Herna o el amor como urticaria

EL CUENTO POR SU AUTOR

Uno quiere escribir cuentos, entonces, además de leer muchos cuentos, lee los decálogos de los maestros del género. Decálogos que nos dicen cómo escribir un cuento perfecto. El decálogo de Poe, el de Quiroga, Cortázar. Todos, o casi todos, entre otros consejos, señalan que no se debe empezar a escribir un cuento si no se tiene el final, porque “un cuento es una flecha que apunta a un blanco y si la fLecha se desvía, no hay cuento”. O pierde eficacia. “El cuento es una esfera”, “hay que evitar las digresiones”, etcétera. Todo eso está muy bien en la teoría, después uno se sienta a escribir y hace lo que puede. Para este relato yo tenía al empezar un diálogo (Alexis, el protagonista, quiere acercarse a la chica que le gusta pero es inseguro y está lleno de dudas); por otro lado, una escena en la que una pareja discute en medio del campo; ganas de parodiar el discurso new age y el nombre de la chica: Erna. Sabía que mi personaje se iba a llamar así. No tenía un final, ni siquiera sabía que esos fragmentos eran (o podían ser) parte de un mismo cuento. Pero en la convivencia con esos fragmentos y esos personajes, en base a prueba y error, la unión de las piezas fue surgiendo (la fiesta, el sueño futuro de Alexis, el final) y una hache en el nombre de ella: Herna. Esa hache que deforma el nombre, que parece un error y lo acerca a “Hernia”, me ayudó a definir su psicología: yo sabía perfectamente cómo hablaba Herna. Lo demás fue escritura, trabajo sobre el texto, paciencia. Los decálogos están muy bien y son muy útiles, pero también es bueno olvidarse de ellos, relajarse y dejarse llevar por el puro placer de narrar. 

HERNA O EL AMOR COMO URTICARIA

La conocí en el cumpleaños de Martina, una compañera de trabajo. Yo había llegado tarde y no tuve tiempo de vislumbrar los sanguchitos ni de ubicar alguna cara conocida porque, ni bien entré, lo primero que vi fue a Herna. Mejor dicho no a Herna, porque todavía no sabía que se llamaba así, y no es que simplemente la vi: una luz me envolvió y del centro mismo de esa luz cegadora, como Afrodita brotando de la espuma, inmaculada y nívea, surgió ella. No exagero. Llevaba una túnica hindú de colores, de esas que solo a las elegidas les quedan bien, y en ella se veía tan natural que yo pensé que así había venido al mundo: perfecta, en ese mismísimo instante y sólo para posarse frente a mí, darme su bendición y evaporarse. Pero lo que sucedió en realidad fue que mientras pasaba me miró, me sonrió y me dijo hola. Yo no sé cuánto habré tardado en reaccionar. Lo que sé es que cuando me recuperé del calambre, me atropellé todo para devolverle el saludo, la sonrisa, ofrecerle mi insignificancia en una bandeja y unas cuántas cosas más, pero ella ya estaba llegando al baño.

Mi gusto en materia de mujeres siempre ha coincidido, si no con el de la mayoría de los hombres, sí al menos con los suficientes como para que la chica que me gusta les interese también a otros. O al menos a uno, que suele ser suficiente. La noche del cumpleaños de Martina no era la excepción: había mirado a la mujer más hermosa de la fiesta y, sin dudas, en ese momento habría otros cuarenta tipos con la misma fiebre inguinal e idénticas intenciones que yo. Como mínimo. Por supuesto todos más interesantes y atractivos que yo, chicos re cool, re hippie chic, rubios de mentón cuadrado con la corbatita floja y las manos en los bolsillos, ostentando cargos como project manager o positif planifier en empresas que se llaman Meeting Point o Network Trust, morochos estudiantes de intelligent marketing o de behavioral finance con cuatro MBA en Harvard e impecable barba de dos días, ojos esmeralda y leve sonrisa de dientes blancos soldada en la cara, chicos de mechón rebelde sobre la frente bronceada, musculosos aunque sin exagerar, sensibles con una cicatriz de dos puntos en la ceja, recuerdo de sus años rugbier, y de cerca las uñas impecables: esa clase de hombres que las minas dicen no encontrar y que yo veo por todos lados. Aunque sería injusto si no dijera que más allá de ellos la culpa por lo general es mía, por quedado, por autocompasivo, por pelotudo básicamente. Pero esta vez no lo iba a permitir, esta vez estaba radiante, estaba rutilante y exultante, y me prometí que esa mujer sería mía, mía, mía y de nadie más.

