedo expulsar de mi memoria, la siniestra. Mikielievich ordenaba todo, Pepe también.

Mikielievich ponía nombre, fecha, destino, organizaba el futuro de sus hallazgos.

Andá a ver la muestra, es increíble, alucina, no son las sesenta y cuatro cajas… pero.

En el departamento de Pepe, perfectamente ordenados estaban los cientos de kilos de yerba (él no tomaba mate) los veintinueve pares de guardapolvos (usó solo dos en treinta años), los cincuenta regalos de cumpleaños de sus hermanas, envueltos con celofán y con las tarjetas correspondientes, las Gillettes que usó a lo largo de su vida, preservadas por los papeles dobles de origen.

Te ruego imagines el resto de los objetos usados con orden y concierto.

Las hermanas no tienen consuelo, se dieron cuenta de que siempre le regalaron pañuelos, medias, cinturones y corbatas que jamás usó. “No me di cuenta, no lo miré, no sabía”.

Sus cambios de departamento se debían a que los objetos a guardar no entraban en su alojamiento primero.

El efecto fue como el de un suicidio, nadie lo miró, no dijo nada, no sabíamos. Lloraba la familia, ¿familia?

Mikielievich tiene una muestra en la que nos dona su amor a Rosario.

El fantasma de Pepe me/nos interroga. ¿A quién amaba Pepe?

 

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