Dicho eso, me fui a buscar un trago para juntar coraje.

Siempre pensé que la única manera de estar seguro al momento del avance es teniendo una buena estrategia. No el típico casete, el discurso armado de antemano, sino un plan a la medida de cada situación. Metódico como siempre, lo primero que establecí fue una composición de lugar: por el momento ella estaba con sus amigas, que eran muchas, demasiadas, conté siete, ocho, a las que no paraban de sumarse otras, todas histéricas, bobas insoportables que no me lo iban a hacer fácil. Me ubiqué atrás de una columna: no demasiado lejos ­para poder adelantarme si algún mentón cuadrado pretendía ganarme de mano, pero tampoco tan cerca porque ella o alguna de sus amigas me podían ver y eso no era conveniente. Una posibilidad era esperar que fuera al baño, que suelen ir en grupos más reducidos, de a dos o de a tres, y esperarla a la salida. Pero lo descarté por demasiado evidente, casi alevoso. Además, hacía cinco minutos que había ido al baño y yo no podía perder tiempo. Consideré que lo mejor era olvidarme de las amigas, hacer de cuenta que no existían y acercarme sin más, con la naturalidad que me caracteriza. ¿Después de todo a qué vino, si no?, ¿a caretear toda la noche con un daiquiri frozen de frutillas light? Si en el fondo todas buscan lo mismo: al hombre de su vida. Y en el caso de ella ese hombre sos vos, pensé. Bien, muy bien, me dije, con esa misma actitud ahora te acercás y la saludás. Sin hacerte el galán, espontáneo, simplemente le decís hola. ¿Y ella? Ella seguro te va a saludar, se la ve una chica educada. No, pero ¿qué hago si justo en el momento en que doy el paso al frente para saludarla, ella da vuelta la cara y se pone a hablar con una amiga? Eso no va a pasar. Pero si pasa, ¿qué hago?, ¿le toco el hombro?, ¿me quedo parado y espero que termine de hablar?, ¿insisto con el saludo o doy la vuelta y me voy a casa? ¿Y si ve que llegué hasta ahí al lado y me volví?, ¿o me ve una amiga, me señala y todas se ríen? Si pasa eso al otro día tengo que renunciar al trabajo. Pero dejate de joder, por pensar así te va como te va; lo importante es observar, prestar atención para ver en qué momento ella se queda callada, ese segundo en que se distrae de las amigas y mira alrededor con expectación, como esperando el milagro, y entonces entrás vos, simpático y seguro, y la saludás.

Me miré la ropa para ver si todo estaba en su lugar, me acomodé el pelo con los dedos, carraspeé para aclarar la garganta y cuando di el primer paso, vi que un tipo se paraba frente a ella y le hablaba al oído. Me quise masticar la copa y desangrarme ahí mismo. Ella sonreía, él hacía gestos y le convidaba un trago de color celeste. Justo vi pasar a un mozo y aproveché para pedirle un vino, algo auténtico, yo era el único hombre auténtico que había en la fiesta y ella por apurada no se iba a enterar. Me apoyé en la columna y me puse a pensar para qué había ido, si a mí no me gustan nada esas fiestas, no me gusta la gente que va, no me gusta la música que pasan, no me gusta casi nada de lo que dan de comer, y no quería mirar hacia donde estaba ella, pero no me aguanté. El tipo seguía ahí; lo miré mejor: tenía el pelo cortado a lo David Beckham y una remera negra ajustada de esas que marcan el pechito, y pensé yo termino el vino y voy y lo cago a trompadas, qué me importa, que me lleven preso, que me saquen en camilla, cuando veo que se da vuelta y se aleja, tal vez al baño, quizás a buscar otro cóctel posmoderno, qué se yo, y sentí ese momento como un guiño de la Providencia, un ahora o nunca en la ley de la selva, y me mandé decidido, sintiendo a cada paso que después de todo valía la pena morir por una causa como esa.


***

Le dije hola, y ella me devolvió el saludo y una nueva sonrisa. Vi entonces que sus ojos eran negros. Como “espejos de azabache”, dije en voz alta. ¿Qué?, preguntó ella. Me llamo Alexis, le dije. Ella dijo yo soy Herna. Yo dije ah, y me quedé callado, no se me ocurría nada que pudiera relacionar con ese nombre y tampoco sé por qué tenía que hacerlo, hasta que me vino a la cabeza, no me pregunten cómo, la película Good bye Lenin: la había visto días atrás, me había parecido interesante, y me largué a hablar de eso, total. Ella me escuchó con atención, y cuando terminé respondió que no la había visto, pero que tampoco tenía interés alguno en verla: “La política es cosa de hombres insensibles, apartados del camino espiritual, con una densidad karmática muy alta”. Seria, me lo dijo. Yo me quedé esperando que se riera, para sumarme a la gracia de su chiste, pero eso no pasó. Lo que pensé entonces fueron dos cosas: una, que me había cortado el rostro de una forma rara y eficaz ­–quizás había hecho una apuesta con las amigas y estaba ansiosa esperando que yo me fuera para contarles lo que me había dicho y hacerse un festival–, y la otra, mucho más remota, que efectivamente hubiera hablado en serio. Como ya estaba recontra jugado y no percibí en ella ningún tic que me hiciera sospechar, decidí quedarme. Cambié de tema. Le hablé de música. Le dije que últimamente estaba escuchando sólo bandas inglesas de los sesenta: The Who, Small Faces, The Kinks, cosas así, y que el rock americano no existe, que lo único bueno que tienen es a Hendrix, al que conocemos precisamente porque se fue a vivir a Londres y… entonces ella me interrumpió para decirme que envejecemos cuando dejamos de vibrar con las cosas nuevas y nos quedamos aferrados al pasado, y eso era lo que yo estaba haciendo, pero el cambio dependía sólo de mí, porque la fuente de la juventud estaba en mis manos y no hay envejecimiento posible en el crecimiento espiritual. Fue tan grande el shock que mi memoria registró textualmente sus palabras.

Este segundo golpe me dejó al borde del knockout. No estaba preparado para algo así. Ya sin cálculos ni red, más por inercia que por algún tipo de especulación, le conté que trabajaba como operario en una fábrica de cosméticos, pero que en realidad lo que me gustaba era el cine, sobre todo escribir guiones. “Somos lo que creemos ser, el mundo es un reflejo de nosotros mismos –dijo ella con voz monótona, como una maestra de primer grado que hace cuarenta años repite el abecé a chicos que no quieren aprenderlo–, merecemos respeto y amor simplemente porque somos lo que somos. El maestro Ramacharaka dice que la especie humana es como un gran cuerpo: cada ser humano es una célula, toda división es desintegración y la desintegración es muerte”. Como si hiciera falta agregar algo más, dijo que en ese momento mi aura reflejaba un sistema nervioso en crisis, y que la forma de mi cráneo y los lóbulos de mis orejas eran herencia de una raza inferior llamada lemúridos, que había vivido en la tierra hacía diez mil años.

Entonces sí, me calenté. Esta mina es una reverenda hija de puta, me dije, una concheta aburrida de todo, harta de que los tipos se le acerquen porque es linda y entonces se caga de risa diciéndoles todas estas forradas que seguro alguna de sus amigas debe estar filmando con el celular para después subir el videíto a YouTube. Pero conmigo no iba a jugar. Una parte de mí, en forma de bola de fuego me subía desde el pecho hacia la garganta y me exigía que la mandara a la remismísima mierda, pero al mismo tiempo, otra parte, no menos apreciable y tal vez más urgente me hacía cosquillas más abajo y me hacía notar lo fuerte que estaba Herna, mientras ella hablaba ahora de unas cadenas invisibles de energía luminosa que nos ligan con la esencia de no sé qué ángel no encarnado, y yo me veía retozando con la yema de mis dedos en algún plieguecito escondido, soplándole la pelusa del ombligo y pensando a la vez que si no paraba de hablar de Osho, de Chopra o de la sabiduría ancestral del flujo calimastrado, nunca me la iba a poder coger. Yo, que hacía rato había dejado de creer, sentí que Dios se estaba burlando de mí.

Como si hubiese sido abducido, no pude evitar perderme en su voz hasta olvidarme del entorno, y al volver vi que todas las amigas se habían alejado y nos habían dejado solos. Herna seguía hablando, y en medio de ese fárrago que ya no podía asimilar, sentí que yo de alguna manera le interesaba, que en realidad Herna tenía onda conmigo, y como había encontrado en mí a un interlocutor atento e inteligente, se sentía cómoda y decía todo lo que decía con esa libertad, y en algún punto también ella debía estar sorprendida de su comportamiento, y cuando se quedara sola sin dudas se iba a culpar por haber actuado así, tan torpemente. Todo eso pensé mientras ella, me parece, hablaba de unos ejercicios de armonización basados en la geometría sagrada de los mandalas taoístas.

En algún momento de la noche, finalmente Herna hizo una pausa. Yo estaba exhausto, necesitaba tomar aire, y ella me dijo que iba a volver un rato con sus amigas, que la debían estar esperando para darle entre todas la sorpresa que le habían preparado a Martina. Yo también voy a saludar a unos amigos, mentí; nos vemos en un rato. Sonrió y dijo que sí, por supuesto.

Busqué algo para tomar y me fui solo a un rincón alejado, porque yo me conozco y estaba raro, no entendía qué me pasaba, ya me empezaba a picar todo, me picaba la cabeza, los brazos, la panza, no podía dejar de rascarme, como si tuviera hormigas. Yo había comprobado otras veces que el amor en mí empieza en forma de urticaria. Y no puedo evitar rascarme, pero lo único que consigo rascándome es aumentar la picazón. Y el amor. Era Herna, Herna que había atravesado mis murallas y se diseminaba, y de pronto escuché su voz que me decía: “amor, ¿a vos te gustaría llegar a viejito conmigo?” Yo no le respondía porque estaba tirado abajo de nuestro auto, un Renault 12 celeste que habíamos comprado con nuestros ahorros, intentando reparar algo. Estábamos solos en un camino de tierra en medio del campo, lejos de todo. Empezaba a ponerse el sol y hacía frío. Ella insistía:

– amor, ¿vos te vas a quedar para siempre conmigo?

– amor, ¿vos creés en el amor para toda la vida?

– amor… amor…

Yo gruñía abajo del auto, pero ella seguía:

– amor, ¿vos no te vas a aburrir nunca de mí?

Yo asomaba la cabeza y la miraba. La luz de la linterna que ella sostenía me daba de lleno en los ojos:

– por qué no alumbrás donde te digo. Agachate un poquito y alumbrá bien, mi vida –le decía; la frente me brillaba de transpiración y grasa lubricante. Ya había oscurecido y estábamos en medio de la nada, varados en un camino recóndito que habíamos tomado por error. Pero ella no hacía lo que yo le pedía, se alejaba y señalaba unas lucecitas que con la caída de la noche habían empezado a brillar en el horizonte. Y me decía:

– amor, tengo miedo.

– ¿miedo de qué? –le respondía yo, y gritaba: ¡este eje en cualquier momento se parte, entendés!

– ¡a qué va a ser, a los bichos! –decía ella–. Si sabés que les tengo terror a las arañas, a las víboras, a las comadrejas, lo que pasa es que…

– pero no escuchás lo que te estoy diciendo, Herna; hacé un favor, poné un cartón, arrodillate y alumbrame bien, en qué idioma...

– estoy con un vestido largo, por si no lo notaste. Y con tacos altos…

No dije nada.

– ¿te falta mucho? –me preguntaba–.

– si vos no colaborás…

– me estoy haciendo pis.

– me alcanzás una llave de catorce; fijate en la caja de herramientas, pasame la que encuentres y yo voy probando porque no veo un carajo acá.

– no me contestaste lo que te pregunté.

– y qué se yo, hacé por ahí, ¿quién te va a ver?

– te hice una pregunta, otra cosa…

– me dijiste que tenías miedo, que te estabas meando…

– no pienso repetirla porque fue bien clarita.

– pero vos no te das cuenta que yo estoy con la cabeza en otra cosa, ¿encontraste la llave que te pedí? Fijate en el baúl, a ver si de casualidad no quedó un pedazo de alambre, capaz que tenemos suerte, le hago un rulo a esto y tiramos hasta el pueblo.

Ella se agachó y me alumbró la cara: yo te dije desde el primer día que este auto no me gustaba. Será el color, no sé, este color trae mala suerte, yo te lo expliqué. Pero el señor no, que vos qué sabés, que este auto es buenísimo, que no te deja nunca tirado… ¿qué me decís ahora de este cachivache?

– ¡qué cachivache!, ¡pasame la llave de una buena vez y buscá a ver si encontrás un pedazo de alambre!, ¡me estás dejando ciego con esa linterna!

– siempre el mismo, siempre vos, vos y vos… ¡no querés que te abanique también!

– Herna, mi amor, no es momento.

– vos no me querés a mí, nunca me quisiste, el mundo empieza y termina en vos…

– pero cómo no te voy a querer, lo que pasa es que…

– no te escuché.

– a vos te parece.

– no es tan difícil, pero como sos tan orgulloso…

– mirá, acá hay un cable suelto, ¿de qué será esto? No podés confiar en los mecánicos, hacen cualquier chapucería y te arrancan la cabeza. ¿Me estás escuchando? Herna, ¿vos moviste el auto? Fijate el taco, por favor. ¿Dónde estás?

La voz de Herna se escuchaba débil:

– estoy haciendo pis –decía–, no aguantaba más, no mires… tengo miedo, amor. No me contestaste si te gustaría llegar a viejito conmigo.

Y entonces la vi parada frente a mí:

– Me preocupé –me decía–, pensé que te habías ido.

– ¿Por qué te preocupa eso?

– ¿Te acordás que hace un rato te hablé de mi maestro?

– La verdad que no.

– Yo tengo un guía espiritual, un ser de luz que se llama Norberto, reencarnación directa del Yogui Ramacharaka, y me habló de vos.

Me reí.

– No te rías. Yo hablo por teléfono con él todos los días, y esta última semana me dijo que tuvo sueños y visiones persistentes de una persona –un muchacho–, que según él percibe tiene algún tipo de conexión o parentesco conmigo. Y describió al muchacho con el que viene soñando: es morocho, dijo, alto y usa anteojos. Y yo me desesperaba porque no conocía a nadie con esas características. Pero ahora lo veo clarísimo: te pintó tal cual, de pies a cabeza. Al principio no te reconocí, es que a veces soy tan distraída, pero no hay dudas: el maestro habló de un nombre con A y también de unos labios gruesos como los de Sandro. Yo conozco a Norberto hace seis años y siempre que tuvo una visión o un sueño premonitorio se cumplieron. Él nunca falla. ¡Y para mí es una emoción muy grande, porque hace mucho que te estoy esperando! Las fechas están dadas para la llegada de una encarnación especial que tiene una misión importante. ¡Y vamos a emprenderla juntos! –dijo Herna feliz, y me pareció que estaba a punto de ponerse a saltar. Entonces yo, que lo único que había pensado mientras la escuchaba era en abrazarla y partirle la boca de un beso para hacerla callar, dije con una frialdad y una certeza impropias de mí que yo también tenía mis premoniciones, las mías propias, y no coincidían con las del maestro Norberto.

Se calló. Ahora era ella la que parecía desconcertada. Y seguramente esperaba que yo me riera para festejar el chiste. Pero eso no pasó. Porque yo le dije que lo sentía mucho, pero que tendría que seguir buscando a su Sandro de América en otro lado:

– Tal vez lo encuentres esta misma noche –dije. Y me fui, sintiendo a cada paso su mirada triste clavada en mi espalda predestinada, en el vaivén luminoso de mis caderas.

Afuera hacía mucho frío y no había nadie en la calle. Igual, no tenía ganas de volver a casa, así que caminé unas cuadras y me metí en un bar. Pedí una ginebra, y cuando al rato me empezó a bajar la tristeza que siempre me da el alcohol, tuve la certeza de que sí creía en el amor para toda la vida y que nada me gustaría más que comprar un Renault 12 celeste junto a una mujer que mientras hace pis en medio del campo, me pregunta si me gustaría llegar a viejito con ella.

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